PARTE 2: LA LLAMADA DE NOEMÍ.

Abigail leyó el mensaje tres veces.

“Sra. Riley, no le cuente a Spencer sobre la lotería todavía. Hay algo mucho peor que necesita saber.”

Debajo solo aparecía un nombre.

Noemí.

No había apellido.

No había fotografía.

Solo un número desconocido.

Durante un minuto entero dudó.

Después respondió.

“¿Quién es usted?”

La contestación llegó casi de inmediato.

“Trabajé en la clínica privada donde su hijo se atendió antes de ingresar al Hospital St. Jude. No puedo hablar por teléfono. Nos están vigilando.”

Abigail sintió un escalofrío.

“¿Qué significa eso?”

“Nos vemos en la cafetería Maple, a las cinco de la tarde. Venga sola. Lleve todos los recibos médicos que tenga.”

El mensaje desapareció.

No hubo nada más.


A las cinco menos diez, Abigail ya estaba sentada junto a la ventana de la pequeña cafetería.

Llevaba una carpeta azul.

Dentro había dos años de facturas.

Préstamos.

Recibos.

Transferencias.

Todo lo que había vendido para salvar a Spencer.

A las cinco en punto entró una mujer de unos cuarenta años.

Cabello recogido.

Uniforme de enfermera.

Miró alrededor antes de acercarse.

—¿Señora Riley?

—¿Noemí?

La mujer asintió.

Se sentó sin pedir café.

Tenía el rostro tenso.

—Solo tengo diez minutos.

Abigail empujó la carpeta hacia ella.

—Dígame qué está pasando.

Noemí no abrió los documentos.

Sacó un sobre blanco.

Lo dejó sobre la mesa.

—Antes de trabajar en St. Jude fui coordinadora administrativa de la Clínica Riverside.

Su hijo fue paciente allí.

Abigail frunció el ceño.

—Lo recuerdo.

Nos dijeron que necesitaba un tratamiento muy costoso.

Noemí respiró hondo.

—Ese tratamiento nunca existió.

El mundo pareció detenerse.

—¿Qué…?

—El informe original decía que Spencer necesitaba medicación y seguimiento.

No una cirugía urgente.

No tratamientos experimentales.

No cientos de miles de dólares.

Abigail sintió que las manos comenzaban a temblar.

—Eso es imposible.

Yo hablé con los médicos.

—No con todos.

Noemí abrió el sobre.

Dentro había varias copias de expedientes médicos.

Las primeras estaban firmadas por el especialista que atendió a Spencer.

Las siguientes…

Tenían anotaciones diferentes.

Diagnósticos modificados.

Nuevos procedimientos.

Tratamientos agregados.

Todas las alteraciones aparecían realizadas días después.

—¿Quién hizo esto? —susurró Abigail.

Noemí la miró fijamente.

—No puedo demostrar quién cambió los documentos.

Pero sí sé quién retiró las copias alteradas.

Abigail dejó de respirar.

—¿Quién?

—Su hijo.

Las palabras cayeron como una sentencia.

—Spencer pidió personalmente los informes modificados.

También fue él quien insistió en que todas las facturas se enviaran directamente a usted.

Abigail sintió náuseas.

—No…

Noemí sacó un último documento.

Era un estado de cuenta bancario.

Varias transferencias estaban resaltadas en amarillo.

—Mientras usted vendía sus joyas…

Su hijo recibía reembolsos médicos.

Más de ciento ochenta mil dólares en dos años.

Abigail quedó completamente inmóvil.

—¿Dónde está ese dinero?

Noemí bajó la voz.

—Eso es lo peor.

No desapareció.

Fue invertido.

En una empresa registrada a nombre de otra persona.

En ese instante sonó el teléfono de Abigail.

Era Spencer.

Lo dejó sonar.

Volvió a sonar.

Otra vez.

Y otra.

No contestó.

Noemí guardó rápidamente los papeles.

—Señora Riley…

Si reclama ese premio de veinte millones antes de descubrir toda la verdad…

Él encontrará la forma de quedarse también con ese dinero.

Abigail cerró lentamente la carpeta.

Por primera vez desde que escuchó aquella conversación en el hospital…

Comprendió que el problema ya no era un hijo manipulador.

Era una estafa cuidadosamente construida durante años.

Y ella acababa de recibir la primera prueba.

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