PARTE 2: LA SEGUNDA DOSIS NUNCA LLEGÓ

Mariana no durmió aquella noche.

Cada vez que cerraba los ojos, volvía a escuchar la risa de Mauricio.

“Si te mueres esta semana…”

A las seis y media de la mañana, la doctora Elena entró acompañada por dos agentes vestidos de civil.

—Ya está todo preparado.

Uno de ellos dejó una carpeta sobre la cama.

—No vamos a detenerlo cuando entre.

Mariana frunció el ceño.

—¿Por qué?

—Porque necesitamos verlo intentar administrarte el veneno.

Ximena acomodó discretamente una pequeña cámara detrás del monitor cardíaco.

Otro dispositivo quedó oculto entre las flores.

El termo sellado permanecía bajo custodia policial.

Sobre el buró colocaron otro idéntico.

Vacío.

A las ocho y doce, Mauricio apareció en el pasillo.

Traía el mismo traje azul de siempre.

Un ramo de lirios blancos.

Y otro termo de acero.

Entró sonriendo.

—Buenos días, mi amor.

Se acercó a besarle la frente.

Mariana fingió seguir demasiado débil para responder.

Mauricio dejó las flores sobre la mesa.

—Hoy te ves mejor.

Qué lástima.

Sacó una cuchara.

Destapó lentamente el termo.

El olor a caldo inundó la habitación.

Miró alrededor.

La enfermera no estaba.

La doctora tampoco.

Solo ellos dos.

Sonrió.

Metió discretamente una mano en el bolsillo interior del saco.

Sacó un pequeño frasco transparente.

Vertió unas gotas dentro del caldo.

Las mezcló despacio.

Todo quedó perfectamente registrado por la cámara.

Después tomó la cuchara.

—Vamos…

Solo un poco más.

Acercó el caldo a los labios de Mariana.

En ese instante sonó una voz firme detrás de él.

—No lo haga.

Mauricio se congeló.

Giró lentamente.

La doctora Elena estaba en la puerta.

A su lado aparecieron cuatro policías.

El agente principal mostró su placa.

—Mauricio Salgado.

Queda detenido por tentativa de homicidio agravado y administración de sustancias tóxicas.

El color desapareció del rostro de Mauricio.

Todavía intentó sonreír.

—Debe haber un error.

Solo estoy alimentando a mi esposa.

El policía tomó el termo.

—Curioso.

Porque acabamos de verlo añadir algo que no venía en la receta.

Mauricio dio un paso atrás.

—Eso…

Son vitaminas.

El perito abrió el pequeño frasco utilizando guantes.

—Lo averiguaremos enseguida.

Mientras tanto…

Queda asegurado como evidencia.

Mauricio buscó desesperadamente a Mariana.

—Amor…

Diles que esto es un malentendido.

Entonces Mariana abrió lentamente los ojos.

Lo miró por primera vez desde que todo había comenzado.

—Hace tres días todavía habría muerto por ti.

Su voz era débil.

Pero completamente firme.

—Hoy solo quiero que respondas por todo lo que intentaste hacer.

Mauricio sintió cómo el suelo desaparecía bajo sus pies.

Los agentes comenzaron a esposarlo.

Él dejó de resistirse.

Porque comprendió que el plan perfecto había terminado.

O eso creyó.

Mientras los policías revisaban sus pertenencias, uno de ellos encontró un teléfono desechable oculto dentro del forro de su maletín.

Acababa de llegar un mensaje.

“¿Ya firmó los documentos de la empresa antes de morir?”

Todos guardaron silencio.

El agente levantó lentamente la vista.

—Señora Salgado…

Creo que su esposo no estaba actuando solo.

Mariana sintió un escalofrío.

Reconocía perfectamente ese número.

Pertenecía a alguien que trabajaba todos los días dentro de Línea Norte.

Alguien en quien había confiado durante más de diez años.

Y comprendió que Mauricio nunca había querido únicamente quedarse con su fortuna.

Alguien desde el interior de su propia empresa llevaba meses ayudándolo a preparar su muerte.

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