La puerta del baño se abrió de golpe.
Lin Jingyu salió con el cabello aún húmedo y una toalla sobre los hombros.
Al verme sentada junto a la cama, sonrió con la misma ternura de siempre.
—¿Qué pasa? ¿Ya me estás echando de menos?
Lo observé durante unos segundos.
Si no hubiera leído aquellos mensajes…
Jamás habría imaginado que ese hombre podía mentir con tanta naturalidad.
Contuve el asco que me revolvía el estómago y forcé una sonrisa.
—Solo estaba esperando a que salieras.
Él se acercó, me abrazó por detrás y apoyó la barbilla sobre mi hombro.
—¿En qué piensas?
—En nuestro futuro.
Aquellas palabras parecieron hacerlo feliz.
Me besó la frente y respondió con seguridad:
—No te preocupes. Me casaré contigo.
Por dentro, casi solté una carcajada.
¿Casarse?
¿Con la chica que acababa de convertir en el premio de una apuesta?
Aquella noche fingí que no había ocurrido nada.
Incluso acepté cuando me acompañó de regreso a la universidad.
Antes de despedirse, me abrazó con fuerza.
—Espérame. Este fin de semana te llevaré a conocer a mis padres.
Asentí dócilmente.
—Está bien.
En cuanto su coche desapareció al final de la calle, saqué el teléfono.
Había varias solicitudes de amistad aceptadas.
Entre ellas, una destacaba sobre las demás.
Gu Chen.
La foto de perfil mostraba únicamente una espalda frente al mar.
Recordé perfectamente ese nombre.
Era el mismo que había respondido en el grupo:
“En dos semanas seguro que yo la conquisto.”
Abrí el chat.
El primer mensaje llegó casi al instante.
—¿No esperaba que me agregaras?
Respondí con tranquilidad.
—¿Te sorprende?
Él tardó unos segundos.
—Un poco.
Después apareció otro mensaje.
—Si te soy sincero, no pensé que fueras a descubrir ese grupo tan pronto.
Mis dedos se detuvieron sobre la pantalla.
—Entonces sabías lo que estaban haciendo.
—Sí.
—¿Y participaste?
Del otro lado hubo un largo silencio.
Finalmente respondió:
—No.
—Me pareció una apuesta estúpida.
—Por eso nunca aposté.
Leí aquellas palabras varias veces.
No sabía si creerle.
Pero tampoco me importaba.
Escribí una sola frase.
—¿Te interesa ganar un millón de yuanes?

La respuesta llegó casi de inmediato.
—No me interesa el dinero.
Fruncí el ceño.
Entonces apareció un segundo mensaje.
—Pero sí me interesa ver la cara de Lin Jingyu cuando descubra que perdió todo por culpa de su propia arrogancia.
Por primera vez desde la noche anterior…
Sonreí de verdad.
Porque comprendí que, dentro de aquel grupo lleno de personas que me habían tratado como un objeto…
Había alguien dispuesto a romper las reglas del juego.
Y esa misma tarde…
Lin Jingyu aún no tenía la menor idea de que la apuesta que había iniciado con tanta confianza estaba a punto de volverse en su contra.