PARTE 2: EL ORO

—Mamá, de verdad estaba trabajando hasta tarde.

Apenas terminé de hablar, Wang Xiulan soltó un bufido de desprecio.

—¿Trabajar?

—¿Qué clase de empresa necesita que una mujer casada vuelva a casa después de las nueve?

Dejó caer la cesta de verduras sobre la mesa con un fuerte golpe.

—Yo creo que simplemente no quieres atender a esta familia.

Miré a Zhou Mingyuan.

Esperaba que, al menos esa vez, dijera una palabra por mí.

Pero él solo se frotó las sienes con impaciencia.

—Wanqing, mamá también se preocupa por ti. No hace falta responderle siempre.

Una amarga sonrisa apareció en mis labios.

Aquella frase se había convertido en su respuesta favorita.

“No hace falta responder.”

Cuando su madre me humillaba, yo debía callar.

Cuando su hermana me pedía dinero, yo debía ceder.

Y cuando él tomaba mis cosas sin preguntarme…

También debía entenderlo.

Ese día comprendí que, para la familia Zhou, nunca había sido una esposa.

Solo era una cuenta bancaria con piernas.

En el concesionario BMW, Zhou Lihua seguía gritando delante de todos.

—¡No me importa! ¡Hoy mismo tienes que pagar este coche!

—¡Haohao lleva meses diciendo que quiere conducir un BMW! ¿Quieres que toda la familia quede en ridículo?

Respiré profundamente.

—¿Y desde cuándo comprarle un coche a tu hijo es mi responsabilidad?

Ella dio un paso adelante.

—¡Porque eres la nuera de la familia Zhou!

—¡Porque tu madre tiene dinero!

Mi suegra intervino inmediatamente.

—Wanqing, solo son cuatrocientos mil yuanes. Después de todo, somos una familia.

La miré fijamente.

—¿Una familia?

—Cuando pago la compra, soy de la familia.

—Cuando pago la luz y el agua, soy de la familia.

—Pero cuando necesito que alguien me defienda, ¿quién de ustedes recuerda que soy de la familia?

Nadie respondió.

El silencio hizo que el ambiente fuera aún más incómodo.

Zhou Mingyuan finalmente habló.

Su voz era baja, pero llena de reproche.

—Wanqing, deja de montar un espectáculo.

—Ya prometí el coche delante de todos.

—Solo usa tu dote. Más adelante la iremos reponiendo poco a poco.

Lo observé durante unos segundos.

—¿La iremos reponiendo?

—Con tu sueldo de ocho mil yuanes al mes…

—¿Piensas devolverme casi cuatro millones antes o después de jubilarte?

Su rostro cambió de inmediato.

Nunca imaginó que diría aquello delante de tanta gente.

El gerente de ventas fingía revisar unos documentos, pero todos los empleados escuchaban atentamente.

Incluso algunos clientes se habían detenido para observar.

La expresión de Zhou Lihua comenzó a torcerse.

—¡Deja de hablar tonterías!

—¡Saca otra tarjeta!

Sonreí con tranquilidad.

—No tengo otra.

Ella no lo creyó.

Me arrebató el bolso y empezó a rebuscar desesperadamente.

Sacó mi cartera.

Mis llaves.

Mi maquillaje.

Hasta el cargador del teléfono.

No encontró nada.

Su respiración se volvió cada vez más agitada.

—¡Imposible!

—¡Mi hermano dijo que tu madre te dio tres millones ochocientos ochenta mil yuanes!

Le quité lentamente el bolso de las manos.

—Sí.

—Me los dio.

Los cuatro me miraron al mismo tiempo.

Mi suegra sonrió de inmediato.

—¡Lo sabía! ¡Entonces date prisa y paga!

Negué con la cabeza.

—Ese dinero ya no existe.

La sonrisa desapareció de sus rostros.

Zhou Mingyuan frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

Lo miré directamente a los ojos.

Cada palabra salió clara y pausada.

—Hace seis meses…

—Convertí hasta el último yuan…

—En lingotes de oro.

El concesionario entero quedó en silencio.

Incluso el gerente dejó de mover el terminal de pago.

La boca de Zhou Lihua quedó entreabierta.

—¿Qué… qué has dicho?

Guardé la tarjeta bancaria en mi cartera.

—El dinero ya no está en ninguna cuenta.

—Así que, aunque roben esta tarjeta cien veces más…

—El saldo seguirá siendo exactamente el mismo.

Cero yuanes.

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