PARTE 2: La Caja Fuerte

Valeria no tuvo tiempo de volver a cerrar la caja fuerte.

El ruido de la llave girando en la cerradura principal resonó por toda la casa.

Apagó inmediatamente la lámpara.

Solo quedó la tenue luz que entraba desde la calle.

Guardó el sobre dentro de su bolso, cerró la caja fuerte sin hacer ruido y volvió a colocar el retrato exactamente en su lugar.

Los pasos se acercaban.

Lentos.

Pesados.

Se escondió detrás de la puerta del comedor.

La puerta principal se abrió.

—¿Valeria?

Era Ernesto.

Entró solo.

Llevaba el saco sobre el hombro y el teléfono pegado a la oreja.

—Sí, sí… mañana mismo firmamos con el corredor. Esa casa debe venderse antes de que alguien empiece a hacer preguntas.

Valeria contuvo la respiración.

Ernesto caminó directamente hacia la sala.

Miró alrededor unos segundos.

Después se acercó al retrato.

Le pasó la mano por el marco.

—Todavía está aquí…

Murmuró para sí mismo.

Sacó una linterna del bolsillo.

Iluminó exactamente el lugar donde estaba escondida la caja fuerte.

Valeria sintió un escalofrío.

Él sabía que existía.

Pero, tras unos segundos, soltó un suspiro.

—Imposible.

La vieja nunca se atrevió.

Se dio media vuelta y salió nuevamente de la casa.

Cuando el automóvil arrancó, Valeria esperó otros cinco minutos antes de volver a respirar con normalidad.

Regresó a la caja fuerte.

Esta vez examinó todo con calma.

Las tres memorias USB estaban etiquetadas únicamente con fechas.

Encendió la vieja computadora portátil de su abuela.

La primera memoria contenía únicamente estados de cuenta.

Transferencias.

Hipotecas.

Contratos.

Todo parecía normal.

La segunda cambió por completo el panorama.

Había grabaciones de audio.

La primera comenzó con la voz inconfundible de doña Amalia.

—Hoy es doce de agosto.

Si alguien escucha esto, significa que ya no estoy viva.

Luego apareció otra voz.

La de Ernesto.

—Firma de una vez.

—No.

—Solo es una autorización bancaria.

—Estás mintiendo.

Se escuchó un golpe.

Después, un largo silencio.

Valeria sintió que las manos comenzaban a temblarle.

Abrió otro archivo.

Esta vez era un video grabado por una cámara oculta instalada en la biblioteca.

La fecha coincidía exactamente con una de las visitas de Ernesto.

Su padre colocaba varios documentos delante de la anciana.

Ella intentaba leer.

Él giraba discretamente las hojas para impedirlo.

Cuando doña Amalia se negaba a firmar, Ernesto le quitaba los lentes.

—Sin ellos tampoco podrás leer.

El video terminaba ahí.

Valeria cerró los ojos unos segundos.

Siempre sospechó que su padre era ambicioso.

Nunca imaginó aquello.

Entonces abrió el sobre que todavía no había terminado de leer.

Dentro había otra carta.

La letra de su abuela era firme.

“Valeria, si encontraste esto, significa que Ernesto intentó vender la casa antes de tiempo.”

“No lo permitas.”

“Las escrituras que leyó el notario son falsas.”

Sintió que el corazón se detenía.

Siguió leyendo.

“Hace ocho meses descubrí que alguien sustituyó mi verdadero testamento.”

“El licenciado Lozano jamás vio el original.”

“Porque quien lo robó trabajaba dentro de su despacho.”

Valeria levantó lentamente la vista.

Eso significaba que el fraude no había comenzado con su familia.

Había alguien más.

Alguien con acceso directo al proceso sucesorio.

En ese instante sonó su teléfono.

Era un número desconocido.

Contestó.

Del otro lado habló una voz masculina.

—¿Señorita Valeria Salgado?

—Sí.

—No tengo mucho tiempo.

Si encontró la caja fuerte…

No confíe en el licenciado Rafael Lozano.

Él fue quien cambió el testamento.

La llamada se cortó.

Antes de que pudiera reaccionar, escuchó nuevamente el sonido de una llave entrando en la cerradura.

Pero esta vez no era Ernesto quien regresaba.

Porque la persona que abrió la puerta tenía una copia de las llaves que solo el notario debía conservar.

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