PARTE 2: YA ERA DEMASIADO TARDE

Julian llegó al hospital demasiado tarde.

—¿Dónde está Maya?

La enfermera lo miró con frialdad.

—Su esposa acompañó el cuerpo de su hermana a la funeraria.

Julian retrocedió.

—¿Cuerpo?

En ese momento apareció Olivia.

—Señor Zhou, yo…

Julian se volvió hacia ella.

—Te entregué trescientos mil yuanes hace cinco días.

Olivia palideció.

—Pensé que podía esperar…

—¿Dónde está el dinero?

Ella bajó la mirada.

Julian comprendió.

Mientras mi hermana esperaba una cirugía, Olivia había usado parte de aquel dinero para las compras que presumió en redes.

Y él la había protegido.

—Fuera —dijo.

—Julian…

—¡FUERA!

Pero gritar ya no podía devolverle la vida a nadie.

Horas después, Julian regresó a nuestra casa.

Encontró mis armarios vacíos.

El anillo había desaparecido.

Sobre la mesa había tres documentos.

La demanda de divorcio.

El certificado de defunción de mi hermana.

Y un informe médico.

Julian tomó el último.

Sus manos comenzaron a temblar.

Interrupción del embarazo.

Fecha: aquella misma mañana.

—No…

Leyó nuevamente.

Siete semanas.

Nuestro hijo.

El teléfono cayó de sus manos.

Entonces recordó los cincuenta y dos yuanes.

“Compensación.”

Aquella cantidad ridícula había llegado minutos después de que yo saliera de la clínica.

Julian empezó a llamarme.

Una vez.

Diez.

Cincuenta.

Pero mi teléfono ya estaba apagado mientras el avión cruzaba el océano.

Tres meses después, yo había comenzado otra vida.

Volví a trabajar.

Recuperé mi apellido.

Y deposité las cenizas de mi hermana en el lugar que ella siempre había querido visitar.

Julian, en cambio, descubrió que perderme era solo el principio.

La auditoría interna de su empresa reveló que Olivia había desviado dinero durante años utilizando autorizaciones que él firmaba sin revisar.

Cuando intentó encontrarme para pedirme perdón, mi abogado le entregó el divorcio definitivo.

—¿Maya dejó algún mensaje?

El abogado le dio un sobre.

Dentro solo había una hoja.

“Cuando mi hermana necesitó 300.000 yuanes, me dijiste que no hiciera drama.

Cuando nuestro hijo todavía existía, me enviaste 52.

Ahora no necesito nada de ti.”

Julian permaneció sentado durante mucho tiempo.

Pero había una última línea.

“Por cierto, la noche que murió mi hermana dejó una grabación para mí.”

Julian levantó la cabeza.

El abogado colocó un dispositivo sobre la mesa.

La voz débil de mi hermana comenzó a escucharse:

—Maya… no desperdicies tu vida odiándolos. Solo vete.

Julian cerró los ojos.

La grabación continuó.

—Y si algún día Julian pregunta por qué no pudiste salvarme… dile que tú sí conseguiste el dinero.

Julian abrió los ojos.

—¿Qué?

El abogado lo miró.

—Maya consiguió los trescientos mil esa noche.

—Entonces… ¿por qué no operaron?

El abogado guardó silencio unos segundos.

—Porque cuando regresó al hospital con el dinero, el donante ya había sido reasignado.

Julian dejó de respirar.

—¿Cuánto tarde llegó?

La respuesta terminó de destruirlo.

—Cincuenta y dos minutos.

Exactamente el mismo número que él había considerado suficiente para compensarme.

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