PARTE 2 — LA CAJA EN EL CENTRO DE LA MESA

A las siete y cincuenta de la noche, la sala ya estaba llena.

Los padres de Brianna fueron los primeros en llegar.

Su madre llevaba un pastel de vainilla.

—Austin, qué bonito detalle. Brianna va a emocionarse.

Él sonrió con la misma tranquilidad con la que había pasado todo el día.

—Eso espero.

Después llegaron sus dos hermanas, varios amigos de la universidad y tres compañeros de trabajo que conocían a la pareja desde hacía años.

Todos creían asistir a una celebración romántica.

Nadie sospechaba que aquella noche no había sido preparada para celebrar un matrimonio.

Había sido organizada para enterrarlo.

Exactamente a las ocho en punto sonó el motor de un automóvil.

Austin miró por la ventana.

Brianna bajó sonriendo.

Traía varias bolsas de compras y el teléfono pegado al oído.

Entró riendo.

—No sabes el tráfico que había…

La frase murió en cuanto levantó la vista.

Toda su familia estaba allí.

Globos blancos.

Copas servidas.

Velas encendidas.

Y Austin esperándola junto a la mesa.

—¡Sorpresa! —gritaron varios al mismo tiempo.

Brianna se llevó una mano al pecho.

—¡Dios mío!

Corrió hacia Austin y lo abrazó.

—¿Todo esto es para mí?

Él le devolvió el abrazo con suavidad.

—Claro.

Ella lo besó delante de todos.

—Sabía que volverías el domingo.

Austin sostuvo su mirada.

—Sí…

—Eso pensabas.

Durante un segundo, algo cruzó por los ojos de Brianna.

Una duda.

Muy pequeña.

Pero desapareció enseguida.

Su padre levantó la copa.

—Brindemos por una pareja tan maravillosa.

Todos aplaudieron.

Austin esperó a que el ruido terminara.

Después habló con absoluta calma.

—Antes del brindis…

—Quiero entregarle un regalo.

Señaló la caja que permanecía en el centro de la mesa.

—Es para ti, Brianna.

Ella sonrió emocionada.

—No tenías que comprarme nada.

Quitó el lazo lentamente.

Abrió la tapa.

Su sonrisa desapareció.

Dentro había un reloj.

Grande.

De oro.

Esfera azul.

El mismo reloj que Austin había encontrado sobre la mesa del salón.

Las manos de Brianna comenzaron a temblar.

Nadie entendía nada.

Su madre preguntó:

—¿Ese reloj no es de hombre?

Austin asintió.

—Sí.

Hizo una breve pausa.

—Pertenece a Julian Vance.

El silencio fue inmediato.

Brianna levantó la cabeza.

—Austin… puedo explicarlo.

—Claro que puedes.

Su voz seguía siendo tranquila.

Demasiado tranquila.

—Solo tengo una pregunta.

Ella tragó saliva.

—¿Dónde estabas anoche cuando me dijiste que dormías en nuestra cama?

Nadie respiró.

Las hermanas de Brianna comenzaron a mirarse entre sí.

Su padre frunció el ceño.

—¿Qué significa esto?

Austin sacó lentamente su teléfono.

Presionó reproducir.

La voz de Brianna llenó la habitación.

—”Por supuesto que sí, Austin. ¿Dónde más estaría a esta hora?”

Él dejó que todos escucharan la grabación completa.

Después caminó hasta el dormitorio.

Regresó sosteniendo una almohada.

La colocó sobre la mesa.

—Esta era tu almohada.

La tocó con una mano.

—Estaba completamente fría cuando llamaste.

Luego levantó el reloj.

—Y esto apareció en nuestra sala pocas horas después.

Brianna dio un paso atrás.

—No es lo que parece.

Austin sonrió por primera vez.

Pero aquella sonrisa no tenía alegría.

—Llevas meses diciéndome esa frase.

Miró a todos los presentes.

—Esta mañana regresé dos días antes de lo previsto.

—Entré en mi casa.

—Llamé a mi esposa.

—Y mientras ella aseguraba que dormía aquí…

Levantó nuevamente el reloj.

—Su jefe olvidaba esto en mi sala.

La madre de Brianna quedó completamente pálida.

Su padre giró lentamente hacia su hija.

—Dime que está mintiendo.

Brianna abrió la boca.

Pero ninguna palabra salió.

En ese instante sonó el timbre de la casa.

Todos volvieron la cabeza.

Austin consultó la hora.

—Perfecto.

Respiró despacio.

—El último invitado acaba de llegar.

Caminó hacia la puerta principal.

La abrió.

Y Julian Vance apareció en el umbral… con una sonrisa confiada y un ramo de rosas en las manos, sin imaginar que toda la familia de Brianna lo estaba esperando al otro lado de la puerta.

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