PARTE 2: Los cuatro nietos que nadie esperaba

—Mamá —preguntó Wyatt mientras el helicóptero comenzaba a descender—, ¿de verdad vamos a conocer a tu antigua familia?

Lo miré por el espejo retrovisor.

Sonreí.

—Vamos a conocer a personas que hace mucho tiempo tomaron una decisión.

Harper inclinó la cabeza.

—¿Buena o mala?

—Eso tendrán que responder ellos.

Nadie volvió a preguntar.

Los cuatro estaban acostumbrados a que nunca hablara mal de su padre.

Solo sabían que él no había podido formar parte de sus vidas.

Nada más.

El helicóptero aterrizó en un pequeño aeródromo privado cerca de Park City.

Desde allí nos esperaba un automóvil.

Cuando llegamos a la mansión de los Merrick, las luces navideñas cubrían toda la fachada.

La música salía hacia el jardín.

Había más de cincuenta invitados.

Empresarios.

Familiares.

Socios.

Exactamente el público que Julian necesitaba para demostrar el éxito de su nueva vida.

El mayordomo abrió la puerta.

Toda la conversación del salón se detuvo.

Entré primero.

Después Wyatt.

Luego Miles.

Harper.

Y finalmente Grace.

Las cuatro pequeñas manos encontraron las mías casi al mismo tiempo.

El silencio fue absoluto.

La primera en reconocerme fue Evelyn, la madre de Julian.

Su sonrisa apareció durante apenas un segundo.

Después desapareció al mirar a los niños.

—Tessa…

Su voz sonó insegura.

Julian salió desde el comedor con una copa de vino en la mano.

Vestía un esmoquin impecable.

A su lado caminaba una mujer rubia con un enorme anillo de diamantes.

Su prometida.

Julian levantó la vista.

Me vio.

Sonrió con superioridad.

Hasta que vio a los cuatro niños.

La copa escapó de sus dedos.

El cristal explotó contra el suelo.

Nadie habló.

Wyatt observó los restos del vaso.

—Mamá…

—¿Ese señor está bien?

No respondí.

Julian caminó lentamente hacia nosotros.

Su rostro había perdido todo el color.

Miró a Wyatt.

Después a Miles.

Luego a Harper.

Finalmente a Grace.

Parecía incapaz de respirar.

—¿Cuántos…?

Su voz se quebró.

—¿Cuántos años tienen?

—Ocho.

Las piernas comenzaron a fallarle.

Evelyn dio un paso hacia adelante.

—Eso…

Negó con la cabeza.

—No puede ser.

Saqué tranquilamente una carpeta de mi bolso.

La misma que había conservado durante ocho años.

Ecografías.

Informes médicos.

Actas de nacimiento.

Los cuatro documentos mostraban la misma fecha.

El mismo hospital.

El mismo apellido.

Merrick.

Julian tomó una de las actas con manos temblorosas.

Leyó el nombre del padre.

Su nombre.

—¿Cuatrillizos…? —susurró.

Asentí.

—Los mismos hijos que dijiste que nunca existirían.

Su prometida retrocedió lentamente.

—Julian…

Él ni siquiera la escuchó.

Seguía mirando a los niños.

Grace dio un pequeño paso al frente.

Lo observó con enorme curiosidad.

Después hizo una pregunta con la inocencia que solo tiene una niña de ocho años.

—Mamá…

Señaló a Julian.

—¿Él es el hombre que tuvo miedo de conocernos?

Toda la mansión quedó completamente en silencio.

Nadie supo qué responder.

Pero Julian todavía ignoraba la verdad que terminaría de destruir todo lo que había construido durante aquellos ocho años.

Porque, desde hacía apenas dos semanas, la empresa donde era director general ya no pertenecía realmente a la familia Merrick.

Y la persona que acababa de comprar el paquete mayoritario de acciones estaba de pie frente a él, sosteniendo la mano de sus cuatro hijos.

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