PARTE 2: EL FUTURO CAMBIÓ

Isabella permaneció inmóvil entre los brazos de Adrian.

Aquello no había ocurrido la primera vez.

En su vida anterior, después de aquella discusión por Sophia, él pasó tres noches durmiendo en el despacho sin intentar acercarse.

Ahora la abrazaba.

Con fuerza.

Como si realmente tuviera miedo de que ella se marchara.

Sintió un escalofrío.

No.

Eso no cambiaba nada.

Ochocientos millones seguían siendo ochocientos millones.

Se obligó a sonreír.

—Solo estaba intentando ser una mejor esposa.

Adrian la observó largo rato.

—No quiero una esposa perfecta.

Quiero a la Isabella que discutía conmigo cuando llegaba tarde.

Ella casi soltó una carcajada.

Qué ironía.

En la vida anterior él había llamado “asfixiante” a aquella versión de ella.

Ahora parecía extrañarla.


A la mañana siguiente, Isabella llegó a la empresa con un café en la mano.

Conocía perfectamente lo que ocurriría.

A las nueve y diez, Sophia entraría al despacho de Adrian con un proyecto.

A las nueve y dieciocho, ambos bajarían juntos a revisar un prototipo.

Y exactamente a las nueve y veintiséis…

Sophia tropezaría con una caja de archivos.

Adrian la sujetaría por la cintura.

Los empleados empezarían a murmurar.

En la primera vida, Isabella apareció justo en ese instante.

Interpretó mal la escena.

Discutió delante de todos.

Sophia lloró.

Adrian se enfadó.

Aquel fue el comienzo del fin.

Esta vez…

Isabella ni siquiera levantó la vista del teléfono.

A las nueve y treinta recibió una notificación.

“Director Adrian y Sophia Lin acaban de salir juntos.”

Sonrió.

Perfecto.

Todo seguía el guion.

Guardó el celular y pidió otro café.


Mientras tanto…

Adrian permanecía inmóvil en el laboratorio.

Sophia acababa de tropezar exactamente igual que diez años antes.

Él la sostuvo por reflejo.

Pero inmediatamente dio un paso atrás.

No sabía por qué.

Esperó unos segundos.

Miró hacia el pasillo.

Nadie apareció.

—¿Director?

Preguntó Sophia.

Él seguía mirando la puerta.

Normalmente Isabella ya habría llegado.

Enfadada.

Celosa.

Dispuesta a discutir.

Pero el pasillo permanecía vacío.

Una extraña sensación de vacío comenzó a instalarse en su pecho.


Aquella noche regresó antes de lo habitual.

Las luces de la casa estaban encendidas.

Isabella estaba sentada en el sofá.

Reía viendo una comedia mientras comía fresas.

Ni siquiera había preguntado dónde estuvo.

Adrian dejó el maletín.

Esperó.

Nada.

Finalmente habló él.

—Hoy trabajé con Sophia todo el día.

—Qué bien.

Ella siguió mirando la televisión.

—El proyecto avanzó bastante.

—Me alegro.

Silencio.

Adrian frunció el ceño.

—¿No quieres saber qué hicimos?

—Si quieres contármelo, te escucho.

Si no, también está bien.

Aquella respuesta lo descolocó por completo.


Los días comenzaron a pasar.

Y cada día Isabella cumplía exactamente con lo que ella llamaba…

“Las obligaciones mínimas.”

Lo saludaba.

Comían juntos cuando coincidían.

Dormían en la misma habitación.

Sonreía.

Jamás discutía.

Jamás preguntaba.

Jamás reclamaba.

Era una esposa impecablemente educada.

Pero Adrian tenía la extraña sensación de vivir con una desconocida.


Dos semanas después ocurrió algo que jamás había sucedido en la primera vida.

El principal inversionista de la empresa, Richard Coleman, pidió reunirse con Isabella.

Ella conocía perfectamente el motivo.

En su vida anterior, aquel hombre quedó impresionado por su capacidad para analizar mercados.

Incluso quiso contratarla.

Pero Isabella renunció a la oportunidad para ayudar a Adrian.

Esta vez…

No pensaba hacerlo.

Richard sonrió mientras deslizaba un contrato sobre la mesa.

—Señora Shaw.

Voy a abrir un fondo de inversión tecnológica.

Necesito una directora ejecutiva.

Salario anual.

Cinco millones.

Participación accionaria.

Y libertad absoluta.

Isabella miró el contrato.

Recordaba perfectamente aquella oferta.

Diez años después, aquel fondo se convertiría en uno de los más poderosos del país.

Mucho antes que la empresa de Adrian.

En la primera vida dijo que no.

Ahora…

Extendió la mano.

—Acepto.


Aquella noche llegó a casa con una sonrisa imposible de ocultar.

Adrian levantó la vista del portátil.

—¿Qué ocurrió?

Ella dejó el contrato sobre la mesa.

—Conseguí trabajo.

Él sonrió.

—¿En qué empresa?

—Coleman Capital.

La sonrisa desapareció lentamente.

—¿Aceptaste?

—Sí.

—¿Cuándo pensabas decírmelo?

—Ahora.

Adrian tomó el contrato.

Lo leyó completo.

Cuanto más avanzaba…

Más serio se volvía.

—Te mudarás a Nueva York durante varios meses.

—Sí.

—Viajarás constantemente.

—Es parte del trabajo.

Él levantó la mirada.

—¿Y nuestro matrimonio?

Isabella respondió con absoluta naturalidad.

—Seguiremos casados.

Solo estaremos un poco más ocupados.

Exactamente igual que tú.

Aquellas palabras le devolvieron, como un espejo, todas las excusas que él mismo había utilizado durante años.

Por primera vez en mucho tiempo…

No supo qué responder.


Esa misma noche, Adrian permaneció solo en el despacho hasta las tres de la madrugada.

Abrió una vieja carpeta donde guardaba fotografías de cuando ambos tenían veinte años.

Encontró una imagen de Isabella esperándolo con un termo de café frente a la oficina.

Otra llevándole comida bajo la lluvia.

Otra dormida sobre unos documentos mientras lo esperaba regresar.

Cerró lentamente la carpeta.

No entendía qué estaba pasando.

Había conseguido exactamente lo que siempre creyó querer.

Una esposa que no lo controlaba.

No discutía.

No era celosa.

No exigía tiempo.

No interfería en su trabajo.

Entonces…

¿Por qué sentía que estaba perdiéndola mucho antes de que ella se fuera?

En ese instante sonó su teléfono.

Era Richard Coleman.

Adrian respondió con cortesía.

Pero la primera frase del inversionista hizo que toda la sangre abandonara su rostro.

—Adrian, felicidades.

Tu esposa acaba de firmar el mejor contrato que he visto en años.

Y, por cierto…

Espero que no te moleste que dentro de poco ella gane bastante más dinero que tú.

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