PARTE 2: EL DINERO NUNCA ESTUVO AHÍ

—Mi madre solo quiere lo mejor para nosotros.

Aquella frase apareció con una claridad brutal en la mente de Zhou Jingchuan.

La había dicho demasiadas veces.

Cuando Shen Youhe preguntaba por qué cada mes faltaba dinero.

Cuando quería comprar un abrigo nuevo después de usar el mismo durante cuatro inviernos.

Cuando propuso abrir una cuenta conjunta para ahorrar.

Incluso cuando dijo que ochocientos yuanes no alcanzaban para sostener una casa.

Él siempre respondía igual.

—Mi madre sabe administrar el dinero.

—No seas tan desconfiada.

Ahora, mirando los platos rotos a sus pies, sintió por primera vez que aquellas palabras resultaban ridículas.

—Youhe.

Su tono se suavizó.

—Mañana hablaré con mamá.

Shen Youhe permaneció callada.

Después se agachó y empezó a recoger lentamente los pedazos de porcelana.

Zhou Jingchuan extendió la mano.

—Déjalo. Yo lo hago.

Ella apartó la suya.

—No hace falta.

Su voz era demasiado tranquila.

Esa tranquilidad le produjo una sensación inexplicable de inquietud.

—Solo son unos platos.

Shen Youhe levantó la mirada.

—Sí.

—Solo son unos platos.

Pero ninguno de los dos estaba hablando realmente de la vajilla.


A la mañana siguiente, Zhou Jingchuan fue directamente a casa de su madre.

Dong Guifang estaba desayunando.

Al verlo entrar tan temprano, sonrió.

—¿Por qué has venido? ¿Youhe volvió a hacerte enfadar?

Zhou Jingchuan se quedó quieto.

—Mamá.

—¿Dónde está mi dinero?

La sonrisa de Dong Guifang desapareció ligeramente.

—¿Qué dinero?

—Mi salario.

—Durante estos tres años te he transferido casi todo lo que gano.

—¿Cuánto queda?

Su madre dejó lentamente los palillos.

—¿Por qué preguntas eso de repente?

—Solo quiero saberlo.

—¿Youhe te dijo algo?

Ahí estaba.

Ni siquiera había respondido.

Lo primero que hizo fue culpar a su esposa.

Zhou Jingchuan sintió un peso en el pecho.

—No importa quién me lo haya dicho.

—Mamá, enséñame las cuentas.

Dong Guifang frunció el ceño.

—¿Qué cuentas hay que enseñar entre madre e hijo?

—Yo guardo el dinero para ti.

—Entonces dime cuánto has guardado.

Silencio.

—Mamá.

Su voz se volvió más seria.

—Gano sesenta y tres mil yuanes al mes.

—Quitando alquiler, seguros y algunos gastos fijos, debería quedar una cantidad considerable.

—Han pasado tres años.

—¿Dónde está?

Dong Guifang perdió la paciencia.

—¡Te crié durante tantos años! ¿Ahora vienes a interrogarme por dinero?

El corazón de Zhou Jingchuan se hundió.

Porque esa reacción ya era una respuesta.


Después de discutir durante casi una hora, finalmente descubrió la verdad.

No había ahorros.

Ni una cuenta secreta.

Ni dinero reservado para comprar una casa.

Nada.

Su madre había utilizado una parte para pagar la entrada del apartamento de su hermano menor.

Otra para cubrir las deudas de juego de un primo.

Había prestado dinero a familiares.

Comprado joyas.

Pagado tratamientos, viajes y regalos.

Y cada vez que alguien preguntaba de dónde salía el dinero, Dong Guifang respondía orgullosamente:

—Mi hijo gana bien.

Zhou Jingchuan se quedó sentado frente a la mesa.

Sus manos estaban heladas.

—¿Cuánto queda?

Su madre evitó su mirada.

—Algo queda.

—¿Cuánto?

—Unos cincuenta mil.

Zhou Jingchuan soltó una risa.

No era divertida.

Era una risa seca, casi vacía.

Tres años.

Más de dos millones de yuanes en ingresos.

Y quedaban cincuenta mil.

—¿Y Youhe?

Preguntó de repente.

Dong Guifang frunció el ceño.

—¿Qué pasa con ella?

—Ochocientos yuanes al mes.

—¿Por qué?

—Una mujer no necesita tener demasiado dinero en la mano.

—¿Y si aprende a gastar sin control?

Zhou Jingchuan levantó lentamente la cabeza.

—Mamá.

—Ella no compró ropa durante casi un año.

—Nunca salió de viaje.

—Cuando enfermó el invierno pasado, ni siquiera quiso ir al hospital porque dijo que era caro.

