PARTE 2: La boda que cambió de novio

El campo de tiro quedó completamente en silencio.

Sebastián arrebató el documento de las manos de su compañero.

Leyó el nombre una vez.

Después otra.

Novio: Alejandro Shen.

Novia: Valeria Xia.

La fecha.

El sello oficial.

La aprobación definitiva.

Todo era auténtico.

—Es imposible.

Su compañero tragó saliva.

—La ceremonia de registro es dentro de una hora.

Sebastián dejó caer el papel.

Subió a su vehículo militar sin decir una palabra.

Condujo como un hombre que acababa de descubrir que había perdido algo que siempre creyó suyo.

Mientras tanto, yo ya estaba frente a la Oficina de Asuntos Civiles del distrito.

Llevaba un vestido blanco sencillo.

Sin maquillaje elaborado.

Sin flores.

Sin fotógrafos.

Solo mi madre caminando a mi lado con los ojos todavía húmedos.

Cinco minutos después apareció un automóvil negro.

Un asistente abrió la puerta trasera.

Entonces lo vi por primera vez.

Alejandro Shen.

Su uniforme estaba impecable.

La silla de ruedas era completamente negra.

Su espalda permanecía recta.

Sus ojos eran tranquilos.

No había lástima en ellos.

Ni curiosidad.

Solo una serenidad que jamás encontré en Sebastián durante diez años.

Se acercó lentamente.

—Señorita Xia.

Inclinó apenas la cabeza.

—Gracias por venir.

Sonreí con educación.

—Gracias por aceptarlo.

No hubo promesas.

No hubo discursos.

Entramos juntos.

El funcionario revisó los documentos.

—¿Ambos confirman voluntariamente este matrimonio?

Alejandro respondió primero.

—Sí.

Todos me miraron.

Respiré hondo.

Pensé en los diez años perdidos.

En las siete solicitudes canceladas.

En las burlas.

En las promesas vacías.

Después levanté la vista.

—Sí.

El funcionario tomó el sello.

En ese mismo instante, la puerta se abrió violentamente.

—¡Deténganse!

La voz de Sebastián resonó por toda la oficina.

Llegó jadeando.

Con el uniforme desabrochado.

El cabello desordenado.

Nunca lo había visto perder la compostura.

Se acercó directamente al mostrador.

—Hubo un error administrativo.

Señaló los documentos.

—Ese novio soy yo.

El funcionario levantó la vista.

—El expediente aprobado corresponde al general Alejandro Shen.

—¡Porque alguien cambió el nombre por una broma!

Toda la oficina quedó en silencio.

Alejandro giró lentamente la silla hacia su sobrino.

—¿Una broma?

Sebastián comprendió demasiado tarde lo que acababa de admitir.

Intentó corregirse.

—Tío… yo…

Alejandro habló con absoluta calma.

—¿Manipulaste documentos oficiales del Estado Mayor para ganar una apuesta?

Nadie respiraba.

Sebastián abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

Yo tampoco dije nada.

Ya no era necesario.

La secretaria del registro tomó discretamente el teléfono interno.

Dos minutos después entraron dos oficiales de asuntos disciplinarios.

Uno de ellos pidió el expediente.

El otro miró a Sebastián.

—Coronel Shen, deberá acompañarnos para explicar una posible falsificación documental.

Vivian, que acababa de llegar corriendo, quedó completamente pálida.

—Sebastián…

Él ya no la escuchaba.

Solo me miraba a mí.

—Valeria…

Di un paso hasta quedar frente a él.

Por primera vez en diez años, ya no vi al hombre que había esperado.

Solo vi a un desconocido.

—¿Vas a casarte de verdad con él?

Lo miré con tranquilidad.

—No.

Sus ojos recuperaron un poco de esperanza.

Entonces terminé la frase.

—Voy a casarme con el único hombre de la familia Shen que nunca jugó con mi vida.

El funcionario levantó nuevamente el sello.

Esta vez nadie volvió a interrumpirlo.

El golpe seco sobre el certificado resonó por toda la sala.

Y, con ese único sonido, terminaron diez años de espera… y comenzaron los mayores problemas que Sebastián Shen enfrentaría en toda su carrera militar.

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