El restaurante quedó completamente en silencio.
Las copas dejaron de tintinear.
Hasta el pianista retiró lentamente las manos del teclado.
Eduardo soltó una risa nerviosa.
—¿Tu hotel?
Miró al gerente esperando que aclarara la broma.
—Gabriel… dile que esto ya fue suficiente.
Pero el gerente no respondió.
En lugar de eso, inclinó ligeramente la cabeza hacia Elena.
—Señora Del Valle, ¿desea que desocupemos inmediatamente la mesa?
Eduardo sintió un escalofrío.
—¿Señora… Del Valle?
Elena sonrió apenas.
—Sí. Mi apellido de soltera.
Sacó una carpeta color vino y la colocó sobre el mantel.
—Antes de casarme contigo nunca te interesó preguntarme por mi familia.
Arturo Beltrán abrió la primera página.
—Acta constitutiva del Grupo Hotelero Del Valle.
Pasó otra hoja.
—Registro de propiedad del Gran Hotel Palacio del Ángel.
Después una tercera.
—Composición accionaria actual.
Eduardo tomó los documentos con manos temblorosas.
El nombre que aparecía como accionista mayoritaria era inconfundible.
Elena Del Valle.
Noventa y un por ciento.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—Esto… esto no puede ser.
Valeria observaba los papeles sin comprender.
—Eduardo… ¿qué significa?
Él no respondió.
Recordó todas las veces que había presumido delante de ella.
Todas las veces que aseguró que aquel hotel existía gracias a sus inversiones.
Elena lo observó con absoluta calma.
—Nunca invertiste un solo peso aquí.
Mi abuelo compró este terreno hace cuarenta años.
Mi padre construyó el hotel.
Y yo heredé el grupo cinco años antes de conocerte.
Valeria abrió lentamente la boca.
—Entonces… ¿por qué nunca lo dijiste?
—Porque quería saber si alguien podía quererme sin mirar mi patrimonio.
Miró directamente a Eduardo.
—Ahora ya tengo la respuesta.
El abogado colocó otra carpeta sobre la mesa.
—También traemos los estados financieros de Salgado Capital.
Eduardo levantó la cabeza de golpe.
—¿Cómo obtuvieron eso?
—Porque desde hace ocho meses el fondo Del Valle adquirió discretamente el treinta y ocho por ciento de las acciones preferentes.
El rostro de Eduardo perdió completamente el color.
—Eso es imposible.
—No lo es.
Mientras tú estabas ocupado impresionando a tu amante…
Nosotros comprábamos a todos los inversionistas que abandonaban tu empresa.
Valeria dio un paso hacia atrás.
—Eduardo… dijiste que tu compañía valía más que nunca.
Elena deslizó otro documento.
—El próximo lunes se convocará una asamblea extraordinaria.
Arturo continuó.
—Y ese mismo día se votará la destitución del director ejecutivo.
Eduardo golpeó la mesa.
—¡No pueden hacer eso!
Gabriel Montes habló por primera vez.
—Sí pueden.
Porque desde ayer el Grupo Del Valle se convirtió en el principal accionista institucional.
El silencio fue absoluto.
Eduardo sintió que el restaurante entero lo observaba.
Las personas que minutos antes admiraban su lujo ahora evitaban siquiera acercarse.
Valeria retrocedió otro paso.
—¿Me mentiste?
Él intentó tomarle la mano.
Ella la apartó.
—Dijiste que eras intocable.
Elena cerró lentamente la carpeta.
—Todavía falta algo.
Sacó un sobre blanco.
Lo colocó frente a Eduardo.
—Ábrelo.
Dentro había las grabaciones de las cámaras privadas de la suite presidencial.
Fotografías.
Registros de ingreso.
Facturas firmadas.
Y una hoja con un membrete oficial.
Eduardo apenas pudo leerla.
Solicitud de divorcio.
Ya estaba firmada por Elena.
Solo faltaba la notificación judicial.
Él levantó lentamente la vista.
—¿Todo esto… estaba preparado?
Elena sostuvo su mirada sin una sola muestra de rabia.
—No.
Solo preparé los documentos.
Quien decidió venir con su amante precisamente a mi hotel… fuiste tú.
Entonces Gabriel recibió una llamada por el auricular.
Escuchó apenas unos segundos.
Su expresión cambió de inmediato.
Miró a Elena.
—Señora…
Acaban de llegar los miembros del consejo familiar.
Dicen que necesitan verla con urgencia.
Elena frunció ligeramente el ceño.
—¿Los once?

—Sí.
Y no vienen por el señor Salgado.
Vienen porque hace diez minutos apareció un documento firmado por su padre… que cambia por completo la sucesión del Grupo Del Valle.