La expresión de Dong Guifang cambió.

—Eso fue decisión suya.

—No.

Por primera vez, Zhou Jingchuan elevó la voz frente a su madre.

—Fue porque tú solo le dabas ochocientos yuanes.

La habitación quedó en silencio.


Regresó a casa antes del mediodía.

La puerta estaba abierta.

Pensó que Shen Youhe estaría limpiando.

Pero el salón estaba demasiado ordenado.

Demasiado vacío.

Su maleta había desaparecido.

También sus zapatos.

La pequeña maceta que cuidaba junto a la ventana ya no estaba.

Sobre la mesa había una carpeta.

Zhou Jingchuan sintió que la sangre se le helaba.

La abrió.

Dentro había estados de cuenta.

Fotografías.

Recibos.

Y una hoja escrita a mano.

«Jingchuan:

Te dije muchas veces que algo no estaba bien.

Nunca quisiste escuchar.

Durante tres años intenté hacer funcionar esta casa con ochocientos yuanes al mes mientras tú pensabas que yo era incapaz de administrarla.

También soporté que me culparas por cada comida sencilla, cada gasto y cada cosa que no podía comprar.

Estoy cansada.

No quiero seguir demostrando que no soy el problema.»

Sus dedos comenzaron a temblar.

Al final había una última frase.

«He vuelto a casa de mis padres. No vengas todavía.»

Zhou Jingchuan se dejó caer en el sofá.

Por primera vez…

La casa le pareció inmensamente grande.


La llamó.

No contestó.

Volvió a llamar.

Nada.

Envió mensajes.

【Youhe, ya sé la verdad.】

【Mamá gastó el dinero.】

【Lo siento.】

【Vuelve.】

Después de veinte minutos apareció una respuesta.

Solo una frase.

【¿Ahora sí me crees?】

Zhou Jingchuan se quedó mirando aquellas palabras durante mucho tiempo.

Escribió:

【Sí.】

La respuesta llegó casi inmediatamente.

【Pero yo ya no necesito que me creas.】

Su corazón se hundió.


Los días siguientes fueron un desastre.

Por primera vez tuvo que ocuparse solo de su vida cotidiana.

Comprar comida.

Lavar ropa.

Pagar facturas.

Organizar gastos.

Entonces descubrió algo todavía más doloroso.

Ochocientos yuanes…

realmente no alcanzaban.

La primera vez que fue al supermercado compró carne, frutas, detergente y algunas cosas básicas.

Al pagar, la cifra superó los trescientos yuanes.

Se quedó mirando el recibo.

Eso era casi la mitad del presupuesto mensual que su madre daba a Shen Youhe.

Y todavía faltaban veintinueve días.

Recordó todas las veces que había llegado a casa y preguntado:

—¿Otra vez verduras?

—¿Por qué no compraste pescado?

—¿Ni siquiera puedes preparar algo mejor?

Cada frase regresó como una bofetada.


Una semana después fue a buscarla.

Shen Youhe estaba en casa de sus padres.

Cuando abrió la puerta, no pareció sorprendida.

—¿Qué haces aquí?

Zhou Jingchuan llevaba dos bolsas en las manos.

—Quería verte.

—Ya me viste.

—Youhe…

—¿Qué?

Él tragó saliva.

—Lo siento.

Ella no respondió.

—Fui a hablar con mamá.

—Ya sé todo.

—El dinero del apartamento de mi hermano.

—Los préstamos.

—Los gastos.

—No había ahorros.

Shen Youhe asintió.

—Lo imaginaba.

—¿Desde cuándo?

—Desde el segundo año.

Zhou Jingchuan sintió una punzada.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Ella soltó una risa muy suave.

—Otra vez esa pregunta.

Él se quedó callado.

Shen Youhe continuó:

—Te enseñé recibos.

—Te dije que tu madre reducía cada vez más el dinero.

—Te pedí que revisaras las cuentas.

—¿Recuerdas lo que me contestaste?

Zhou Jingchuan bajó la cabeza.

Claro que lo recordaba.

«No intentes enfrentarme con mi madre.»


—Puedo cambiar.

Dijo.

—A partir de ahora administraré mi propio salario.

—Abriremos una cuenta conjunta.

—Tendrás tu dinero.

—No volveré a entregárselo todo a mamá.

Shen Youhe lo observó durante varios segundos.

—¿Y qué quieres que haga yo?

—Que vuelvas.

Ella negó lentamente.

—No.

Su expresión palideció.

—¿Por qué?

—Porque el problema nunca fue únicamente el dinero.

—Entonces, ¿qué más?

Shen Youhe respiró profundamente.

