PARTE 2 — LA ÚLTIMA JUGADA DE EVERETT

Esperé a que el automóvil de Tabitha desapareciera al final del camino antes de abrir el sobre.

Las manos me temblaban.

No por miedo.

Por la caligrafía.

Era la de mi padre.

Firme.

Elegante.

Inconfundible.

Respiré hondo y deslicé la hoja hacia afuera.

“Si estás leyendo esto antes de la lectura del testamento, significa que alguien ya comenzó a pelear por mi casa.”

Sentí un nudo en la garganta.

“Y si esa persona es Calvin, entonces todo ocurrió exactamente como esperaba.”

Leí la frase dos veces.

Mi padre lo había previsto.

Todo.

“No confíes en las lágrimas de Calvin.”

“Mucho menos en las sonrisas de la mujer por la que destruyó tu matrimonio.”

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

Mi padre lo sabía.

Siempre lo había sabido.

Incluso cuando fingía aceptar a Calvin en las cenas familiares.

Incluso cuando seguían jugando golf los domingos.

Todo había sido una actuación.

Un automóvil negro entró lentamente por el camino de grava.

La señora Penelope descendió con una carpeta gruesa bajo el brazo.

Había sido la abogada de mi padre durante casi treinta años.

No perdió tiempo con saludos.

—¿Encontraste la carta?

Le mostré la hoja.

Su expresión se suavizó.

—Everett esperaba que apareciera hoy.

Entramos en la biblioteca.

Ella colocó la carpeta sobre el escritorio donde mi padre solía revisar planos y cuentas de la propiedad.

Sacó varios documentos.

—Hay algo que debes saber antes de mañana.

Deslizó una fotografía hacia mí.

Era una imagen tomada ocho meses atrás.

Mi padre.

Kyle.

Y Calvin.

Los tres saliendo del banco.

Fruncí el ceño.

—¿Qué hacían juntos?

Penelope abrió otro expediente.

—Ese mismo día intentaron convencer a tu padre para que modificara el testamento.

Sentí un golpe en el pecho.

—¿Kyle también?

Ella asintió lentamente.

—Calvin le prometió asociarlo a un nuevo negocio inmobiliario.

—Le aseguró que, si la casa quedaba dividida, ambos ganarían millones.

Me quedé sin palabras.

Mi propio hermano.

Penelope continuó.

—Pero Everett nunca firmó.

Sacó un documento diferente.

—Al contrario.

—Ese mismo día redactó un segundo testamento.

Levanté la vista.

—¿Segundo?

—El oficial permanece sellado.

—Solo puedo decirte que contiene una cláusula muy especial.

—Una cláusula que nadie conoce.

Mi respiración se aceleró.

—¿Qué clase de cláusula?

Ella sonrió apenas.

—La condición depende del comportamiento de ciertos interesados después de la muerte de Everett.

Recordé inmediatamente las amenazas de Tabitha.

Las palabras sobre remodelar la casa.

Arrancar los rosales.

Expulsarme.

Penelope abrió lentamente una pequeña caja metálica.

Dentro había un dispositivo negro.

Una memoria USB.

—Tu padre instaló cámaras en la propiedad seis meses antes de morir.

Sentí un escalofrío.

—¿Me estaba vigilando?

—No.

—Los vigilaba a ellos.

Conectó la memoria a su computadora portátil.

Aparecieron varias grabaciones.

Calvin entrando cuando yo estaba en el hospital.

Kyle revisando cajones del despacho.

Tabitha fotografiando cuadros antiguos.

Y una escena ocurrida apenas cuarenta minutos antes.

La misma mañana.

La pantalla mostraba a Tabitha caminando entre los rosales.

Su voz se escuchaba con absoluta claridad.

“Cuando mañana lean el testamento, esta casa será nuestra.”

“Lo primero será arrancar estos rosales tan anticuados.”

Luego añadió una frase que yo ni siquiera había escuchado.

“Después venderemos todo el terreno. Nadie conservará recuerdos de ese viejo.”

Penelope pausó el video.

—Eso era exactamente lo que Everett necesitaba.

La miré confundida.

—¿Qué quieres decir?

La abogada sacó la última hoja del expediente.

En la parte superior podía leerse una frase escrita por mi padre.

“Si cualquiera de las personas aquí nombradas intenta apropiarse de la casa, amenaza a Paige o manifiesta su intención de destruir esta propiedad antes de la lectura oficial del testamento, perderá automáticamente cualquier beneficio previsto y las pruebas serán entregadas al tribunal testamentario.”

Sentí que el corazón se detenía.

—¿Él… preparó todo esto?

—Hasta el último detalle.

Penelope cerró la carpeta.

—Y gracias a la visita de Tabitha…

Guardó la memoria USB en su bolso.

—…acaba de activarse la cláusula que Everett esperaba no tener que utilizar jamás.

En ese mismo instante sonó mi teléfono.

Era Kyle.

Contesté.

Mi hermano ni siquiera saludó.

—Paige, mañana no armes ningún escándalo.

Miré la memoria USB.

Después la carta de mi padre.

Y sonreí por primera vez desde su funeral.

—No te preocupes, Kyle.

Hice una pausa mientras Penelope apagaba la computadora.

—Mañana el único escándalo será descubrir quién intentó robarle la herencia a un hombre… que llevaba meses esperándolos con una última jugada.

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