—Dice que lleva mucho tiempo esperándola.
Mi corazón dio un vuelco.
Seguí a la recepcionista hasta el final del pasillo.
Frente a una puerta de madera oscura, respiré hondo antes de llamar.
—Adelante.
Empujé la puerta lentamente.
La oficina era amplia y luminosa. Una pared entera estaba cubierta de estanterías repletas de expedientes. Detrás del escritorio, un hombre de unos cincuenta años dejó la pluma en silencio y levantó la vista hacia mí.
En cuanto nuestras miradas se cruzaron, sus ojos se enrojecieron.
Se puso de pie de inmediato.
—Señorita Su…
Permaneció unos segundos sin hablar.
Finalmente suspiró.
—Se parece muchísimo a su madre.
Apreté con fuerza la tarjeta de presentación.
—¿Usted conocía a mi madre?
Él asintió lentamente.
—La conocí hace dieciocho años.
Me invitó a sentarme y colocó una taza de té caliente frente a mí.
Solo entonces notó la herida de mi rodilla.
—¿Qué le ocurrió?
Bajé la mirada.
—Acabo de salir del Grupo Lu.
Su expresión cambió de inmediato.
—¿Fue a buscar a Lu Yuanzhou?
Asentí.
No oculté nada.
Le conté cómo los guardias me habían echado, cómo Lu Jingchen me había tratado como a una impostora y cómo me había arrojado quinientos yuanes para que desapareciera.
Mientras hablaba, Zhang Weiyuan apretaba lentamente los puños.
Cuando terminé, dejó escapar una amarga sonrisa.
—Su madre sabía que esto pasaría.
Abrí mucho los ojos.
—¿Lo sabía?
Él caminó hasta una caja fuerte y la abrió con una combinación.
Sacó un grueso sobre de documentos.
Lo colocó delante de mí.
—Su madre vino aquí hace quince años.
»Desde entonces, regresó cada seis meses.
»Siempre hacía la misma pregunta.
Levanté la vista.
—¿Qué preguntaba?
El abogado respondió con voz baja:
—”¿Ya es suficientemente fuerte mi hija para conocer la verdad?”
Sentí que la garganta se me cerraba.
Él abrió el expediente.
Dentro había contratos, comprobantes bancarios y decenas de documentos perfectamente ordenados.
—Durante dieciocho años, Lu Yuanzhou nunca dejó de enviar dinero.
»Pero ese dinero no era una muestra de cariño.
»Era el precio de su silencio.
Mis pupilas se contrajeron.
—¿Qué quiere decir?
Zhang Weiyuan me miró fijamente.
—Su madre firmó un acuerdo.
»Prometió que jamás aparecería delante de la familia Lu.
»Jamás reclamaría su identidad.
»Y jamás permitiría que usted interfiriera en la vida del Grupo Lu.
Respiré con dificultad.
—¿Por qué aceptó algo así?
El abogado guardó silencio unos segundos.
Luego respondió con una frase que me atravesó el corazón.
—Porque la amenazaron.
Sentí un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.
—¿Quién?
Él pronunció un nombre que ya conocía demasiado bien.
—Song Mingzhu.
Abrió otro documento.
Era una copia de una denuncia retirada hacía muchos años.
—Su madre fue acusada falsamente de extorsión.
»Si no firmaba aquel acuerdo…
»Iba a ir a prisión.
Las lágrimas comenzaron a nublar mi vista.
Por fin entendía por qué mi madre había vivido con tanto miedo.
Por qué jamás me permitió acercarme al Grupo Lu.
Y por qué, incluso antes de morir…
Seguía reuniendo información sobre aquella familia.
Zhang Weiyuan cerró lentamente la carpeta.
—Pero todo eso cambió hace tres días.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ocurrió?

Sacó un último documento.
Esta vez llevaba un sello rojo.
Lo empujó lentamente hacia mí.
—Antes de fallecer, su madre modificó su testamento.
Bajé la vista.
En la primera página solo había una frase.
“Entregar a Su Niannian cuando cumpla dieciocho años.”
Y debajo…
Una lista de pruebas que podía destruir por completo la reputación de la familia Lu.
Levanté la cabeza, incapaz de ocultar mi sorpresa.
Zhang Weiyuan me sostuvo la mirada y dijo con absoluta seriedad:
—Señorita Su…
—Su madre nunca quiso que usted heredara el dinero.
—Quería que heredara… la verdad.