Parte 2: La Verdadera Dueña

Cuando crucé la puerta de la sala de reuniones, nadie intentó detenerme.

Solo escuché la voz de Sebastian detrás de mí.

—¡Amanda, volverás cuando se te pase el berrinche!

No respondí.

El ascensor se cerró lentamente.

Mientras descendía, abrí el chat de mi abogado.

Solo escribí cuatro palabras:

—Empiecen inmediatamente.

Cinco minutos después, el consejo de administración recibió tres documentos.

Solicitud oficial de divorcio.

Notificación de suspensión de todos los contratos firmados por el Grupo Hartwell con Foster Group.

Y una convocatoria urgente para una reunión extraordinaria de accionistas.

A las nueve de la mañana siguiente, Sebastian llegó a la oficina con la misma arrogancia de siempre.

Pero algo era diferente.

Su tarjeta de acceso dejó de funcionar.

—Debe haber un error.

La recepcionista bajó la vista.

—Lo siento, señor Foster. Es una orden del consejo.

Él frunció el ceño.

—¿Quién dio esa orden?

En ese momento apareció el director jurídico.

—La vicepresidencia ejecutiva ha quedado suspendida hasta nueva evaluación.

—¿Qué?

—Anoche la señora Amanda Hartwell retiró el respaldo financiero de su familia.

Sebastian soltó una carcajada.

—¿Creen que una simple mujer puede hacer caer esta empresa?

El abogado abrió una carpeta.

—La señora Hartwell posee el cuarenta y dos por ciento de las acciones con derecho a voto.

—Eso es imposible.

—Además, las principales patentes tecnológicas están registradas a nombre de Hartwell Innovation y solo fueron cedidas mediante licencia mientras existiera el matrimonio.

El rostro de Sebastian perdió el color.

—¿Qué significa eso?

—Que desde hoy la licencia queda revocada.

El silencio fue absoluto.

Los directivos comenzaron a murmurar.

Uno tras otro comprendieron la verdad.

Sebastian nunca había construido el imperio que presumía.

Simplemente había administrado el respaldo de su esposa.

En ese instante apareció Lily.

Todavía llevaba una caja de desayuno.

—Señor Foster…

Él la miró desesperado.

—Explícales que Amanda solo está celosa.

Nadie respondió.

Porque los documentos hablaban por sí solos.

Dos horas más tarde, las acciones de Foster Group comenzaron a desplomarse.

Tres socios cancelaron inversiones.

Dos bancos suspendieron líneas de crédito.

Y el consejo votó destituir a Sebastian como vicepresidente mientras se investigaban posibles irregularidades administrativas.

Esa misma tarde, él apareció en la oficina privada de Amanda.

Entró sin pedir permiso.

Por primera vez en años, no llevaba aquella expresión de superioridad.

—Amanda… podemos hablar.

Ella continuó firmando documentos.

—Habla.

—Reconozco que exageré.

Ella levantó la vista.

—¿Exageraste?

Él respiró hondo.

—Lo de ayer… fue un malentendido.

Amanda sonrió con tranquilidad.

—No. Fue una revelación.

Sebastian dio un paso adelante.

—Podemos empezar de nuevo.

Amanda abrió un cajón.

Sacó la toallita húmeda que él había utilizado para limpiarse el beso.

La había recogido antes de marcharse.

La dejó sobre el escritorio.

—¿La recuerdas?

Sebastian bajó lentamente la cabeza.

Ella habló con una calma que dolía más que cualquier grito.

—Ese trozo de papel me enseñó cuánto valía para ti.

Después deslizó los documentos del divorcio hacia él.

—Firma.

—Amanda…

—No firmes por amor.

Hizo una pausa.

—Firma porque esta vez no pienso volver.

En ese momento alguien llamó a la puerta.

Era Lily.

Entró llorando.

—Señor Foster… Recursos Humanos acaba de despedirme.

Amanda arqueó una ceja.

—¿Por qué me miras a mí?

Lily tartamudeó.

—Yo…

El director jurídico respondió por ella.

—Las cámaras demostraron que la señorita Carter provocó deliberadamente la escena para perjudicar la reputación de la accionista mayoritaria.

También descubrieron decenas de mensajes donde presumía que pronto sería “la nueva señora Foster”.

Sebastian giró lentamente hacia Lily.

—¿Es cierto?

Ella rompió a llorar.

—Yo… pensé que de verdad se divorciarían…

Sebastian retrocedió como si acabara de despertar de un sueño.

Había perdido a la mujer que lo amó durante años…

…por alguien que solo amaba su cargo.

Una semana después, Amanda asistió sola a la audiencia de divorcio.

Firmó sin una sola lágrima.

Al salir del juzgado, se quitó definitivamente el apellido Foster.

Respiró profundamente.

Por primera vez en mucho tiempo, sintió que el aire era ligero.

Entendió que el mayor fracaso no había sido casarse con el hombre equivocado.

Había sido quedarse demasiado tiempo intentando convencerlo de que la respetara.

Porque el amor puede reconstruirse.

La confianza también.

Pero cuando alguien limpia un beso como si fuera suciedad…

…ya no está rechazando un gesto.

Está rechazando a la persona que lo ofrece.

Y ninguna mujer debería rogar por un lugar en el corazón de quien ya decidió expulsarla.

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