La risa desapareció poco a poco de mi rostro.
Apoyé lentamente las manos sobre la mesa y los miré a los dos.
Uno sostenía la mano de la otra con firmeza.
Como si fueran una pareja de enamorados luchando contra el mundo entero.
Y yo…
Parecía la villana que intentaba impedir su felicidad.
Qué ridículo.
—Sun Qianqian.
Pronuncié su nombre con una calma que incluso a mí me sorprendió.
Ella levantó la cabeza, con los ojos todavía humedecidos.
—Hermana…
—No me llames así.
Su expresión se congeló.
—La persona que pagó tu matrícula durante cuatro años fui yo.
»La que te compró el ordenador para la universidad fui yo.
»La que te enviaba dinero cada mes para tus gastos también fui yo.
»Cuando tu madre enfermó, el dinero para la operación salió de mi cuenta.
Cada frase hacía que su rostro perdiera un poco más de color.
—Dime… ¿en qué momento decidiste acostarte con el marido de la persona que te ayudó durante tantos años?
Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas.
Pero esta vez no sentí la menor compasión.
Song Yi frunció el ceño.
—Shen Xing, no la ataques. Todo esto fue decisión mía.
Lo miré fijamente.
—¿Ahora quieres hacerte el héroe?
Me reí con amargura.
—Cuando aceptabas el dinero que yo enviaba para ayudarla, ¿ya estabas acostándote con ella?
Él abrió la boca.
Pero no salió ni una sola palabra.
Ese silencio…
Era la mejor respuesta.
Respiré hondo.
Sentía el pecho tan oprimido que apenas podía respirar.
Aun así, mi voz permaneció sorprendentemente tranquila.
—¿Cuánto tiempo llevan juntos?
Song Yi bajó la mirada.
—Un año.
Aquellas dos palabras cayeron como una sentencia.
Un año.
Eso significaba que, mientras yo trabajaba hasta la madrugada para sacar adelante la empresa…
Mientras acompañaba a mis padres a negociar con los acreedores…
Mientras celebrábamos aniversarios, cumpleaños y festividades fingiendo ser un matrimonio feliz…
Él ya llevaba un año traicionándome.
Miré la mesa llena de platos que había preparado desde temprano.
Todos eran sus favoritos.
De pronto sentí que todo aquello era una enorme burla.
Tomé la botella de vino que llevaba siete años reservando para esta noche.
La descorché.
Song Yi pareció aliviado.
Quizá creyó que finalmente había aceptado la realidad.
Llené tres copas.
Levanté la mía.
—Brindemos.
Los dos me miraron desconcertados.
Sonreí.
—Por ustedes.
»Por el bebé.
»Y por el final de nuestro matrimonio.
Bebí la copa de un solo trago.
Luego dejé el cristal sobre la mesa con un golpe seco.
—Ahora escúchenme bien.
Saqué el teléfono y abrí una carpeta llena de documentos.
La coloqué frente a Song Yi.
Su expresión cambió en cuanto vio la primera página.
—¿Qué es esto?
—Los registros de inversión de la empresa.
Pasé lentamente las hojas.
—Hace siete años registramos la compañía a tu nombre porque necesitábamos agilizar la financiación.
»Pero el noventa por ciento del capital inicial salió de mi familia.
Pasé otra página.
—Las patentes principales están registradas a mi nombre.
Otra más.
—Y la marca comercial también.
El rostro de Song Yi se volvió completamente pálido.
Sun Qianqian dejó de llorar.
Me observaba como si acabara de descubrir que no me conocía en absoluto.
Sonreí con tranquilidad.

—Querías hablar del reparto de bienes.
»Perfecto.
Empujé hacia él una carpeta completamente distinta.
Era una demanda de divorcio preparada por uno de los mejores despachos de abogados de la ciudad.
—Pero recuerda una cosa.
Lo miré directamente a los ojos.
—Quien rompió este matrimonio no fui yo.
»Fuiste tú.
»Y quien tendrá que pagar el precio…
Tampoco seré yo.
Por primera vez desde que comenzó aquella cena, la seguridad de Song Yi desapareció por completo.
Porque acababa de comprender que la mujer a la que creía poder abandonar con unas pocas palabras…
Era, en realidad, la persona que sostenía todo aquello que él estaba a punto de perder.