PARTE 2: EL FIDEICOMISO

Alejandro dejó la tableta sobre el escritorio.

No parecía sorprendido por la publicación.

Parecía confirmar una sospecha.

—¿Qué significa “si hizo lo que creo”? —pregunté.

No respondió de inmediato.

Se volvió hacia el abogado.

—Llama al doctor Salinas y al notario. Quiero la prueba de ADN con cadena de custodia. Ahora.

El abogado salió sin hacer preguntas.

Yo seguía abrazando al bebé.

Mi teléfono no dejaba de sonar.

Mi madre.

Mi padre.

Mis tíos.

Primos.

Incluso vecinos.

Todos repetían el mismo mensaje:

“Devuelve al niño.”

Alejandro me observó con calma.

—¿Sabe por qué su hermana me mencionó un fideicomiso?

Negué con la cabeza.

Abrió un archivador empotrado en la pared.

Sacó una carpeta gris con el nombre de su abuelo.

—Hace treinta años mi abuelo creó un fideicomiso familiar.

Pasó varias páginas.

—La mayor parte del patrimonio solo puede heredarse por un descendiente biológico reconocido legalmente.

Levantó la vista.

—Si ese descendiente nace fuera del matrimonio, el padre dispone de un plazo muy concreto para reconocerlo.

—¿Y si no lo hace?

Su expresión se endureció.

—El patrimonio pasa automáticamente a otro ramo de la familia.

Sentí un escalofrío.

—¿Cuánto dinero hay en ese fideicomiso?

El abogado regresó justo en ese momento.

Respondió él.

—Aproximadamente cuatro mil ochocientos millones de pesos.

El aire desapareció de mis pulmones.

Miré al bebé.

Apenas tenía dos días de vida.

Y ya era el centro de una guerra por miles de millones.

Alejandro continuó.

—Hace dos meses alguien intentó acceder ilegalmente a documentos internos relacionados con ese fideicomiso.

—Nuestra auditoría detectó que la persona utilizó una cuenta temporal creada para una consultora externa.

Pensé inmediatamente en Sofía.

Él también.

—Su hermana trabajó seis meses como consultora para una empresa que colaboraba con nosotros.

Todo comenzaba a encajar.

Sofía no había quedado embarazada por casualidad.

Había descubierto la existencia del fideicomiso.

Y había planeado utilizar al bebé.

—¿Entonces por qué huyó?

Alejandro respiró hondo.

—Porque hace tres semanas descubrimos el acceso ilegal.

—La investigación interna iba a comenzar.

—Ella desapareció antes de que pudiéramos interrogarla.

Miré nuevamente el teléfono secreto de Sofía.

Todavía lo llevaba en mi mochila.

—Hay más mensajes.

Se lo entregué.

Los especialistas informáticos comenzaron a revisarlo inmediatamente.

Quince minutos después apareció una conversación eliminada.

Sofía escribía a una persona llamada únicamente “M”.

“Cuando Andrea aparezca como madre, nadie buscará al verdadero padre.”

Otro mensaje.

“Ella siempre hace lo que mamá le pide.”

Y el último.

“Si todo sale bien, cuando vuelva de Suiza ya tendré asegurado el dinero.”

Las manos comenzaron a temblarme.

Nunca pensaron en proteger al bebé.

Ni siquiera en protegerme.

Solo necesitaban a alguien que cargara con todas las consecuencias mientras Sofía desaparecía.

En ese momento llamaron a la puerta.

Entró el jefe de seguridad.

—Señor Villarreal.

—La policía está abajo.

—Traen una orden para localizar a la señorita Andrea.

Alejandro asintió con tranquilidad.

—Hágalos pasar.

Cinco minutos después dos agentes entraron en la oficina.

Mi madre los acompañaba.

Al verme, comenzó a llorar.

—¡Gracias a Dios! ¡Mi hija apareció!

Intentó abrazarme.

Retrocedí.

—No me toque.

Se volvió hacia los agentes.

—Mi hija está pasando por un momento difícil. Se llevó al bebé sin permiso.

Uno de los policías se acercó.

—Señorita Andrea, necesitamos que nos acompañe.

Antes de que pudiera responder, el abogado de Alejandro colocó una carpeta sobre la mesa.

—Aquí está el mensaje donde la señora amenaza con denunciar un secuestro si Andrea no acepta hacerse pasar por la madre.

Después entregó el celular de Sofía.

—Y aquí están las conversaciones donde planifican exactamente esa estrategia.

El silencio fue absoluto.

Mi madre dejó de llorar.

Por primera vez comprendió que ya no controlaba la historia.

Y aquella fue solo la primera mentira que estaba a punto de derrumbarse.

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