PARTE 2: EL DINERO DESAPARECIÓ.

A las diez y cuarenta y cinco entré en la sede principal del banco.

La gerente me recibió personalmente.

Había trabajado conmigo en varias ocasiones y conocía el origen de cada depósito.

—Señora Cheng.

—¿Desea cancelar definitivamente la cuenta conjunta?

Saqué una carpeta gruesa.

Dentro estaban los comprobantes de las transferencias, el contrato de compraventa de mi antiguo apartamento y los registros de los proyectos tecnológicos que había dirigido durante los últimos ocho años.

Deslicé todo hacia ella.

—Quiero transferir cada yuan a una cuenta exclusivamente a mi nombre.

Revisó los documentos durante más de veinte minutos.

Finalmente levantó la vista.

—El origen principal de los fondos puede acreditarse perfectamente.

—Procederemos con la cancelación.

Asentí.

—Hágalo.

Mientras la pantalla mostraba el progreso de la operación, sentí una tranquilidad que hacía años no experimentaba.

No era venganza.

Era recuperar aquello que nunca debí entregar ciegamente.

A las doce y diez del mediodía, la gerente sonrió.

—El trámite ha finalizado.

—La cuenta conjunta ha sido cancelada.

—Los dos millones novecientos mil yuanes ya están en su nueva cuenta.

Justo cuando guardaba los documentos, mi teléfono empezó a vibrar sin descanso.

Era Shen Yanzhou.

Primero llamó una vez.

Luego otra.

Y otra.

No contesté.

Un minuto después comenzaron a llegar los mensajes.

«¿Qué hiciste con la cuenta?»

«¿Por qué aparece cancelada?»

«Zixia, contesta inmediatamente.»

Sonreí con amargura.

El avión ya había entrado en espacio aéreo internacional.

Seguramente acababa de conectarse al wifi de a bordo.

Y la primera noticia que recibió al aterrizar no fue un mensaje mío.

Fue la notificación del banco.

No respondí.

Cinco minutos más tarde llegó un mensaje de He Wei.

«Acaban de aterrizar para hacer escala.»

«Está completamente pálido.»

«Discutió con esa mujer delante de todo el mundo.»

Debajo venía una fotografía.

Shen Yanzhou sujetaba el teléfono con ambas manos.

La serenidad que había mostrado al despedirse de mí había desaparecido por completo.

Escribí únicamente dos palabras.

«Lo esperaba.»

Aquella misma tarde regresé a casa.

Mi suegra estaba sentada en el salón viendo la televisión.

Nada más verme, preguntó con impaciencia:

—¿Yanzhou ya llegó?

Dejé tranquilamente el bolso sobre el sofá.

—Todavía no.

—Pero llamará muy pronto.

No terminó de comprender mis palabras.

Hasta que su teléfono comenzó a sonar.

Contestó con una sonrisa.

Sin embargo, apenas escuchó la voz de su hijo, su expresión cambió por completo.

—¿Qué?

—¿Cómo que no hay dinero?

—¿Cómo que la cuenta desapareció?

Su voz se volvió cada vez más aguda.

Me observó como si acabara de descubrir a una desconocida.

Colgó de golpe.

Se levantó y caminó hacia mí.

—¿Fuiste tú?

La miré con absoluta tranquilidad.

—Sí.

Me señaló con el dedo.

—¡Ese dinero era de mi hijo!

Negué lentamente.

—No.

—Dos millones trescientos mil yuanes los gané trabajando durante ocho años.

—Los seiscientos mil restantes proceden de la venta del apartamento que compré antes de casarme.

Saqué los documentos bancarios.

Los dejé delante de ella.

—Cada transferencia tiene su comprobante.

—Puede revisarlos uno por uno.

Su mano comenzó a temblar.

Jamás imaginó que aquella nuera obediente hubiera conservado todas las pruebas durante tantos años.

En ese momento sonó el timbre.

Era un mensajero.

Firmé el recibo.

Dentro del sobre había una copia de la reserva del hotel de Fráncfort.

Dos huéspedes.

Una habitación matrimonial.

Los nombres seguían siendo los mismos.

Shen Yanzhou.

Y aquella mujer.

Guardé el sobre lentamente.

Ya no sentía dolor.

Porque comprendí que, desde el instante en que él subió a aquel avión con otra persona, el matrimonio que yo había protegido durante ocho años ya había terminado.

Lo único que faltaba ahora…

Era que él regresara para descubrir que no solo había perdido el dinero.

También había perdido definitivamente a la mujer que siempre creyó que lo esperaría.

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