PARTE 2: LA HERENCIA ROBADA.

Me quedé inmóvil frente a la caja metálica abierta.

Durante varios segundos no pude respirar.

Las escrituras originales seguían allí.

Los recibos del predial también.

Pero faltaba exactamente la copia certificada que mi madre siempre guardaba para cualquier trámite urgente.

No era un robo al azar.

Alguien sabía perfectamente qué documento necesitaba.

Tomé mi teléfono.

—Emiliano.

Mi hermano respondió de inmediato.

—¿Encontraste algo?

—Falta la copia certificada del terreno.

Hubo un largo silencio.

Después dijo algo que terminó de confirmar mis sospechas.

—Valeria… ayer vino un hombre al rancho preguntando si ya habíamos iniciado la sucesión.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién era?

—No quiso decir su nombre.

Solo comentó que representaba a un comprador muy interesado.

Colgué.

Abrí inmediatamente la computadora portátil que Mauricio nunca creyó que supiera usar.

Entré al correo electrónico familiar.

La contraseña seguía siendo la misma.

El nombre de nuestro perro.

Siempre decía que yo era demasiado distraída para descubrirla.

Busqué una sola palabra.

Huejotzingo.

Aparecieron siete correos.

Todos intercambiados entre Mauricio…

Y un notario.

Abrí el primero.

“Necesito que todo esté listo antes del funeral. La hija estará ocupada con el hospital y los trámites.”

Sentí que las manos comenzaban a temblarme.

Abrí el siguiente.

“La copia certificada ya está en mi poder.”

Luego otro.

“Con una carta poder simple bastará mientras la sucesión no sea impugnada.”

Las náuseas me obligaron a cerrar los ojos.

No me habían encerrado únicamente para impedir que me despidiera de mi madre.

Necesitaban esas horas.

Esas malditas horas.

Mientras yo golpeaba desesperada la puerta de una bodega…

Ellos estaban preparando el robo.

Escuché abrirse la puerta principal.

Mauricio acababa de regresar.

Entró silbando.

Ni siquiera imaginaba que yo ya conocía la verdad.

—¿Ya hiciste la comida? —preguntó mientras dejaba las llaves sobre la mesa.

Lo observé en silencio.

—¿Cómo estuvo la notaría?

Su sonrisa desapareció.

Solo un instante.

Pero fue suficiente.

—¿De qué hablas?

Giré la computadora hacia él.

El primer correo quedó abierto.

Su rostro perdió completamente el color.

—Valeria…

No es lo que parece.

—No.

Respondí con una tranquilidad que incluso me sorprendió.

—Es exactamente lo que parece.

Intentó acercarse.

Cerré la computadora.

—No me toques.

Por primera vez desde que lo conocía…

Obedeció.

En ese momento apareció Ofelia.

—¿Qué sucede?

Le lancé una carpeta.

Cayó abierta a sus pies.

Las impresiones de los correos quedaron esparcidas por el suelo.

Ofelia comenzó a leer.

Después miró a su hijo.

Sabía perfectamente que todo había terminado.

Mauricio tragó saliva.

—Escúchame…

Yo tomé el teléfono.

Marqué un número.

Él intentó arrebatármelo.

Retrocedí.

La llamada fue contestada al segundo timbrazo.

—Licenciado Salazar.

Soy Valeria Méndez.

Necesito que presente inmediatamente una denuncia por violencia familiar, privación ilegal de la libertad, lesiones… y tentativa de fraude sucesorio.

Mauricio comenzó a palidecer.

—Valeria…

Por favor…

Colgué.

Pensé que ya había terminado.

Pero entonces sonó el timbre.

Tres golpes secos.

Abrí la puerta.

No era mi abogado.

Eran dos agentes de la Fiscalía General del Estado de Puebla acompañados por un notificador judicial.

El mayor sostuvo un documento con sello oficial.

—¿La señora Valeria Méndez?

—Sí.

El agente asintió.

—Venimos porque el Registro Público detectó esta mañana un intento de transferir ilegalmente un terreno valuado en casi cinco millones de pesos.

Miró directamente a Mauricio.

—Y la firma utilizada para autorizar la operación… coincide con la de una persona fallecida hace apenas cuatro días.

Mauricio sintió que las piernas dejaban de sostenerlo.

Porque comprendió que ya no necesitaba convencerme a mí de nada.

Ahora tendría que convencer a un juez.

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