PARTE 2: LA PULSERA

El médico retrocedió un paso sin apartar la vista de la diminuta pulsera que rodeaba la muñeca de la bebé.

—No puede ser… —murmuró con la voz entrecortada—. Esa identificación pertenece a una niña que figura como fallecida.

Un silencio helado envolvió el supermercado.

Las personas que minutos antes grababan por simple curiosidad ahora observaban con auténtico miedo.

—¿Qué está diciendo? —pregunté abrazando con más fuerza la incubadora.

El médico levantó lentamente la mirada.

—Yo firmé ese informe hace tres días.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

—Eso es imposible. Mi hija respira. La he cuidado desde que nació.

En ese instante sonó otra alarma del monitor.

El médico revisó rápidamente los cables y estabilizó a la pequeña mientras una ambulancia era solicitada de urgencia.

Entonces alguien gritó:

—¡La empleada está huyendo!

Todos giraron la cabeza.

La mujer atravesaba corriendo el estacionamiento.

Uno de los guardias salió tras ella, pero antes de alcanzar la puerta automática, un automóvil negro frenó frente a la entrada.

La empleada subió al vehículo sin mirar atrás.

El coche desapareció a toda velocidad.

—Eso no fue una simple huida —dijo el médico, frunciendo el ceño—. Ella tenía miedo de que alguien la reconociera.

Pocos minutos después llegó la ambulancia.

Mientras los paramédicos conectaban nuevos equipos a mi hija, uno de ellos encontró un sobre escondido bajo el colchón de la incubadora.

—¿Esto es suyo?

Negué con la cabeza.

El sobre estaba sellado y llevaba escrito únicamente un nombre.

“Ábrelo solo cuando alguien diga que tu hija está muerta.”

Las manos me temblaban mientras rompía el sello.

Dentro había una fotografía tomada en la sala de neonatos.

En la imagen aparecía yo sosteniendo a mi bebé… pero detrás de nosotras estaba la misma empleada del supermercado, vestida con uniforme de enfermera.

No era una desconocida.

Había estado presente el día del nacimiento.

Junto a la fotografía había una nota escrita a mano.

“Si estás leyendo esto, significa que descubrieron el cambio. No confíes en el hospital. La niña que llevas contigo nunca fue la que declararon muerta. Alguien intentará recuperarla antes de que hables con la policía.”

Mi respiración se detuvo.

Levanté lentamente la vista hacia el médico.

Él acababa de leer la nota por encima de mi hombro.

Su rostro perdió todo el color.

—Tenemos que salir de aquí ahora mismo —susurró.

—¿Por qué?

Miró alrededor para asegurarse de que nadie escuchaba.

Luego señaló discretamente a dos hombres vestidos de traje que acababan de entrar al supermercado.

—Porque esos hombres no vienen a salvar a tu hija…

—Vienen a llevársela.

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