Elena sintió que el corazón dejaba de latir.
Al final del pasillo, iluminado apenas por una lámpara antigua, colgaba un enorme retrato al óleo.
La mujer sonreía con delicadeza.
Tenía los mismos ojos.
La misma nariz.
La misma forma de la mandíbula.
Incluso el pequeño lunar junto a la clavícula aparecía en el mismo lugar donde Elena lo tenía desde niña.
Era como mirarse veinte años en el futuro.
No.
Era imposible.
Entonces volvió a escuchar la voz.
—Mamá…
Noah estaba arrodillado frente al cuadro.
Abrazaba con fuerza su conejo gris mientras apoyaba la frente contra el marco.
—Hoy hablé…
Susurró.
—La nueva doctora dice que puede curar personas.
Elena sintió un nudo en la garganta.
No quiso interrumpirlo.
El niño continuó hablando con el retrato.
—¿Ella también se va a morir?
Las palabras le atravesaron el pecho.
Antes de que pudiera reaccionar, una voz fría sonó detrás de ella.
—Le advertí que jamás subiera aquí.
Elena se giró.
Adrian Lancaster permanecía de pie al final de la escalera.
Vestía una camisa negra y tenía el rostro completamente endurecido.
El mayordomo estaba varios pasos detrás de él, visiblemente pálido.
—Señor…
Intentó explicar.
—Yo…
—No fue culpa del señor Harris.
Elena dio un paso al frente.
—Escuché llorar a Noah.
Adrian caminó lentamente hasta su hijo.
Se agachó junto a él.
—Es hora de dormir.
Noah negó con la cabeza.
—Quiero quedarme con mamá.
El silencio se hizo insoportable.
Adrian cerró los ojos apenas un segundo.
Después cargó al niño entre sus brazos.
—Ella ya no puede volver.
Noah comenzó a llorar en silencio.
No hacía berrinche.
Solo escondía el rostro en el hombro de su padre.
Aquella imagen decía mucho más que cualquier explicación.
Cuando el niño finalmente se quedó dormido, Adrian regresó al tercer piso.
Elena seguía allí.
Frente al retrato.
—¿Quién es?
Preguntó sin apartar la vista de la pintura.
Él tardó varios segundos en responder.
—Mi esposa.
—¿La madre de Noah?
—Sí.
Elena tragó saliva.
—¿Por qué… se parece tanto a mí?
Por primera vez desde que lo conocía, Adrian perdió la frialdad.
Miró el cuadro.
Luego a Elena.
—Porque ustedes son idénticas.
No intentó negarlo.
No intentó cambiar de tema.
Solo dijo aquellas palabras.
—¿Cómo puede ser posible?
Adrian permaneció en silencio.
El mayordomo bajó discretamente la cabeza.
Ninguno contestó.
Al día siguiente, toda la mansión parecía más silenciosa que de costumbre.
Los empleados evitaban mirar a Elena.
Era evidente que todos conocían el secreto.
Menos ella.
Durante el desayuno, Noah permanecía sentado junto a la ventana.
De repente levantó la cabeza.
—¿Puedo hacer una pregunta?
—Claro.
Respondió Elena.
El niño la observó fijamente.
—¿Por qué tienes la cara de mi mamá?
La cuchara quedó suspendida en el aire.
Elena sonrió con tristeza.
—No lo sé.
Noah bajó la mirada.
—Papá llora cuando mira tu foto.
Adrian, que acababa de entrar al comedor, se detuvo en seco.
El niño continuó hablando con absoluta inocencia.
—Anoche también lloró.
Nunca lo había visto llorar.
El rostro de Adrian se tensó.
—Noah.
—Es verdad.
El pequeño abrazó su conejo.
—Te escuché.
El comedor quedó completamente en silencio.
Aquella misma tarde, Elena recibió una llamada del hospital.
Era el médico de su madre.
—Señorita Moore…
Necesitamos iniciar un tratamiento nuevo cuanto antes.
El costo supera el adelanto que recibió.
Elena cerró los ojos.
—¿Cuánto falta?
El médico dijo la cifra.
Era más dinero del que reuniría en varios meses.
Colgó lentamente.
Intentó mantener la calma.
Pero las lágrimas terminaron cayendo.
No se dio cuenta de que Adrian estaba observándola desde la puerta del jardín.
—¿Qué ocurrió?
Ella respiró hondo.
—Mi madre necesita otra cirugía.
No tengo cómo pagarla.
Adrian permaneció en silencio unos segundos.
Luego llamó al mayordomo.
—Harris.
—¿Señor?
—Transfiera inmediatamente el importe completo al Hospital Central.
Elena levantó la cabeza.
—No.
No puedo aceptar tanto dinero.
Él la miró fijamente.
—No es un regalo.
Considérelo un adelanto de seis meses.
Cuando pueda, me lo devuelve.
Antes de que ella pudiera responder, un automóvil negro atravesó la entrada principal de la mansión.
Tres hombres descendieron del vehículo.
Trajes impecables.
Portafolios de cuero.
Uno de ellos mostró una credencial.
—Somos del despacho jurídico Bennett & Cole.
Venimos en representación de la familia Moore.
Elena sintió un mal presentimiento.
El abogado abrió una carpeta.
—Su padre ha solicitado formalmente que renuncie a toda participación en la herencia de su madre biológica.
Ella frunció el ceño.
—¿Qué herencia?
Los tres abogados intercambiaron miradas.
El mayor habló con evidente sorpresa.
—¿Nadie le informó?
Sacó un documento antiguo.
Lo colocó frente a ella.

—Su madre biológica no murió siendo pobre.
Era la única heredera de la familia Ashford…
…una de las familias más ricas del país.
Y hace veinte años, alguien hizo desaparecer el testamento que la nombraba a usted como única beneficiaria.