PARTE 2: ESTÁ VIVA

Santiago sintió que las piernas dejaban de responderle.

La mujer que acababa de salir de la casa era Valeria.

Más delgada.

Con algunas canas entre el cabello oscuro.

Pero viva.

Sus ojos también se abrieron de par en par.

Durante unos segundos ninguno de los dos habló.

El tiempo pareció detenerse.

—Santiago… —susurró ella.

Él dio un paso al frente.

—No… esto no puede ser.

Las manos comenzaron a temblarle.

—Me dijeron que habías muerto.

Valeria sonrió con una tristeza infinita.

—A mí me dijeron que tú habías firmado el divorcio antes de que nacieran los niños.

Aquellas palabras le atravesaron el pecho.

—¿Qué niños?

El pequeño que se había escondido detrás de la puerta volvió a asomarse.

Pero no estaba solo.

Otro niño, exactamente igual a él, apareció junto a su hermano.

Misma estatura.

Mismos ojos.

Misma cicatriz bajo el mentón.

Santiago dejó caer la gorra militar al suelo.

—Dios mío…

Valeria abrazó a los dos niños.

—Ellos son Daniel y David.

Los gemelos observaron al coronel con una mezcla de miedo y curiosidad.

—¿Él también trabaja para doña Beatriz? —preguntó uno de ellos en voz baja.

Valeria cerró los ojos con dolor.

—No, hijos.

Miró a Santiago.

—Al menos… eso espero.

Él sintió que el corazón se hacía pedazos.

—¿Son… mis hijos?

Ella asintió lentamente.

Las lágrimas comenzaron a rodar por el rostro del coronel.

Ocho años.

Ocho años llorando frente a una urna vacía mientras sus hijos aprendían a caminar, hablar y crecer sin él.

Intentó acercarse.

Los niños retrocedieron al mismo tiempo.

Aquello dolió más que cualquier herida recibida en combate.

—No tengan miedo —dijo con la voz quebrada—. Nunca les haría daño.

Valeria respiró profundamente.

—Ellos no te conocen.

Hizo una pausa.

—Durante años alguien les dijo que su padre los había abandonado porque no quería hijos nacidos de una mujer pobre.

Santiago sintió un nudo en la garganta.

—Jamás diría algo así.

—Lo sé.

Ella lo miró fijamente.

—Ahora lo sé.

Doña Carmen salió lentamente de la casa apoyándose en un bastón.

Al verlo, sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Pensé que nunca descubrirías la verdad.

Santiago tomó las manos de la anciana.

—¿Qué ocurrió aquella noche?

La mujer tardó varios segundos en responder.

—Tu madre llegó a la clínica con dos abogados.

El silencio cayó sobre el patio.

—Obligó a Valeria a firmar unos documentos mientras estaba sedada.

—¿Qué documentos?

—Una renuncia a todo vínculo con la familia Alcázar.

Santiago cerró los puños.

—Eso no tiene ningún valor legal.

—Lo sabía.

Doña Carmen bajó la cabeza.

—Por eso falsificaron también las actas de defunción.

El coronel sintió que la rabia comenzaba a reemplazar al dolor.

—¿Y la urna?

—Nunca hubo un cuerpo.

Valeria respondió con un hilo de voz.

—Solo cenizas de crematorio.

Los dos niños observaban la escena sin comprender.

Entonces Daniel dio un paso al frente.

—Abuela…

Señaló el viejo automóvil militar estacionado frente a la casa.

—Hay otro coche.

Todos giraron la cabeza.

Un elegante vehículo negro acababa de detenerse junto al portón.

Tres hombres descendieron de él.

El primero llevaba un traje oscuro.

El segundo sostenía un maletín.

La tercera persona hizo que el rostro de Valeria perdiera todo el color.

Era doña Beatriz.

La anciana sonrió con frialdad.

—Ocho años escondiéndolos…

Clavó la mirada en los gemelos.

—Ya es suficiente.

Santiago avanzó hasta colocarse delante de sus hijos.

—No darás un paso más.

Su madre golpeó el suelo con el bastón.

—Esos niños pertenecen a la familia Alcázar.

El coronel la miró como nunca antes.

Sin miedo.

Sin obediencia.

Solo con la determinación de un padre que acababa de recuperar a su familia.

—Te equivocas.

Tomó una mano de cada uno de los pequeños.

Y pronunció las palabras que llevaba ocho años sin poder decir.

—Mis hijos no volverán a perder a sus padres por culpa de nadie. Ni siquiera de ti.

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