PARTE 2: EL ÚLTIMO REGALO

Nina colgó la llamada sin responder.

Cinco segundos después, bloqueó el número de la señora Shaw.

Luego bloqueó también el de Derek.

Por primera vez en tres años, el silencio no le produjo culpa.

Le dio paz.


Esa noche, su madre llegó con una bolsa llena de fruta.

Al verla sonrió.

—¿Ya elegiste el coche?

Nina la abrazó con tanta fuerza que la mujer se preocupó.

—¿Qué pasó?

Sentadas en la cocina, le contó todo.

La transferencia.

El concesionario.

El contrato.

El coche de cuatrocientos veinte mil yuanes.

Y el nombre de Derek como único propietario.

Su madre escuchó sin interrumpirla.

Cuando terminó, guardó un largo silencio.

Luego tomó la mano de su hija.

—Nina…

—Ese dinero no era para comprar un coche.

Ella la miró confundida.

—¿Qué?

—Era mi último regalo antes de tu boda.

Nina sintió un nudo en la garganta.

—Pensé que, cuando formaras tu propia familia, ya no podría ayudarte tanto.

—Quería asegurarme de que siempre tuvieras algo que fuera solo tuyo.

Las lágrimas comenzaron a llenar sus ojos.

Su madre sonrió con tristeza.

—Ahora me alegro de que ese hombre haya mostrado quién era antes del matrimonio.


A la mañana siguiente, Derek apareció frente a su empresa.

Llevaba el mismo traje del día anterior.

Pero ya no sonreía.

Esperó hasta que Nina salió del edificio.

—Tenemos que hablar.

Ella siguió caminando.

Él la alcanzó.

—Mi madre exageró.

—No fue para tanto.

Nina ni siquiera lo miró.

—¿Qué quieres?

—Solo transfiéreme el dinero.

—Después arreglamos todo.

Ella soltó una pequeña risa.

—¿Todavía piensas que existe un “después”?

Derek frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Nina sacó una pequeña caja de su bolso.

Dentro estaba el anillo de compromiso.

Lo dejó en su mano.

—Se terminó.

Él quedó inmóvil.

—¿Por un coche?

—No.

Ella negó lentamente.

—Por descubrir que nunca quisiste construir una vida conmigo.

Solo querías financiar la tuya con mi dinero.


Derek perdió completamente la calma.

—¡Tres años de relación!

—¿Los vas a tirar por cuatrocientos veinte mil yuanes?

Nina lo observó con serenidad.

—No.

—Los estoy terminando por una frase.

Él no entendió.

—¿Cuál frase?

Ella repitió exactamente sus palabras del concesionario.

—”Porque yo soy el hombre.”

Después añadió:

—Ese día entendí algo.

—Para ti, yo nunca fui tu pareja.

—Fui una cartera con la que pensabas casarte.

El rostro de Derek cambió.

—Eso no es cierto.

—¿No?

Nina sacó el teléfono.

Abrió una aplicación bancaria.

Durante tres años había registrado absolutamente todos los gastos compartidos.

Pagos del alquiler.

Vacaciones.

Electrodomésticos.

El ordenador de doce mil yuanes.

El reloj de treinta mil.

Préstamos.

Transferencias.

Incluso las comidas.

Le mostró el total.

—En tres años gasté más de seiscientos ochenta mil yuanes en nosotros.

Después levantó la vista.

—¿Sabes cuánto gastaste tú en mí?

Derek permaneció en silencio.

Ella deslizó la pantalla.

Había otra cifra.

Ochenta y seis mil.

La diferencia era tan enorme que él ni siquiera intentó discutir.


En ese momento apareció un automóvil negro.

Del vehículo descendió un hombre de unos cincuenta años.

Era el director regional de la empresa donde trabajaba Derek.

—Señor Shaw.

Derek sonrió nervioso.

—Director Liu.

El hombre señaló discretamente a Nina.

—¿Todo bien?

Antes de que Derek pudiera responder, ella habló.

—Solo estoy devolviendo un anillo de compromiso.

El director arqueó una ceja.

—¿Qué ocurrió?

Derek respondió demasiado rápido.

—Un malentendido.

Pero Nina abrió tranquilamente el contrato del concesionario que había fotografiado el día anterior.

Lo mostró.

El nombre del comprador.

La cantidad exacta.

Y el pago exigido a ella.

El director guardó silencio unos segundos.

Luego miró a Derek con evidente decepción.

—¿Pretendías que tu prometida pagara un vehículo registrado únicamente a tu nombre?

Nadie respondió.

El director suspiró.

—La próxima semana ibas a ser considerado para dirigir el nuevo equipo comercial.

Hizo una pausa.

—Un líder inspira confianza.

No aprovecha la confianza de los demás.

Se volvió hacia Nina.

—Señorita, lamento haber presenciado esto.

Después regresó al automóvil.

Derek sintió cómo el mundo se derrumbaba.

—¡Espere!

Pero el coche ya se alejaba.

Sabía perfectamente lo que acababa de perder.


Esa misma tarde recibió un mensaje de Nina.

Pensó que había cambiado de opinión.

Lo abrió inmediatamente.

Solo contenía una fotografía.

Era un automóvil compacto blanco.

Sencillo.

Seguro.

Costaba ciento cincuenta y ocho mil yuanes.

Debajo aparecía una sola frase.

“Gracias, mamá. Este sí está a mi nombre.”

Y, justo debajo, una segunda imagen.

El comprobante de la transferencia.

262.000 yuanes devueltos a la cuenta de su madre.

Derek comprendió demasiado tarde que Nina nunca había necesitado un coche de lujo.

Solo necesitaba a un hombre que entendiera que el regalo de una madre jamás era un botín para apropiarse.

Y ese hombre, definitivamente, no era él.

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