Los comentarios siguieron apareciendo frente a mis ojos.
Como si alguien discutiera desesperadamente el rumbo de mi vida.
“Todavía no es tarde.”
“Si Summer entra al quirófano, aún podemos convertirla en la villana.”
“El testamento no puede cambiar de dueño.”
Fruncí el ceño.
¿Testamento?
Aquella palabra se quedó grabada en mi mente.
Una enfermera salió corriendo del quirófano.
—¿La esposa del señor Marcus Meng?
—Soy yo.
—Necesitamos saber si existe algún documento de voluntad anticipada o instrucciones familiares.
Negué con la cabeza.
—No lo sé.
La mujer suspiró.
—Entonces tendremos que contactar al abogado de la familia.
Los comentarios volvieron a moverse.
“¡No dejes que llegue el abogado!”
“Si Summer abre el sobre primero, todo habrá terminado.”
Miré alrededor.
Nadie más parecía ver aquellas frases flotando.
Solo yo.
Media hora después llegó un hombre de cabello canoso.
Traje oscuro.
Maletín de cuero.
—Soy Richard Coleman.
Abogado personal del señor Meng.
Me entregó una tarjeta.
—Lamento profundamente su pérdida.
Asentí en silencio.
Él abrió el maletín.
—Existe un procedimiento que el señor Meng dejó firmado hace dos años.
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué procedimiento?
Sacó un sobre sellado.
—En caso de fallecimiento inesperado, este documento debe abrirse únicamente en presencia de su esposa legal.
Los comentarios comenzaron a agitarse.
“¡No!”
“¡Que Mandy despierte antes!”
“¡Summer no puede leer eso!”
El abogado rompió el sello.
Leyó durante unos segundos.
Su expresión cambió.
Volvió a leer.
Después levantó lentamente la vista hacia mí.
—Señora Summer…
Hubo un largo silencio.
—Todo el patrimonio del señor Meng le pertenece a usted.
Parpadeé.
—¿Cómo?
—La totalidad.
Empresas.
Acciones.
Propiedades.
Seguros.
Fondos de inversión.
Todo.
Los comentarios parecían perder el control.
“¡Eso no estaba en el guion!”
“¡Marcus debía cambiar el testamento por Mandy!”
“¿Por qué no lo hizo?”
Yo también quería saberlo.
El abogado respondió sin que siquiera preguntara.
—Hace seis meses el señor Meng solicitó modificar su testamento.
Sentí un escalofrío.
—¿Para dejar todo a otra persona?
Richard Coleman asintió lentamente.
—Sí.
Mi respiración se detuvo.
—¿Y por qué no lo hizo?
El abogado sacó otra carpeta.
—Porque el cambio nunca llegó a firmarse.
Fruncí el ceño.
—¿Qué ocurrió?
—El señor Meng canceló la última reunión tres veces consecutivas.
Después nunca volvió a presentarse.
Los comentarios quedaron completamente inmóviles.
Como si tampoco esperaran esa respuesta.
Entonces apareció uno nuevo.
Mucho más pequeño.
“…él nunca terminó de traicionarla legalmente.”
En ese instante sonó el teléfono del abogado.
Contestó.
Escuchó unos segundos.
Después me miró.
—La señorita Mandy Lin despertó.
Los comentarios explotaron otra vez.
“¡Ahora sí!”
“¡Ella convencerá a Summer de renunciar a la herencia!”
“¡La protagonista recuperará todo!”
Respiré profundamente.
Entré en la habitación donde Mandy acababa de abrir los ojos.
Tenía el rostro lleno de rasguños.
Un brazo inmovilizado.
Varias costillas fracturadas.
En cuanto me vio, comenzó a llorar.
—Summer…
Lo siento…
La observé en silencio.
No había odio dentro de mí.
Solo un cansancio inmenso.
Ella respiró con dificultad.
—Marcus…
¿Dónde está Marcus?
Nadie respondió.
Entonces comprendió la respuesta.
Cerró los ojos.
Las lágrimas comenzaron a correr.
—Él me prometió…
Que después del divorcio…
Todo sería nuestro.
Los comentarios volvieron a aparecer.
Pero esta vez eran distintos.
Mucho más lentos.
“¿Por qué no la odiamos?”
“La villana no se comporta como una villana.”
“Esto… ya no se parece a la historia original.”
Miré aquellas frases durante unos segundos.
Y por primera vez les respondí en voz alta.
—Porque nunca fui su personaje.
La habitación quedó en silencio.
Nadie entendió a quién hablaba.
Solo yo.
Y las palabras flotando frente a mis ojos.
Entonces todos los comentarios comenzaron a desvanecerse.

Uno por uno.
Hasta que solo quedó una última línea.
“La historia ya no nos pertenece.”
Y desapareció.