Nathan permaneció inmóvil.
Como si hubiera dejado de entender el idioma.
—¿Qué acabas de decir?
Me levanté con calma y llevé los platos al fregadero.
—Que el tratamiento de tu madre estaba pagado con mi dinero.
Victoria seguía gritando desde el teléfono.
—¡Nathan! ¡Dile que llame ahora mismo al hospital! ¡Si pierdo esa plaza tendré que esperar otro año!
Él apenas podía responder.
—Mamá… luego te llamo.
Colgó lentamente.
Cuando volvió a mirarme, tenía el rostro completamente pálido.
—Eso no puede ser verdad.
Abrí un cajón de la cocina.
Saqué una carpeta azul.
La dejé sobre la mesa.
—Mírala.
Dentro estaban todas las transferencias.
Pago inicial.
Segundo depósito.
Reserva del avión sanitario.
Hospital Universitario de Zúrich.
Centro Internacional de Rehabilitación Neurológica.
Total:
8.000.000 de yuanes.
El comprobante llevaba únicamente mi nombre.
Nathan pasó las hojas una por una.
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Por qué… nunca dijiste nada?
Sonreí con cansancio.
—Porque tu madre quería creer que todo lo conseguía gracias a ella.
—Y tú nunca tuviste interés en descubrir la verdad.
Él se dejó caer en la silla.
Recordó, uno por uno, los últimos años.
Cuando Victoria necesitó una cirugía urgente.
Cuando apareció un especialista imposible de conseguir.
Cuando siempre había dinero para los mejores médicos.
Nunca preguntó quién pagaba.
Simplemente asumió que era obra de su familia.
Entonces levantó la vista.
—¿Los locales comerciales…?
Asentí.
—También.
—La inversión inicial salió de una empresa que me pertenece.
—Los terrenos fueron adquiridos con un fondo que administré antes de casarme contigo.
—Tu madre solo firmó la compra.
Nathan sintió que el mundo se derrumbaba.
—Ella dijo que eran propiedades familiares.
—No mintió del todo.
—Eran de la familia.
—Solo olvidó mencionar que la familia era la mía.
En ese instante sonó el timbre.
Victoria entró sin esperar respuesta.
Ashley venía detrás.
La primera dejó el bolso sobre el sofá.
La segunda todavía llevaba en la mano el certificado del local recibido aquella tarde.
—¡Sophia!
Victoria avanzó furiosa.
—¿Cómo te atreves a cancelar mi tratamiento?
La miré con tranquilidad.
—Con el mismo derecho con el que usted regaló mis inversiones.
Ella soltó una carcajada.
—¿Tus inversiones?
Tomé otra carpeta.
La abrí delante de todos.
Había contratos.
Escrituras.
Transferencias notariales.
Y un acuerdo firmado cinco años atrás.
El nombre del inversionista principal aparecía claramente.
Sophia Lin.
Ashley dejó de sonreír.
Victoria tomó los documentos.
Los leyó rápidamente.
Su expresión comenzó a cambiar.
—Esto…
Pasó otra página.
Y otra.
Cada local comercial entregado durante la ceremonia aparecía financiado por la misma empresa.
Mi empresa.
Nathan observaba a su madre.
—¿Lo sabías?
Victoria no respondió.
Solo siguió pasando hojas.
Hasta encontrar una cláusula escrita por el notario.
“La señora Victoria Grant figura únicamente como representante temporal hasta la conclusión del proyecto.”
Ashley abrió los ojos.
—Mamá…
Victoria levantó la vista lentamente.
Por primera vez desde que la conocía…
No tenía una sola respuesta.
Y antes de que pudiera inventar una mentira, sonó nuevamente el teléfono.

Era el hospital de Suiza.
Pero esta vez no llamaban para hablar del tratamiento.
Llamaban para informar que, debido a la cancelación del patrocinador principal, también habían iniciado una auditoría sobre el origen de los fondos utilizados en todas las reservas realizadas a nombre de Victoria Grant durante los últimos tres años.