PARTE 2: YA NO QUEDABA NADA

Alexander miró al mayordomo como si hubiera hablado en otro idioma.

—¿Qué compradores?

Antes de que pudiera responder, tres carruajes se detuvieron frente a la mansión.

De ellos bajaron un abogado, dos hombres elegantemente vestidos y varios empleados con documentos.

El abogado abrió una carpeta.

—Venimos a realizar la inspección final antes de entregar la propiedad a sus nuevos dueños.

Alexander se volvió hacia mí.

—Clara, explícame esto.

—Vendí la mansión.

Evelyn dejó de sonreír.

—¿La vendiste?

—Ayer.

Alexander avanzó hacia mí.

—¿Sin mi autorización?

Saqué un documento.

—Después de siete años sin noticias tuyas, tus derechos sobre las propiedades fueron resueltos legalmente. Además, esta casa terminó a mi nombre después de que pagué las deudas que dejaste.

Su rostro se endureció.

—Entonces compraremos otra.

Casi sentí lástima.

—No.

—¿Qué quieres decir?

—Vendí también las tierras.

Silencio.

—¿Las tiendas?

—Vendidas.

—¿Los almacenes?

—También.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—¿Dónde está el dinero?

Lo miré directamente.

—Donde tú no puedes tocarlo.

Evelyn abrazó al niño con más fuerza.

—Alexander me prometió que viviríamos aquí.

—Entonces Alexander hizo una promesa utilizando una casa que ya no poseía.

Sophia soltó una pequeña risa.

Alexander la escuchó.

Aquello pareció herir su orgullo más que perder la mansión.

—Clara, basta. Soy tu esposo.

—Solo en los documentos que todavía no he terminado de cerrar.

Saqué una segunda carpeta.

Esta vez era la solicitud de divorcio.

Alexander palideció.

—No aceptaré.

—No necesito que estés de acuerdo para empezar el procedimiento.

—¡Regresé por ustedes!

Sophia salió de detrás de mí.

—No.

Su pequeña voz detuvo a todos.

—Regresaste con ellos.

Señaló a Evelyn y al niño.

Alexander no pudo responder.

Entonces el abogado de los compradores intervino.

—Hay otro asunto. La propiedad debe entregarse vacía en diez días.

Miró las montañas de equipaje extranjero.

—Nada de esto puede permanecer aquí.

Evelyn perdió finalmente su expresión elegante.

—¿Entonces dónde vamos a vivir?

Alexander me miró.

Esperaba que yo resolviera el problema.

Como siempre.

Solo que aquella Clara había desaparecido siete años atrás sobre un suelo cubierto de sangre.

—Puedes pagar un hotel —dije.

—Clara…

—O vender algo.

Miré los baúles.

—Parece que trajeron bastantes cosas.

Evelyn apretó los labios.

—No tienes que ser cruel.

La miré.

—Cruel fue llevarse la medicina de una mujer embarazada y dejarla sola mientras perdía sangre.

Alexander quedó rígido.

Evelyn giró hacia él.

—¿Qué está diciendo?

Entonces comprendí algo.

Ella no lo sabía.

Alexander jamás le había contado cómo se marchó.

—Pregúntale —dije.

Evelyn retrocedió.

—Alexander…

Él no respondió.

Eso fue suficiente.

Por primera vez, la mujer por quien había abandonado todo lo miró con miedo.

Yo tomé la mano de Sophia.

—Vamos.

Alexander intentó detenerme.

—¿Adónde?

—Lejos.

—¿Cuánto tiempo?

Sonreí.

—Para siempre.

Su rostro se descompuso.

—¡Sophia es mi hija!

Ella apretó mi mano.

—Entonces debiste recordarlo hace siete años.

Salimos juntas.

Detrás de nosotras quedaron Alexander, Evelyn, el niño y todos aquellos baúles que habían cruzado medio mundo para instalarse en una casa ajena.

Pero antes de subir al carruaje, el abogado corrió hacia mí.

—Señora Clara.

Me entregó un telegrama recién llegado.

Lo abrí.

Leí dos veces.

Y sentí que el último peso desaparecía de mis hombros.

El barco que nos llevaría fuera del país había adelantado su salida.

Partiría esa misma noche.

Alexander solo tenía unas horas para comprender que no había regresado a recuperar una esposa, una hija y una fortuna.

Había regresado para contemplar cómo las tres desaparecían de su vida.

Doblé el telegrama.

—Sophia, vámonos a casa.

Ella levantó la mirada.

—¿Pero vendiste nuestra casa?

La abracé.

—Vendí una casa.

Besé su frente.

—Ahora vamos a construir un hogar.

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