PARTE 2 — EL BAILE QUE CAMBIÓ EL PUEBLO

A la mañana siguiente, Manuel llegó a la hacienda antes de que saliera el sol.

El rocío todavía cubría los campos cuando dejó su bicicleta junto al viejo granero y tomó las herramientas de siempre.

Había trabajado allí desde los quince años.

Nunca había llegado tarde.

Nunca había discutido con un capataz.

Nunca había pedido un favor.

Por eso no le sorprendió ver al administrador esperándolo con los brazos cruzados.

—El patrón quiere hablar contigo.

Manuel asintió.

Sabía que aquel momento llegaría.

Entró al despacho principal de la hacienda.

Don Mariano permanecía de pie junto a la ventana, observando los sembradíos que se extendían hasta el horizonte.

No lo invitó a sentarse.

—Quedas despedido.

La frase cayó seca.

Sin explicación.

Sin agradecimiento por los diez años de trabajo.

Manuel respiró despacio.

—¿Mi falta fue bailar con su hija?

Don Mariano giró lentamente.

—Tu falta fue olvidar quién eres.

Sacó un sobre del escritorio.

—Aquí tienes tres meses de sueldo. Es más de lo que corresponde.

—No quiero su dinero.

—Entonces lárgate sin él.

Manuel dejó el sobre sobre la mesa.

—Con permiso, patrón.

Salió sin volver la cabeza.

Don Mariano esperaba verlo suplicar.

No ocurrió.

Desde la puerta entreabierta del segundo piso, Alejandra había escuchado toda la conversación.

Sus manos comenzaron a temblar.

Aquella noche había sido la primera vez en tres años que alguien la había hecho sentir una mujer y no una carga.

Y su padre acababa de destruir la vida de ese hombre.

Bajó las escaleras tan rápido como pudo, impulsando la silla con fuerza.

—¡Papá!

Don Mariano levantó la vista.

—No te metas en esto.

—¿Lo despediste por mi culpa?

—Lo despedí porque un peón debe conocer su lugar.

Alejandra sintió un nudo en la garganta.

—Su lugar fue el único donde encontré un poco de dignidad anoche.

—¡Basta!

El golpe del bastón de Don Mariano contra el suelo hizo temblar el despacho.

—Todo el pueblo se estaba burlando de ti.

—No.

Las lágrimas aparecieron en los ojos de Alejandra.

—Se burlaban de mí antes de que él llegara.

La única persona que me trató como igual fue Manuel.

El silencio llenó la habitación.

Don Mariano apartó la mirada.

Pero su orgullo habló antes que su conciencia.

—No volverás a verlo.


Mientras tanto, Manuel caminaba por el pueblo con una pequeña mochila al hombro.

No sabía adónde iría.

Solo tenía algunos ahorros y las manos con las que siempre había trabajado.

Cuando pasó frente a la panadería, la señora Carmen salió corriendo.

—¡Muchacho!

Él se detuvo.

—¿Sí, señora?

La mujer le entregó una bolsa de pan caliente.

—Escuché lo que hizo el patrón.

Manuel intentó devolverla.

—No puedo aceptarla.

—Sí puedes.

Y no eres el único.

Un carnicero salió de su negocio.

—Cuando encuentres trabajo, vienes y pagas.

Si no, da igual.

Luego apareció el herrero.

Después el maestro de la escuela.

Luego el médico del pueblo.

Uno tras otro comenzaron a acercarse.

Porque todos habían visto el baile.

Y todos sabían que el único caballero de aquella noche no había sido el hacendado.

Había sido el peón.

A media tarde, la noticia llegó hasta la hacienda.

Don Mariano escuchó a dos trabajadores hablar cerca del establo.

—Dicen que todo San Jacinto está ayudando a Manuel.

—La gente anda diciendo que el verdadero señor fue él.

El rostro del hacendado se endureció.

Nunca en cuarenta años había perdido el respeto del pueblo.

Hasta que tomó la decisión de humillar al único hombre que había defendido a su hija.

Aquella noche, mientras cenaban en silencio, Alejandra dejó los cubiertos.

—Papá.

Él no respondió.

—Si Manuel no vuelve a trabajar aquí…

Respiró profundamente.

—Entonces yo tampoco volveré a salir delante de nadie.

Don Mariano levantó la vista.

—¿Qué significa eso?

—Que ya no asistiré a tus reuniones.

No recibiré invitados.

No volveré a fingir que soy feliz mientras escondes mi silla cuando llegan visitas.

Las palabras golpearon más fuerte que cualquier grito.

Por primera vez en muchos años, Don Mariano no encontró respuesta.

En ese mismo instante, uno de los capataces irrumpió en el comedor, pálido.

—¡Patrón!

—¿Qué ocurre?

—Hay un problema muy serio.

—Habla.

El hombre tragó saliva.

—Acaba de llegar un abogado desde Guadalajara.

Dice que viene en representación del verdadero propietario de las tierras donde está construida media hacienda…

Y pregunta por un hombre llamado Manuel Ortega.

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