A la mañana siguiente no regresé.
Fui directamente al despacho de mi abogada.
Cuando coloqué sobre la mesa cinco discos duros, cuatro carpetas y una memoria USB, ella levantó la vista con sorpresa.
—¿Todo esto lo reuniste tú sola?
Asentí.
—Durante cinco años.
Abrió la primera carpeta.
Había calendarios donde anoté cada medicamento de Linda, cada cambio de pañal, cada visita al hospital y cada madrugada en la que tuve que levantarme para evitar que desarrollara úlceras por presión.
Después revisó los estados de cuenta.
Los ciento veinte mil yuanes que recibí como dote habían desaparecido poco a poco en farmacias, fisioterapia, suplementos y equipo médico.
Ni un solo gasto personal.
Luego escuchó una grabación.
La voz de Ryan llorando el día del accidente.
—Cuñada… por favor… renuncia al trabajo. Nosotros mantendremos la casa. Nunca olvidaremos este favor.
Mi abogada apagó el audio.
—Esto cambia completamente el caso.
Sonó mi teléfono.
Era Daniel.
No contesté.
Llamó seis veces más.
Finalmente envió un mensaje.
“Hablemos como adultos.”
No respondí.
Dos horas después apareció frente a la oficina.
Tenía los ojos enrojecidos.
Ya no parecía el hombre seguro de la noche anterior.
—Emma…
—Solo dame cinco minutos.
Mi abogada permaneció a mi lado.
Daniel respiró hondo.
—Podemos olvidar todo esto.
—Romperé con Vanessa.
—No hace falta.
—Mi mamá se disculpará.
—Tampoco hace falta.
—Podemos empezar otra vez.
Lo observé durante unos segundos.
—¿Sabes cuándo terminó nuestro matrimonio?
Frunció el ceño.
—Anoche.
Negué con la cabeza.
—Terminó el primer invierno después del accidente.
—Cuando tuve cuarenta grados de fiebre y aun así tuve que levantar a tu madre para cambiarla porque tú dijiste que estabas demasiado cansado para ayudarme.
Daniel bajó la mirada.
Continué.
—Ese día comprendí que ya no tenía esposo.
—Solo tenía trabajo.
Sacó un sobre.
—Aquí hay doscientos mil.
—Quédate con el dinero.
—Retira la demanda.
Empujé el sobre hacia él.
—Cinco años de mi vida no están en venta.
Su voz comenzó a quebrarse.
—¿Qué quieres entonces?
—Que el tribunal decida.
—Emma…
—¿De verdad vas a quitarme a Noah?
Sonreí con calma.
—No serás tú quien lo decida.
Saqué otro documento.
Era un informe psicológico infantil.
Daniel lo reconoció inmediatamente.
—¿Qué es eso?
—Las evaluaciones que la escuela hizo durante los últimos dos años.
—Noah escribió varias veces que quien lo cuidaba, ayudaba con las tareas, iba a las reuniones escolares y lo llevaba al médico era su mamá.
Pasé otra página.
—También escribió que casi nunca te veía.
Daniel se quedó completamente inmóvil.
Mi abogada añadió otra carpeta sobre la mesa.
—Y aquí están las transferencias que el señor Chen realizó durante más de un año para mantener a la señorita Vanessa Xu utilizando fondos de la empresa familiar.
El color desapareció del rostro de Daniel.
—¿Cómo… consiguieron eso?
Lo miré fijamente.
—Porque mientras tú pensabas que yo solo cambiaba pañales…
—Aprendí a guardar pruebas.
En ese instante, el teléfono de Daniel volvió a sonar.
Era Ryan.
Contestó en altavoz por accidente.
—¡Hermano, ven rápido!
—¡Mamá lleva toda la mañana gritando!
—¡No sabemos cambiar la bolsa de orina!
—¡La esposa de Ryan dice que renuncia!
—¡Nadie puede con ella!
Durante unos segundos nadie habló.
Después colgaron.
Miré a Daniel por última vez.
—Solo llevan doce horas.
—Yo lo hice durante mil ochocientos veintiséis días.
Me levanté para marcharme.
Pero antes de abrir la puerta, mi abogada recibió una notificación del tribunal.
La leyó lentamente.
Después me miró con una expresión que nunca olvidaré.

—Emma…
—El juez acaba de conceder medidas cautelares.
—Y ordenó congelar todas las cuentas relacionadas con la empresa donde Daniel y Vanessa estuvieron moviendo dinero durante el último año.