PARTE 2: EL SECRETO QUE EL MÉDICO RECONOCIÓ.

El doctor permaneció inmóvil durante varios segundos.

No apartaba la vista del rostro de mi hijo.

La enfermera frunció el ceño.

—Doctor Harris…

Él no respondió.

Con manos temblorosas acercó un poco más al bebé hacia la luz.

Sus ojos comenzaron a humedecerse.

—No puede ser…

Mi corazón se aceleró.

—¿Mi hijo está bien?

El médico levantó la vista.

Tenía lágrimas corriendo por las mejillas.

—Está perfectamente sano.

Respiré aliviada.

Pero entonces añadió una frase que hizo que toda la habitación quedara en silencio.

—Tiene exactamente la misma marca de nacimiento.

Fruncí el ceño.

—¿Qué marca?

Señaló el diminuto hombro izquierdo de mi hijo.

Había una pequeña mancha en forma de media luna.

Yo apenas la había notado.

El doctor dio un paso hacia atrás.

—Mi hija… también nació con esa marca.

La enfermera lo miró confundida.

—Doctor…

Él respiró hondo.

—Hace treinta y cuatro años.

La habitación quedó completamente inmóvil.

Yo no entendía nada.

El doctor apoyó con cuidado al bebé en mis brazos.

Luego se quitó lentamente los guantes.

—Señora Sutton…

Su voz estaba rota.

—Necesito hacerle una pregunta muy importante.

Asentí.

—¿Su exesposo se llama Damian Prescott?

Sentí un escalofrío.

—Sí.

El médico cerró los ojos unos segundos.

Cuando volvió a abrirlos, parecía haber envejecido diez años.

—Constance Prescott…

Pronunció aquel nombre con una mezcla de rabia y tristeza.

—Fue enfermera en este mismo hospital cuando yo era residente.

No comprendía hacia dónde iba aquella conversación.

Él continuó.

—Hace más de treinta años ocurrió algo que destruyó varias familias.

La enfermera dejó de escribir.

—Doctor Harris…

Él la interrumpió.

—Nunca hablé porque jamás pude demostrarlo.

Me miró fijamente.

—Hasta hoy.

Mi respiración comenzó a acelerarse.

—¿Qué ocurrió?

Sacó lentamente una vieja fotografía de su cartera.

La colocó sobre la cama.

Era una bebé recién nacida.

Con la misma marca en el hombro.

—Era mi hija.

Tragué saliva.

—Murió…

Él negó lentamente.

—Eso fue lo que nos dijeron.

Sentí un nudo en la garganta.

—¿Qué quiere decir?

Sus manos temblaban.

—Mi esposa dio a luz aquí.

Horas después nos informaron que nuestra hija había fallecido por complicaciones.

Nunca nos permitieron verla.

Nunca nos dejaron despedirnos.

Nunca hubo autopsia.

Nunca hubo explicación.

Respiró con dificultad.

—Constance trabajaba esa noche.

Un silencio pesado cayó sobre la habitación.

El doctor volvió a mirar a mi hijo.

—Cuando vi esa marca… recordé inmediatamente todos los rumores que comenzaron después.

Mi piel se erizó.

—¿Qué rumores?

—Que algunos recién nacidos eran entregados ilegalmente a familias adineradas incapaces de tener hijos.

Sentí que el aire desaparecía.

El doctor abrió lentamente el expediente electrónico del parto.

Sus dedos apenas podían mantenerse firmes sobre el teclado.

Entonces apareció una antigua fotografía archivada.

La giró hacia mí.

Era una mujer mucho más joven.

Llevaba uniforme de enfermera.

Sonreía junto a una incubadora.

No tuve que leer el nombre.

Reconocí aquel rostro al instante.

Era Constance Prescott.

La madre de Damian.

Y en ese preciso momento sonó mi teléfono.

Era un número desconocido.

Contesté.

Del otro lado habló una voz masculina.

—Señora Sutton…

Hizo una pausa.

—Soy el detective Michael Graves.

Necesito que no abandone el hospital.

Acabamos de reabrir una investigación cerrada hace treinta y cuatro años.

Y el apellido Prescott aparece en la primera página del expediente.

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