—¡Empuja otra vez!
La voz de Bradley resonó con una frialdad que hizo estremecer a toda la sala.
Allison apenas podía verlo.
El dolor había dejado de ser una sensación.
Ahora era un incendio que consumía cada nervio de su cuerpo.
La enfermera jefe dio un paso adelante.
—Doctor Jenkins, la frecuencia cardíaca fetal está cayendo. Estamos perdiendo al bebé.
Bradley ni siquiera miró el monitor.
—Es una desaceleración temporal.
—¡No lo es!
La anestesióloga habló por primera vez.
—Necesitamos abrir quirófano ahora mismo.
Bradley golpeó la mesa de instrumental.
—¡Yo estoy al mando!
El silencio volvió a caer.
Nadie quería desafiar al jefe de Obstetricia.
Pero todos sabían que aquello ya no era una decisión médica.
Era una obsesión.
Hannah se acercó nuevamente.
Con voz temblorosa dijo:
—Doctor… quizá la doctora Palmer tiene razón…
Bradley negó con la cabeza.
—No.
Ella lleva meses intentando destruirte.
No permitiré que ahora manipule también este parto.
Allison sintió un vacío en el pecho.
Así que todo era por eso.
Tres semanas antes había enviado un informe al Comité Médico denunciando varios errores cometidos por Hannah durante sus prácticas.
No lo hizo por celos.
Una paciente casi había muerto porque la interna administró un medicamento equivocado.
El informe era confidencial.
Pero Hannah había convencido a Bradley de que Allison solo quería arruinar su carrera.
Y él le creyó.
Otra contracción atravesó el cuerpo de Allison.
Sintió un chasquido profundo dentro de su pelvis.
Después…
Un calor extraño.
Demasiado caliente.
Demasiado líquido.
Miró las sábanas.
No era líquido amniótico.
Era sangre.
Mucha sangre.
La enfermera palideció.
—Doctor…
Bradley finalmente bajó la vista.
Su expresión cambió.
—¿Qué…?
El monitor comenzó a emitir un sonido continuo.
La frecuencia del bebé descendía rápidamente.
120…
98…
76…
54…
La anestesióloga dio un paso al frente.
—¡Es una ruptura uterina!
Toda la sala quedó paralizada.
Era la complicación que Allison había intentado evitar desde el principio.
El útero ya no soportó la presión de un bebé de más de cuatro kilos y medio intentando atravesar un canal de parto imposible.
La enfermera gritó:
—¡Código rojo obstétrico!
Nadie esperó la autorización de Bradley.
En segundos, la habitación se llenó de médicos.
Uno apartó a Bradley del lado de la cama.
Otro comenzó las compresiones abdominales para controlar la hemorragia.
—¡Lleven a la paciente al quirófano!
Bradley intentó reaccionar.
—Esperen…
Pero nadie lo escuchó.
Ya no era el médico responsable.
Era el hombre que había provocado aquella emergencia.
Mientras empujaban la cama por el pasillo, Allison apenas permanecía consciente.
Solo alcanzó a escuchar una frase.
—Tenemos menos de cinco minutos para salvar a los dos.
Después todo comenzó a oscurecerse.
En la sala de espera, una mujer elegante acababa de bajar del ascensor.
Margaret Jenkins.
La madre de Bradley.
Acababa de regresar de una conferencia médica en Boston.
Llevaba una carpeta azul bajo el brazo.
Había venido directamente al hospital porque necesitaba hablar con su hijo sobre algo urgente.
Pero al ver al personal correr hacia el quirófano comprendió que algo terrible había ocurrido.
Detuvo a un residente.
—¿Qué pasó?
El joven dudó unos segundos.
—La doctora Palmer sufrió una ruptura uterina.
Margaret sintió que el mundo se detenía.
—¿Quién estaba a cargo del parto?
El residente bajó lentamente la mirada.
—El doctor Bradley Jenkins.
Ella cerró los ojos.
Como obstetra con cuarenta años de experiencia, conocía perfectamente lo que significaba aquella respuesta.
No fue un accidente.
Fue una decisión.
Dieciocho minutos después, las puertas del quirófano se abrieron.
El cirujano principal salió completamente cubierto de sangre.
Buscó a Bradley con la mirada.
Lo encontró inmóvil contra la pared.
—Doctor Jenkins…
Su voz era dura.
—Logramos sacar al bebé.
Bradley dio un paso al frente.
—¿Y Allison?
—Sigue luchando por su vida.
El médico hizo una pausa.
Luego pronunció unas palabras que dejaron el pasillo en absoluto silencio.
—Todo el procedimiento quedó grabado por las cámaras del quirófano y por el sistema de audio del hospital.
Respiró profundamente.
—Su negativa a realizar la cesárea quedó registrada minuto por minuto.
Bradley sintió que las piernas empezaban a fallarle.
Pero entonces su madre abrió lentamente la carpeta azul que había llevado consigo.
Sacó un sobre sellado con el membrete de la Junta Médica Estatal.
Lo dejó frente a él.
—Ya no importa solo esa grabación, Bradley.
Su voz temblaba de decepción.

—Porque esta mañana recibí los resultados de una investigación que llevo seis meses realizando sobre tus operaciones y sobre Hannah.
El rostro de Bradley perdió todo el color.
Margaret dio un paso atrás.
—Y la prueba que llevo en esta carpeta basta para enviarte a prisión… incluso aunque Allison y el bebé sobrevivan.