PARTE 2: FIRMÉ EL DIVORCIO A LAS TRES DE LA MADRUGADA

No aparté la mirada de Clara.

Ella seguía sonriendo.

—Estuvo conmigo —repitió en voz baja.

Esperó mi reacción.

Lágrimas.

Celos.

Una discusión delante de todos.

No obtuvo nada.

Retiré lentamente mi brazo de su mano.

—Gracias por decírmelo.

Su sonrisa vaciló apenas un instante.

No esperaba aquella respuesta.

Nathan giró la cabeza hacia nosotras.

—¿Qué ocurre?

Clara volvió inmediatamente a su expresión inocente.

—Nada. Solo estaba conociendo a tu esposa.

Durante toda la comida apenas probé un bocado.

Los soldados hablaban.

Reían.

Brindaban porque Clara permanecería en la unidad.

Nathan contestaba de vez en cuando, pero varias veces descubrí que me observaba de reojo.

Quizá notó mi silencio.

Quizá solo le incomodaba que no sonriera.

Cuando terminó el almuerzo, me levanté.

—Regreso a casa.

Nathan también se puso de pie.

—Voy contigo.

Clara dejó caer los palillos.

—Nathan, ¿podrías acompañarme primero a recoger unas cajas al almacén? Son muy pesadas.

Él dudó.

Solo fueron unos segundos.

Pero bastaron.

—Emily, espérame una hora.

Asentí.

—No hace falta.

Salí sola.

Mientras caminaba de regreso al apartamento militar, saqué los documentos del divorcio y los dejé sobre la mesa del salón.

Después preparé una pequeña maleta.

No había muchas cosas que llevar.

Nuestro matrimonio solo había durado un día.

Ni siquiera habíamos construido recuerdos suficientes para llenar una habitación.

A las cinco de la tarde sonó el teléfono.

Era el hospital militar.

La doctora Wang, quien llevaba años tratando mi enfermedad cardíaca.

—Emily, apareció una plaza para el programa médico en Suiza.

Me quedé inmóvil.

Aquella oportunidad llevaba casi dos años bloqueada por falta de financiación.

—¿Cuándo debo responder?

—Antes de medianoche.

Miré el anillo que todavía llevaba en la mano.

—Acepto.

La doctora guardó silencio unos segundos.

—¿Y tu matrimonio?

Miré los papeles sobre la mesa.

—Ya terminó.


Nathan regresó cerca de las ocho.

Traía una caja de pasteles.

—Recordé que te gustan.

Entró sonriendo.

Después vio la maleta.

Y los documentos.

Su expresión cambió por completo.

—¿Qué es esto?

Empujé el acuerdo hacia él.

—El divorcio.

Él creyó que estaba bromeando.

Incluso dejó escapar una pequeña risa.

—Emily, no tiene gracia.

—No estoy haciendo una broma.

Abrió la primera página.

Su rostro perdió lentamente el color.

—¿Fuiste a ver a un abogado?

—Sí.

—¿Por qué?

Lo miré directamente.

—Porque no pienso compartir a mi marido con otra mujer desde el primer día de matrimonio.

Nathan cerró la carpeta con fuerza.

—No ocurrió nada entre Clara y yo.

—No necesito saber si ocurrió algo.

—Entonces ¿por qué…?

—Porque tu corazón estaba con ella.

El salón quedó completamente en silencio.

Nathan respiró hondo.

—La misión de anoche era importante.

—¿La misión consistía en impedir que Clara se marchara?

Él no respondió.

Ya tenía mi respuesta.

—Emily…

—¿Sabes qué fue lo más doloroso?

Negué lentamente con la cabeza.

—No que pasaras la noche con ella.

—Lo más doloroso fue verte sonreír esta mañana.

—Nunca me miraste así.

Nathan abrió la boca.

Pero ninguna explicación salió de ella.

Porque no existía.

Saqué el anillo de mi dedo y lo coloqué sobre la mesa.

—Firma.

—No.

—Nathan.

—No voy a divorciarme.

—¿Por qué?

Levantó la vista.

Por primera vez desde que lo conocía, parecía realmente asustado.

—Porque eres mi esposa.

No pude evitar sonreír con tristeza.

—Eso debiste recordarlo anoche.

En ese momento llamaron a la puerta.

Era Oliver.

Entró sin darse cuenta de la tensión.

—Capitán, Clara sufrió un mareo. Está preguntando por usted.

Nathan permaneció inmóvil.

Todos esperamos.

Oliver volvió a insistir.

—Capitán…

Nathan bajó lentamente la mirada hacia los papeles del divorcio.

Después hacia el anillo.

Y finalmente hacia mí.

Durante un largo instante nadie habló.

Entonces tomó la pluma.

Yo pensé que iba a firmar.

Pero rompió el acuerdo en dos.

—No pienso divorciarme.

Oliver quedó completamente confundido.

—¿Qué… qué ocurre aquí?

Lo miré con calma.

—Nada importante.

Saqué otra carpeta de mi bolso.

Había preparado tres copias.

Coloqué una nueva delante de Nathan.

—Puedes romper todos los que quieras.

Siempre habrá otro.

Él me observó como si acabara de descubrir que la mujer tranquila con la que se había casado podía marcharse de verdad.

En ese instante sonó nuevamente mi teléfono.

Era la doctora Wang.

Contesté delante de ambos.

—Profesora Emily Bennett, la Universidad de Zúrich confirmó oficialmente su incorporación al proyecto internacional. El vuelo sale mañana a las nueve de la mañana.

Nathan levantó bruscamente la cabeza.

—¿Te vas?

—Sí.

—¿Mañana?

—Sí.

—¿Durante cuánto tiempo?

Miré por última vez nuestro apartamento.

Las flores de la boda seguían frescas.

El vestido blanco continuaba colgado detrás de la puerta.

Y, aun así, aquel lugar nunca llegó a convertirse en un hogar.

—Probablemente para siempre.

Nathan dio un paso hacia mí.

Pero ya era demasiado tarde.

La mujer que había esperado toda una noche vestida de novia había desaparecido.

Y el hombre que por fin comprendía lo que estaba perdiendo acababa de descubrir que, esta vez, ya no podía alcanzarla.

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