El mundo pareció detenerse.
Varias personas giraron la cabeza al escuchar la pregunta de Leo.
Mi corazón golpeaba con tanta fuerza que apenas podía respirar.
Me agaché rápidamente frente a él.
—Cariño, habla más bajito.
Pero ya era tarde.
Ethan había levantado la vista.
Nuestros ojos se encontraron por primera vez en tres años.
Frunció ligeramente el ceño.
Había algo en mi rostro que parecía resultarle familiar.
Sin embargo, antes de que pudiera acercarse, un grupo de ejecutivos salió por la puerta VIP y lo rodeó.
Aproveché el instante.
—Vamos, Leo.
Tomé la maleta y caminé hacia la salida lo más rápido que pude.
—Mamá —insistió mi hijo—. Ese señor se parece a mí.
No respondí.
Porque tenía razón.
Cada día que pasaba, Leo se parecía más a Ethan.
Los mismos ojos grises.
La misma forma de fruncir el ceño cuando estaba concentrado.
La misma manera de dormirse con los brazos abiertos.
Aquella tarde llegué a la mansión Bennett.
Mi abuelo me esperaba en el jardín.
Al verme, abrió los brazos.
—Pensé que tendría que fingir otra enfermedad para convencerte de volver.
Reí por primera vez en mucho tiempo.
—No abuse de sus trucos, abuelo.
Después vio a Leo.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Así que este es el bisnieto que me escondiste durante tres años.
Leo sonrió.
—¿Tú eres el abuelo grande?
Richard soltó una carcajada.
—Sí. Y tú debes de ser el pequeño terremoto.
Los dos conectaron al instante.
Aquella noche, mientras Leo dormía, mi abuelo entró en el despacho con expresión seria.
—¿Ethan sabe que existe?
Negué lentamente.
—No.
—¿Piensas decírselo?
Miré por la ventana.
—No vine por él.
—Vine por usted y por la empresa.
Richard suspiró.
—Eso será difícil.
—¿Por qué?
Me entregó una carpeta.
En la portada aparecía el logotipo de Harlow Industries.
—Mañana tendrás la primera reunión del proyecto.
Pasé la primera página.
Sentí un vuelco en el estómago.
Director general del proyecto: Ethan Harlow.
Al día siguiente, la sala de juntas estaba llena cuando entré.
Los miembros del consejo se pusieron de pie.
—Bienvenida, señorita Bennett.
Tomé asiento frente a la pantalla.
Un minuto después, la puerta volvió a abrirse.
Ethan entró.
Se quedó inmóvil al verme.
—¿Nos conocemos?
Sonreí con absoluta calma.
—No que yo recuerde.
Él continuó observándome unos segundos.
Había duda en sus ojos.
Como si intentara reconstruir un recuerdo borroso.
La reunión comenzó.
Durante dos horas discutimos cifras, contratos y plazos.
Yo respondía con precisión.
Él apenas apartaba la vista de mí.
Cuando todos empezaron a salir, Ethan habló.
—Señorita Bennett…
Me detuve.
—¿Sí?
—Tengo la extraña sensación de haberla conocido antes.
Sonreí con educación.
—A veces la memoria nos juega malas pasadas.
Di media vuelta para marcharme.
Pero su siguiente frase me dejó completamente inmóvil.
—Hace tres años…
Su voz sonaba más baja.
—Una mujer desapareció después de pasar una noche conmigo.
Nunca supe quién era.
Respiré hondo sin volverme.
—Espero que algún día encuentre la respuesta que busca.
Salí de la sala.
Creí que había logrado mantener todo bajo control.
Hasta que esa misma tarde mi secretaria entró apresurada en mi despacho.
—Señorita Bennett…
Levanté la vista.
—¿Qué ocurre?
—El señor Harlow está en recepción.

Hizo una breve pausa antes de añadir:
—Y acaba de preguntarle a la recepcionista si usted tiene un hijo de tres años.
Sentí que la sangre se congelaba.
—¿Por qué preguntaría eso?
La secretaria tragó saliva.
—Porque hace unos minutos vio una fotografía en su escritorio…
Miró el marco donde aparecía Leo sonriendo.
—Y dijo que ese niño tiene exactamente los mismos ojos que él.