El silencio del pasillo se volvió insoportable.
Rodrigo respiraba cada vez más rápido.
—Eso es una locura —dijo, intentando recuperar la compostura—. Ese niño es mi hijo y de Mónica.
Javier no apartó la mirada.
—Eso está por determinarlo un juez y un laboratorio.
Elisa seguía inmóvil.
No podía apartar los ojos de la fecha impresa en el documento.
Ocho meses antes del divorcio.
Justo una semana después de la cirugía en la que le extrajeron doce óvulos.
Recordó aquel día.
Despertó de la anestesia con un dolor insoportable.
Rodrigo estaba sentado junto a la cama.
Le tomó la mano.
—Todo salió bien, amor.
—Los embriones ya fueron destruidos. El médico dice que no eran viables.
Ella lloró durante horas.
Creyó que había perdido la última oportunidad de ser madre.
Ahora descubría que todo había sido una mentira.
—¿Quién autorizó el traslado? —preguntó con una voz tan baja que apenas se escuchó.
Javier abrió otra hoja.
—La autorización lleva tu nombre.
—Pero la firma es falsa.
—Sí.
Rodrigo dio un paso hacia ellos.
—No permitiré que sigan inventando historias.
Javier levantó otra carpeta.
—También tenemos el video de la clínica.
Rodrigo se quedó paralizado.
—¿Qué… video?
—La clínica conserva las grabaciones de seguridad de las áreas restringidas durante diez años.
El abogado colocó una fotografía sobre la mesa de enfermería.
En ella aparecía Rodrigo entrando al laboratorio acompañado por una mujer.
No era Elisa.
Era Mónica.
La joven comenzó a llorar.
—Yo… yo pensé que ella había firmado.
Rodrigo giró hacia ella.
—¡Cállate!
—¡Me dijiste que Elisa ya había renunciado a los embriones!
La voz de Mónica comenzó a romperse.
—Dijiste que no quería volver a intentarlo… que ustedes ya estaban separados… que el hospital solo necesitaba una autorización administrativa.
Rodrigo sintió todas las miradas sobre él.
—¡No entiendes nada!
—¡Entonces explícalo! —gritó Mónica por primera vez.
Emiliano comenzó a llorar otra vez.
Varias enfermeras se acercaron discretamente.
La supervisora del piso apareció desde el otro extremo del pasillo.
—¿Qué está ocurriendo aquí?
Elisa levantó la mano.
—Todo está bien.
Después tomó suavemente el biberón del suelo para que nadie lo pisara.
Lo colocó sobre una silla.
Ni siquiera entonces miró a Rodrigo.
Solo observaba al pequeño.
Un niño que llevaba un año creyendo hijo de dos personas que quizá jamás debieron traerlo al mundo de aquella manera.
Javier habló con serenidad.
—La clínica encontró otra irregularidad.
Sacó una última hoja.
—El consentimiento para utilizar los embriones requería la presencia física de ambos padres genéticos.
Rodrigo tragó saliva.
—Ese día… Elisa estaba hospitalizada.
El abogado asintió.
—Exactamente.
Todos comprendieron el significado al mismo tiempo.
Mientras Elisa permanecía sedada tras la cirugía…
Alguien había utilizado su identidad.
Mónica comenzó a retroceder.
—No… no…
Miró a Rodrigo como si acabara de conocerlo.
—¿Tú robaste sus embriones?
Rodrigo no respondió.
Su silencio fue suficiente.
Elisa cerró los ojos unos segundos.
No lloró.
Ya no quedaban lágrimas para una traición tan profunda.
Cuando volvió a abrirlos, se acercó a la carriola.
Emiliano extendió una pequeña mano hacia ella.
Sin entender nada.
Sin culpa.
Sin saber que toda su existencia acababa de convertirse en el centro de una batalla judicial.
Elisa le acarició suavemente la cabeza.
—Tú no hiciste nada malo.
Luego levantó la vista hacia Rodrigo.
—Pero tú sí.
En ese instante aparecieron dos agentes de la Policía de Investigación acompañados por un representante de la fiscalía.
Uno de ellos sostuvo una carpeta azul.
—¿Señor Rodrigo Cárdenas?
Rodrigo dio un paso atrás.
—¿Qué quieren?
El agente mostró una orden firmada.

—Queda formalmente notificado de una investigación por presunta falsificación de documentos, fraude, suplantación de identidad y uso ilícito de material genético humano.
Todo el pasillo quedó en absoluto silencio.
Por primera vez desde el divorcio…
Rodrigo dejó de sonreír.