PARTE 2: LA FIRMA FALSIFICADA

Sentí que el aire desaparecía.

Volví a mirar la firma.

Después otra vez.

Era una copia casi perfecta de la mía.

Solo alguien que hubiera visto mi firma cientos de veces podía imitarla con tanta precisión.

Levanté lentamente la vista hacia Iván.

—¿Cuántas veces practicaste antes de atreverte a falsificarla?

Su rostro perdió todo el color.

—Mariana… déjame explicarte.

Saqué el teléfono.

Tomé fotografías de cada página.

Después grabé un video completo de los documentos.

Iván intentó arrebatármelos.

—¡No hagas esto!

Retrocedí.

—Un paso más y llamo a la policía.

Mi madre golpeó nuevamente el barandal de la cama.

Una.

Dos.

Tres veces.

Era la única forma que tenía de pedir ayuda.

Me acerqué a ella y le sostuve la mano.

—Ya estoy aquí, mamá.

Ella comenzó a llorar en silencio.

Con enormes esfuerzos levantó el brazo derecho y señaló directamente a Iván.

Luego hizo un movimiento alrededor de su cuello.

Como si quisiera decirme que llevaba mucho tiempo viviendo con miedo.

Sentí un nudo en el pecho.

Durante meses ella había intentado advertirme.

Y yo había interpretado su angustia como frustración por la enfermedad.

Marqué el 911.

Iván dio un paso hacia mí.

—¿Estás loca? Podemos resolver esto entre nosotros.

—No.

—Fue un error.

—No.

—Solo necesitaba dinero.

Lo miré con incredulidad.

—¿Tres millones ochocientos mil pesos?

Él bajó la cabeza.

Ya no podía sostener la mentira.

—Perdí dinero… mucho dinero.

—¿Dónde?

No respondió.

Tomé nuevamente el contrato.

Entonces descubrí el nombre de la financiera.

No era un banco.

Era una casa de préstamos conocida por financiar apuestas clandestinas y negocios ilegales.

Sentí un escalofrío.

—¿Jugaste?

Iván permaneció inmóvil.

—¡Respóndeme!

Cerró los ojos.

—Las apuestas deportivas.

Mi mundo terminó de derrumbarse.

Mientras yo trabajaba jornadas dobles para pagar las terapias de mi madre…

Él había perdido millones apostando.

El automóvil que le regalé.

La tarjeta adicional.

El dinero destinado a la rehabilitación.

Todo había desaparecido.

Y ahora pretendía pagar su deuda entregando el último patrimonio de mi madre.

Las sirenas comenzaron a escucharse a lo lejos.

Iván también las oyó.

Por primera vez parecía realmente asustado.

—Mariana…

Se arrodilló.

—Si denuncias esto, me van a destruir.

Lo observé sin emoción.

—¿Y qué creías que ibas a hacer con mi madre?

No contestó.

La policía llamó a la puerta.

Dos oficiales y una paramédica entraron en la habitación.

Mientras uno atendía a mi madre, el otro revisó la carpeta.

Al ver la firma, levantó una ceja.

—¿Esta es su firma?

—No.

—¿Puede demostrarlo?

Abrí inmediatamente la aplicación bancaria.

Mostré mi firma digital.

Después mi licencia de conducir.

Mi pasaporte.

Las diferencias eran pequeñas.

Pero suficientes para un perito.

El oficial guardó cuidadosamente todos los documentos en bolsas de evidencia.

Luego señaló las pinzas, el cojín de tinta y la toalla.

—Todo esto también se incauta.

Iván empezó a sudar.

En ese instante llegó mi suegra, Ofelia.

Entró alterada.

—¡Oficiales! Todo esto es un malentendido. Mi hijo jamás lastimaría a nadie.

Pero cuando vio los documentos sobre la cama…

Su expresión cambió.

No parecía sorprendida.

Parecía descubierta.

Aquello llamó inmediatamente mi atención.

El oficial también lo notó.

—¿Usted conocía estos documentos?

—No… claro que no.

Titubeó demasiado.

Revisé nuevamente la última página.

Había una firma como testigo.

Hasta ese momento no le había prestado atención.

Debajo del espacio destinado al testigo aparecía un nombre que me dejó completamente helada.

Ofelia Vargas.

Mi suegra no solo sabía lo que Iván estaba haciendo.

Había firmado como testigo de la operación.

Y justo cuando los policías comenzaron a colocarle las esposas a Iván, uno de los agentes recibió una llamada por radio.

Escuchó unos segundos.

Luego levantó lentamente la vista hacia mí.

—Señora Mariana…

—Necesitamos que nos acompañe también.

—Acaba de aparecer otra denuncia con estos mismos documentos.

—Y, al parecer…

Miró directamente a Iván.

—Su esposo no intentó estafar únicamente a su madre.

—Hay al menos otras cuatro víctimas ancianas que presentan exactamente el mismo contrato y la misma deuda de 3,800,000 pesos.

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