PARTE 2 — LA CARPETA PROHIBIDA

El olor a gasolina inundó el archivo en cuestión de segundos.

Adrian reaccionó antes que yo.

Me sujetó del brazo y apagó la linterna de su teléfono.

—No hagas ruido.

Un golpe seco resonó al otro lado de la puerta.

Después otro.

Alguien estaba bloqueando la salida.

Sentí cómo el corazón me golpeaba las costillas.

—¿Quién es?

Adrian negó con la cabeza.

—Quien alteró los expedientes ya sabe que abrimos la carpeta.

Su voz seguía siendo fría.

Controlada.

Como si hubiera esperado aquel momento desde hacía mucho tiempo.

Saqué el teléfono.

No tenía señal.

—La bloquearon.

Él levantó una rejilla de ventilación situada junto al archivador.

—Este cuarto tiene un conducto de mantenimiento.

—¿Piensas escapar por ahí?

—Pienso sacar primero las pruebas.

Tomó la carpeta sellada y la metió dentro de una mochila impermeable.

Luego sacó otra memoria USB de su bolsillo.

—Aquí hay una copia completa.

Lo miré sorprendida.

—¿Confiabas tan poco en este hospital?

—Confiaba demasiado poco en ciertas personas.

De repente se escuchó el sonido de un encendedor.

La llama apareció por debajo de la puerta.

El combustible comenzó a arder.

El fuego avanzó como una serpiente naranja.

Retrocedí instintivamente.

—¡Van a quemarnos vivos!

Adrian tomó el extintor de la pared y descargó toda la espuma contra las llamas.

—Solo intentan destruir la evidencia.

El humo empezó a llenar la habitación.

Tosí con fuerza.

Él me entregó un pañuelo húmedo.

—Respira por aquí.

Mientras intentábamos mantenernos alejados del fuego, mi mirada cayó sobre los expedientes abiertos.

Había decenas de nombres.

Pacientes.

Fechas.

Fotografías.

Y junto a varios informes aparecía mi firma electrónica.

Perfecta.

Idéntica a la mía.

—Es imposible…

Adrian respondió sin apartar la vista de la puerta.

—No copiaron tu firma.

—Robaron tu certificado digital.

Sentí un escalofrío.

Solo tres personas tenían acceso a él.

Yo.

El departamento de informática.

Y el doctor Richard Hale.

Mi mentor.

El hombre que me enseñó a sostener un bisturí.

El hombre que siempre decía que yo sería la mejor cirujana del hospital.

No quería creerlo.

—Richard jamás haría algo así.

Adrian me miró por primera vez desde que entramos al archivo.

—Eso mismo pensé cuando empecé la investigación.

Sacó otra fotografía.

Era una captura de una cámara de seguridad.

Richard entraba de madrugada al archivo de historias clínicas.

No estaba solo.

Rebecca Moore caminaba detrás de él cargando varias carpetas.

La fecha era de ocho meses atrás.

—Rebecca…

Recordé su sonrisa durante mi humillación.

Su alegría cuando me retiraron del quirófano.

No era casualidad.

Ella conocía todo desde el principio.

En ese momento escuchamos sirenas.

Pero no venían de la calle.

Sonaban dentro del hospital.

La alarma de incendios acababa de activarse.

Alguien abrió violentamente la puerta desde fuera.

Dos bomberos irrumpieron entre el humo.

—¡Salgan ahora!

Adrian me empujó hacia ellos.

Antes de abandonar el archivo miré una última vez los expedientes.

Entonces vi algo que hizo que el mundo volviera a detenerse.

En la última carpeta sobresalía una hoja amarilla.

Solo podía verse una línea.

Paciente fallecido: Thomas Dawson.

Mi padre.

El mismo hombre que la noche anterior había cocinado pescado para nosotros.

Sentí que las piernas dejaron de sostenerme.

Adrian también lo vio.

Su rostro perdió toda expresión.

—Claire…

Me sujetó antes de que cayera.

—No mires más.

Pero ya era demasiado tarde.

Porque comprendí que aquella conspiración nunca había comenzado conmigo.

Había empezado muchos años antes.

Y mi padre siempre había sido uno de los objetivos.

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