PARTE 2: LOS TRES NOMBRES.

Tomé el pequeño papel con el cuidado con el que se sostiene algo sagrado.

La sangre ya estaba seca.

La tinta se había corrido por una esquina.

Pero los nombres seguían siendo perfectamente legibles.

Ethan Brooks.

Logan Mercer.

Tyler Grant.

Tres nombres.

Tres personas.

Tres hombres que mi hija había reunido con las pocas fuerzas que le quedaban antes de perder el conocimiento.

Guardé el papel en una bolsa transparente.

El médico me observó.

—¿La policía ya vio eso?

Negué lentamente.

—Todavía no.

Saqué el teléfono.

Diez minutos después, dos detectives del Departamento de Policía de Peoria entraron en la habitación.

El mayor, el detective Harris, escuchó todo sin interrumpirme.

Le entregué la nota.

La examinó con atención.

—¿Reconoce estos nombres?

Asentí.

—No personalmente.

Pero Lily me habló de ellos hace unas semanas.

Harris levantó la vista.

—Cuénteme.

Miré a mi hija.

Recordé una conversación durante una videollamada.

“Papá, hay tres chicos en el campus que creen que todo les pertenece.”

En aquel momento pensé que solo hablaba de estudiantes arrogantes.

Ahora entendía que intentaba advertirme.

—Uno juega fútbol americano.

Otro es hijo de un importante empresario inmobiliario.

Y el tercero…

Recordé exactamente la frase de Lily.

“Su padre dona tanto dinero a la universidad que todos lo tratan como si fuera el dueño del campus.”

El detective anotó los nombres.

—Vamos a localizarlos inmediatamente.


No tardaron ni una hora.

Los tres fueron encontrados.

Ninguno estaba escondido.

Ethan Brooks seguía celebrando una victoria deportiva en una casa cercana a la universidad.

Logan Mercer estaba en un restaurante con varios amigos.

Tyler Grant asistía a una fiesta organizada por una fraternidad.

Los tres aceptaron hablar.

Los tres dijeron exactamente lo mismo.

—No sabemos qué pasó.


A las cuatro de la madrugada regresó el detective Harris.

Su expresión era distinta.

Demasiado seria.

—Señor Walker…

Algo no encaja.

Levanté la cabeza.

—¿Qué ocurre?

—Los tres admiten haber estado con su hija.

Pero afirman que ella se cayó sola por las escaleras del edificio de ciencias.

Sentí que la sangre comenzaba a hervirme.

—¿Se cayó… y se rompió la mandíbula en seis lugares?

El detective guardó silencio.

No necesitaba responder.

Los dos sabíamos que aquello era absurdo.

En ese momento entró el cirujano maxilofacial.

Traía nuevas radiografías.

Las colocó sobre el panel luminoso.

—Detective…

Quiero dejar algo completamente claro.

Señaló una de las fracturas.

—Esto no es compatible con una caída accidental.

Después señaló otra.

—Y esto tampoco.

Finalmente dio un paso atrás.

—Las lesiones muestran múltiples impactos desde distintos ángulos.

Mi hija no cayó.

La golpearon repetidamente.

El detective Harris cerró lentamente su libreta.

—Eso cambia completamente la investigación.


A las nueve de la mañana llegué al campus.

No llevaba uniforme militar desde hacía años.

Solo un abrigo oscuro y una carpeta con toda la información que había reunido.

Los estudiantes caminaban entre edificios como cualquier otro lunes.

Para ellos era un día normal.

Para mí…

Era el primer día de una guerra.

Entré al edificio administrativo.

La secretaria me sonrió.

—¿En qué puedo ayudarlo?

—Necesito hablar con el rector.

—¿Tiene cita?

—No.

Pero dígale que Daniel Walker está aquí.

Y que vengo por la estudiante cuya sangre todavía sigue sobre el concreto de su universidad.

La mujer dudó unos segundos.

Después hizo la llamada.

Cinco minutos más tarde, el rector abrió personalmente la puerta de su despacho.

No parecía preocupado.

Parecía incómodo.

Me invitó a sentarme.

—Señor Walker…

Lamentamos profundamente lo ocurrido.

La universidad cooperará plenamente.

Lo miré fijamente.

—Entonces empecemos por algo sencillo.

Necesito todas las grabaciones de las cámaras de seguridad.

El rector bajó la mirada.

—Hay un problema con eso.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Qué problema?

Respiró profundamente antes de responder.

—Las cámaras que cubrían exactamente el lugar donde atacaron a su hija… dejaron de grabar cuarenta y tres minutos antes de la agresión.

Y alguien borró los registros del sistema esa misma noche.

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