—Que durante tres años siempre elegiste creerle a ella antes que a mí.

—Que cuando había un problema en casa, lo primero que pensabas era que yo estaba fallando.

—Que ayer rompiste una mesa llena de comida sin preguntarte cuánto había costado prepararla.

Zhou Jingchuan abrió la boca.

No consiguió defenderse.

—Youhe…

—Estoy cansada.

Lo dijo sin rabia.

Eso fue lo que más miedo le dio.

—Quiero vivir un tiempo sin preocuparme por si la cena es suficientemente buena para ti.


Un mes después, Shen Youhe encontró trabajo.

Zhou Jingchuan no sabía que antes de casarse había trabajado como contable.

Lo había dejado porque él decía que con su salario bastaba.

Ella aceptó un puesto en una pequeña empresa.

El primer sueldo no era alto.

Pero cuando recibió el ingreso, envió a su madre una fotografía.

«Mi primer salario después de tres años.»

Zhou Jingchuan vio la publicación por casualidad.

Se quedó mirando aquella sonrisa durante mucho tiempo.

No recordaba cuándo había sido la última vez que ella sonreía así en casa.


Mientras tanto, Dong Guifang comenzó a llamarlo todos los días.

—Jingchuan, tu hermano necesita dinero para pagar la cuota.

—No tengo.

—¿Cómo que no tienes?

—Porque mi salario ya no te lo voy a entregar.

Su madre se quedó atónita.

—¿Por culpa de Shen Youhe?

—No.

Zhou Jingchuan cerró los ojos.

—Por culpa mía.

—Yo fui quien permitió todo esto.

Desde aquel día, transfirió cada mes una cantidad fija para cubrir únicamente los gastos básicos de su madre.

Nada más.

Su hermano tuvo que empezar a pagar su propia hipoteca.

Los familiares dejaron de pedir préstamos.

Y Dong Guifang descubrió por primera vez que los sesenta y tres mil yuanes de su hijo…

no eran dinero de toda la familia.


Tres meses después, Zhou Jingchuan volvió a encontrarse con Shen Youhe.

Llevaba ropa nueva.

No especialmente cara.

Pero le quedaba bien.

Había recuperado algo de peso.

Su rostro parecía mucho más relajado.

—Youhe.

Ella se detuvo.

—Hola.

Aquella palabra cortés le dolió.

—¿Podemos hablar?

Entraron en una cafetería.

Zhou Jingchuan colocó una tarjeta bancaria sobre la mesa.

—Esta cuenta contiene todo lo que he ahorrado durante estos meses.

Ella frunció el ceño.

—¿Por qué me la das?

—No te la doy.

—Solo quería enseñártela.

Sacó un pequeño cuaderno.

—Aquí están mis ingresos.

—Mis gastos.

—Lo que envío a mamá.

—Todo.

Shen Youhe lo miró sorprendida.

Él sonrió amargamente.

—Por fin aprendí a administrar mi propio dinero.

—Bien.

—También aprendí cuánto cuesta realmente llenar una nevera.

Ella no pudo evitar sonreír ligeramente.

Fue una sonrisa pequeña.

Pero Zhou Jingchuan sintió que llevaba meses esperando verla.


—Youhe.

Su voz bajó.

—No voy a pedirte que vuelvas hoy.

Ella levantó la mirada.

—Entonces, ¿qué quieres?

—Quiero intentar convertirme en alguien con quien algún día quieras volver.

Shen Youhe guardó silencio.

—No prometo nada.

—Lo sé.

—Y aunque cambies, quizá yo siga sin querer regresar.

Zhou Jingchuan respiró profundamente.

—También lo sé.

Por primera vez…

No intentó discutir.

No exigió.

No culpó a nadie.

Simplemente asintió.

—Entonces empezaré por aprender a ser responsable de mi propia vida.

Shen Youhe tomó su café.

—Eso ya es algo.


Aquella noche, Zhou Jingchuan regresó solo.

Abrió la nevera.

Sacó verduras.

Carne.

Huevos.

Preparó una cena sencilla.

Cuando se sentó frente a la mesa, miró los tres platos.

Había gastado casi cien yuanes.

Pensó en aquellos ochocientos yuanes.

En los tres años.

En todas las veces que había llamado «miserable» a una comida preparada por una mujer que estaba haciendo milagros con casi nada.

Tomó los palillos.

Por primera vez…

la comida le supo amarga.

No porque estuviera mal cocinada.

Sino porque finalmente entendía cuánto había costado realmente cada plato que Shen Youhe había puesto frente a él.

Y también cuánto podía costarle…

haber tardado tanto en comprenderlo.

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