A las siete de la mañana, Mariana entró al edificio de la Fiscalía General de la República sin una sola lágrima en los ojos.
Llevaba un traje gris, el cabello recogido y una carpeta azul que había preparado durante tres semanas.
Dentro no había sospechas.
Había pruebas.
Los investigadores ya la esperaban.
Uno de ellos extendió la fotografía sobre la mesa.
—¿Esta es la imagen original?
—Sí.
—¿Quién la tomó?
—Un investigador privado contratado después de descubrir la infidelidad de mi esposo.
El agente levantó la vista.
—¿Usted buscaba demostrar un adulterio?
Mariana negó lentamente.
—Empecé buscando eso.
Abrió la carpeta.
—Pero terminé encontrando otra cosa.
Sacó decenas de transferencias bancarias.
Facturas.
Contratos.
Correos electrónicos.
Organigramas.
Cada documento estaba clasificado por fecha y empresa.
Durante años había trabajado rastreando fraudes financieros.
Nunca imaginó que el siguiente caso sería su propio matrimonio.
—Las cuatro empresas reciben dinero de Grupo Rivas.
—No tienen empleados.
—No presentan actividad real.
—Pero todas terminan enviando recursos a una constructora vinculada con Héctor Vallarta.
El segundo investigador hojeó los documentos.
—¿Quién autorizaba los pagos?
Mariana colocó una última hoja sobre la mesa.
La firma de Alejandro aparecía en cada autorización.
—Mi esposo.
El silencio duró varios segundos.
Finalmente uno de los agentes habló.
—Señora Salcedo…
—¿Su esposo sabe que posee toda esta información?
—No.
—¿Y la señora Valeria Cota?
—Tampoco.
El investigador cerró lentamente la carpeta.
—Entonces será mejor que siga siendo así.
…
Mientras tanto, Alejandro llevaba toda la mañana llamando desesperadamente.
Primero llamó a Mariana.
Después a Teresa.
Luego al colegio de Emiliano.
Nadie contestó.
Cuando intentó utilizar una de las cuentas de la empresa para mover dinero, apareció un mensaje inesperado.
Operación bloqueada.
Frunció el ceño.
Intentó otra.
También bloqueada.
Llamó inmediatamente al director financiero.
—¿Qué demonios está pasando?
Del otro lado hubo un silencio incómodo.
—Señor Rivas…
—La señora Mariana notificó ayer una medida cautelar como accionista.
Alejandro sintió que el estómago se le hundía.
—¿Qué medida?
—Todas las operaciones superiores a cincuenta mil dólares necesitan ahora la autorización de ambos accionistas.
Él golpeó el escritorio.
—¡Yo soy el director general!
—Sí, señor…
—Pero ella posee el cincuenta por ciento de la compañía.
La llamada terminó.
Por primera vez en doce años, Alejandro comprendió que nunca había controlado realmente la empresa.
Solo había administrado el poder que Mariana decidió no ejercer.
…
A las once de la mañana, Valeria irrumpió en su oficina.
Llevaba el collar de diamantes que él le había regalado el día anterior.
—¿Qué hiciste?
Alejandro levantó la cabeza.
—¿Ahora qué?
Ella arrojó una carpeta sobre el escritorio.
—Cancelaron todos mis contratos.
—Congelaron las licitaciones.
—Los bancos dejaron de responder.
—¡Hasta Recursos Humanos bloqueó mi acceso!
Alejandro abrió los documentos.
Todos llevaban el mismo sello.
AUDITORÍA INTERNA.
Valeria empezó a caminar nerviosa.
—¿Mariana hizo esto?
Él no respondió.
Porque conocía demasiado bien a su esposa.
Cuando Mariana actuaba en silencio…
Ya era demasiado tarde para detenerla.
…
A las dos de la tarde sonó el teléfono de Alejandro.
Era un número desconocido.
—¿Señor Alejandro Rivas?
—Sí.
—Habla la Unidad Especializada en Delitos Patrimoniales.
Necesitamos que se presente hoy mismo para una entrevista.
Alejandro tragó saliva.
—¿De qué se trata?
—Preferimos hablar personalmente.
La llamada terminó.
Valeria lo observó.
—¿Qué dijeron?
Alejandro intentó sonreír.
—No es nada.
Pero su voz ya no sonaba segura.
…
A las cuatro de la tarde recibió otra visita.
Esta vez era Héctor Vallarta.
Entró sin saludar.
Cerró la puerta.
Y dejó un periódico sobre el escritorio.
En primera plana aparecía la noticia de una investigación federal por contratos simulados.
Héctor miró fijamente a Alejandro.
—¿Tu esposa habló?
—No lo sé.
—Pues averígualo.
Porque si ella entregó los documentos…
Nos van a ofrecer acuerdos de colaboración.
Y te aseguro una cosa.
Hizo una pausa.
—El primero que hable…
Será el único que salga caminando.
Alejandro sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
Durante meses creyó que el mayor problema era perder a Mariana.
Ahora entendía que podía perder algo mucho más importante.
Su libertad.
Y mientras él trataba desesperadamente de decidir en quién podía confiar, Mariana salía tranquilamente de la Fiscalía.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de Teresa.
“Ya aceptaron abrir la investigación. Pero hay algo que debes saber.”
Debajo aparecía una fotografía recién tomada.
No mostraba a Alejandro.

No mostraba a Valeria.
Mostraba a alguien entrando discretamente al despacho de un fiscal… llevando exactamente la misma carpeta azul que Héctor Vallarta había utilizado durante años para entregar sobornos.
Mariana comprendió entonces que la corrupción no terminaba en la empresa.
Acababa de descubrir que también había llegado hasta quienes debían investigar el caso.