PARTE 2 — EL HOMBRE EQUIVOCADO

Durante unos segundos nadie habló.

Liam seguía frotándose la frente mientras el hombre permanecía inmóvil, observándolo con una intensidad que me puso en alerta.

No era una mirada de molestia.

Era de desconcierto.

De reconocimiento.

Me incliné rápidamente para acomodarle los lentes a mi hijo.

—¿Te hiciste daño, cariño?

Liam negó con la cabeza.

—Estoy bien, mami.

Entonces levantó la vista hacia el desconocido.

—Señor, debería mirar por dónde camina.

Su tono serio era idéntico al que usaba cuando reprendía a sus hermanos.

El hombre parpadeó.

Después… sonrió apenas.

—Tienes carácter.

No respondí.

Solo tomé la mano de Liam.

—Perdone la molestia.

Íbamos a alejarnos cuando escuché una voz conocida detrás de nosotros.

—¡Señor Blake!

Sentí que el corazón se detenía.

No.

No podía ser.

Me giré lentamente.

Al otro lado del pasillo VIP apareció Ethan.

Cinco años habían pasado, pero seguía caminando con la misma seguridad.

Solo había algo diferente.

Las canas comenzaban a asomar en sus sienes.

Y había una tristeza permanente alrededor de sus ojos.

Venía acompañado por varios ejecutivos.

Al verme, frunció ligeramente el ceño.

No me reconoció.

Las gafas oscuras, el cabello más corto y los años habían cambiado demasiado mi aspecto.

En cambio, el hombre frente a nosotros sí volvió la cabeza hacia Ethan.

—Llegas tarde.

Su voz era tranquila.

Autoritaria.

Ethan sonrió con respeto.

—Lo siento, hermano.

Hermano.

Las piezas encajaron de inmediato.

Aquel hombre era Nathan Blake.

El hermano mayor de Ethan.

El verdadero presidente del Grupo Blake.

Vivía casi siempre en Europa y durante mi matrimonio solo lo había visto una vez, de lejos, en una fotografía familiar.

Por eso apenas había reconocido sus rasgos.

Nathan volvió a mirar a Liam.

Luego a Noah.

Después a Emma.

Su expresión se volvió extraña.

—¿Son tus hijos?

Asentí.

—Sí.

—¿Cuántos años tienen?

—Cinco.

Ethan, que apenas prestaba atención a la conversación, bajó la mirada distraídamente hacia los niños.

Todo cambió en un instante.

Noah levantó la cabeza para responder una pregunta de su hermana.

La luz del aeropuerto iluminó completamente su rostro.

Los mismos ojos.

La misma nariz.

La misma manera de fruncir el ceño.

Ethan dejó caer la carpeta que llevaba en la mano.

Los documentos quedaron esparcidos por el suelo.

Noah lo miró con curiosidad.

—Señor, se le cayó.

Se agachó educadamente para recoger una hoja.

Cuando volvió a incorporarse, Ethan seguía inmóvil.

Completamente pálido.

Su respiración comenzó a acelerarse.

—Eso es imposible…

Susurró aquellas palabras como si hablara consigo mismo.

Yo comprendí exactamente lo que estaba viendo.

Cinco años atrás jamás llegó a conocer el embarazo.

Mucho menos a los niños.

Para él, aquellos pequeños desconocidos acababan de aparecer de la nada.

Pero llevaban su rostro.

Nathan observó alternativamente a Ethan y a los tres niños.

Su experiencia negociando durante décadas le permitió entender la situación antes que nadie.

—Ethan…

Dijo lentamente.

—¿Qué ocurre?

Mi exmarido dio un paso inseguro hacia Noah.

—¿Cómo… cómo te llamas?

Antes de que mi hijo respondiera, me coloqué delante de los tres.

—No tenemos obligación de contestar preguntas personales.

Ethan levantó lentamente la vista hacia mí.

Por primera vez me observó con verdadera atención.

Las gafas.

La voz.

La sonrisa.

Su expresión cambió por completo.

—¿Sophia…?

Me quité lentamente las gafas de sol.

—Hola, Ethan.

El silencio que siguió pareció congelar todo el aeropuerto.

Los ejecutivos dejaron de hablar.

Los asistentes dejaron de caminar.

Incluso Nathan permanecía inmóvil.

Ethan apenas podía respirar.

Sus ojos pasaban desesperadamente de mi rostro a los tres niños.

Uno.

Dos.

Tres.

Entonces recordó algo.

Cinco años atrás.

El día del divorcio.

Mi informe médico sobre la mesa.

El ultrasonido que nunca llegó a mirar.

Sus labios comenzaron a temblar.

—No…

Retrocedió un paso.

—No puede ser…

Su voz se quebró por primera vez.

—Sophia…

Esos niños…

¿Son… míos?

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