PARTE 2: El Imperio de Valeria

Aquella noche pensábamos que íbamos a morir de frío.

Camila apenas podía mantenerse de pie.

Renata tenía las manos completamente heladas.

Yo seguía intentando conseguir señal cuando unos faros aparecieron entre la tormenta.

Un automóvil negro se detuvo frente a nosotras.

Del asiento trasero descendió un hombre mayor con un abrigo largo de lana.

No preguntó quién era yo.

Lo primero que hizo fue quitarse el abrigo y cubrir a mis hijas.

—Suban inmediatamente.

No parecía una invitación.

Era una orden.

Las tres entramos al vehículo.

El calor comenzó a devolverles lentamente el color al rostro.

—Soy Arturo Beltrán —dijo mientras me ofrecía una botella de agua—. Iba camino al aeropuerto cuando las vi.

Le di las gracias entre lágrimas.

Pensé que todo terminaría allí.

No fue así.

Cuando escuchó mi apellido, permaneció varios segundos en silencio.

—¿Salgado?

Asentí.

—¿Tu padre era Ernesto Salgado?

Lo miré sorprendida.

—Sí.

Arturo sonrió con nostalgia.

—Hace veinte años me enseñó a calcular estructuras cuando nadie confiaba en mí.

Después suspiró.

—Le debía una deuda.

Nunca imaginé que terminaría pagándosela a su hija.

Aquella misma noche nos llevó a uno de sus hoteles.

Al día siguiente me ofreció revisar algunos planos.

Acepté.

Una semana después dirigía un pequeño equipo de ingeniería.

Seis meses más tarde era la directora técnica de una de sus constructoras.

Cinco años después fundamos Beltrán Salgado Infraestructura.

Yo poseía el cincuenta y uno por ciento.

Arturo insistió.

—El talento fue siempre tuyo.

No mío.

El tiempo pasó.

Mis hijas crecieron.

La empresa se convirtió en una de las más importantes del país.

Y el nombre de Alonso comenzó a desaparecer lentamente de las licitaciones.

Hasta que llegó aquella invitación.

“Nos complacería contar con su presencia en la boda de Alonso Alcázar y Cecilia Duarte.”

Al pie aparecía una nota escrita a mano.

“Quiero que conozcas al hijo que nunca pudiste darme.”

Sonreí.

No por dolor.

Por lástima.

Acepté la invitación.

El día de la boda aterricé en mi jet privado en el pequeño aeropuerto ejecutivo de Toluca.

Camila y Renata bajaron primero.

Ya eran adolescentes.

Elegantes.

Seguras.

Brillantes.

Cuando entramos al jardín donde se celebraba la ceremonia, las conversaciones comenzaron a detenerse.

Alonso nos vio desde el otro extremo.

Su sonrisa fue inmediata.

Creyó que había ido derrotada.

Subió al escenario con una copa en la mano.

—Qué gusto que hayas venido.

Así podrás conocer a mi heredero.

Un niño de cuatro años corrió hasta él.

Alonso lo levantó orgulloso.

—Mira, Valeria.

Esta es la familia que nunca pudiste darme.

Los invitados comenzaron a aplaudir.

Yo permanecí completamente tranquila.

Después saqué un sobre color marfil de mi bolso.

—Tienes razón.

Nunca pude darte eso.

Le entregué el sobre.

Lo abrió sonriendo.

Su expresión cambió página tras página.

El color abandonó lentamente su rostro.

Cecilia dejó de sonreír.

—¿Qué pasa?

Alonso no respondió.

Solo seguía leyendo.

Finalmente levantó la vista hacia mí.

—¿Cómo… conseguiste esto?

Toda la recepción quedó en silencio.

Lo miré con absoluta serenidad.

—Son los resultados de las pruebas genéticas que solicitó el juez hace dos meses.

El niño…

no comparte contigo absolutamente ningún vínculo biológico.

El murmullo fue inmediato.

Cecilia dio un paso atrás.

—¿Qué estás diciendo?

Saqué una segunda carpeta.

Mucho más gruesa.

—Y esos no son los únicos documentos.

También traigo las pruebas de que hace doce años destruiste deliberadamente los planos originales de Torre Reforma Norte…

sin saber que todas las versiones estaban registradas digitalmente a mi nombre desde antes de nuestro matrimonio.

Y gracias a esos registros…

la constructora que tanto presumiste durante años está a punto de perder absolutamente todos sus contratos por fraude intelectual.

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