Qiu Meilan retrocedió dos pasos.
Su mano seguía aferrada al picaporte, pero el color había desaparecido por completo de su rostro.
—¿Qué… qué denuncia?
El capitán Ma mantuvo la misma expresión serena.
—La propietaria ha denunciado una entrada ilegal, la invasión de un domicilio privado y la manipulación no autorizada de bienes ajenos.
Los cuatro hombres que habían entrado con ella comenzaron a ponerse nerviosos.
El que llevaba la carpeta dio un paso adelante.
—Oficial, nosotros somos de una empresa inmobiliaria. Solo vinimos porque esta señora dijo que era la propietaria.
Qiu Meilan giró bruscamente la cabeza.
—¡Calla!
Pero ya era demasiado tarde.
Todas aquellas palabras quedaron registradas por las cámaras corporales de los agentes.
En ese momento, dos patrullas de policía se detuvieron frente a la villa.
Los agentes descendieron rápidamente.
Uno de ellos mostró su identificación.
—¿Quién es la señora Qiu Meilan?
Ella intentó recuperar la compostura.
—Soy yo.
—¿Qué ocurre?
El policía abrió una carpeta.
—Hemos recibido una denuncia por presunta violación de domicilio, intento de disposición ilegal de bienes ajenos y daños a la propiedad.
Las piernas de Qiu Meilan comenzaron a temblar.
—¡Todo esto es un malentendido!
—¡Soy la suegra de la propietaria!
El agente respondió con absoluta calma.
—La relación familiar no concede ningún derecho sobre una vivienda registrada exclusivamente a nombre de otra persona.
Mientras tanto, Song Chengze llegó apresuradamente.
Su coche frenó bruscamente frente a la entrada.
Nada más bajar, corrió hacia los agentes.
—¡Oficiales! ¡Debe de haber un error!
—Esa casa pertenece a mi esposa.
—Somos marido y mujer.
El capitán Ma lo miró fijamente.
—Precisamente porque pertenece a su esposa, necesitamos preguntarle quién entregó la llave a la señora Qiu.
Song Chengze guardó silencio.
El ambiente se volvió cada vez más pesado.
El abogado Xia apareció unos minutos después con una carpeta negra.
Sacó el certificado de propiedad.
Después colocó sobre el capó del coche el testamento de mis padres, la escritura de compraventa y el registro de la cerradura inteligente.
Cada documento llevaba un sello oficial.
—La vivienda fue adquirida antes del matrimonio.
—La propietaria única es la señorita Tang Wei.
—La llave utilizada hoy pertenece a una copia registrada que fue activada por el señor Song Chengze hace tres semanas.
Song Chengze levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo saben eso?
El abogado sonrió con tranquilidad.
—Porque el fabricante conserva el historial completo de autorizaciones electrónicas.
El silencio cayó sobre todos.
Qiu Meilan miró desesperadamente a su hijo.
—Chengze…
—Di algo.
Pero él ya no podía pronunciar una sola palabra.
En ese momento sonó el teléfono del abogado.
Activó el altavoz.
Mi voz llegó con absoluta calma desde el aeropuerto.
—Abogado Xia.
—¿Ya llegaron todos?
—Sí, señorita Tang.
—Perfecto.
Respiré lentamente antes de continuar.
—Informe también a la policía de que faltan varias joyas, dos relojes y una pluma estilográfica de colección.
Qiu Meilan gritó de inmediato.
—¡Yo no robé nada!
—Solo los estaba mirando.
Respondí con la misma serenidad.
—Entonces será muy sencillo comprobarlo.
—Las vitrinas donde estaban guardados tienen sensores de apertura y cámaras de alta definición.
—Cada objeto quedó registrado desde el momento en que usted lo tomó con las manos.
El rostro de Qiu Meilan quedó completamente blanco.
Comprendió que cada movimiento realizado dentro de aquella villa había sido grabado.
No había una sola oportunidad para mentir.
Antes de colgar añadí una última frase.
—Abogado Xia.
—Presente también hoy mismo la demanda de divorcio.

Hubo unos segundos de silencio absoluto.
Song Chengze levantó desesperadamente la cabeza.
—¡Tang Wei!
—¡No puedes hacerme esto!
Solté una ligera risa.
—No.
—Quien abrió la puerta de mi casa fuiste tú.
—Yo solo estoy cerrando definitivamente la de mi vida.
La llamada terminó.
Y mientras los agentes comenzaban a levantar el acta oficial dentro de la villa, Song Chengze comprendió que la puerta que realmente acababa de cerrarse no era la de aquella casa valorada en dieciséis millones de yuanes.
Era la única oportunidad que le quedaba de seguir siendo mi esposo.