PARTE 2: EL PRECIO DE LA MUERTE

Ethan sonrió como si acabara de escuchar una petición absurda.

Apoyó el encendedor sobre la mesa de noche.

—¿Para qué quieres ver un cadáver?

Valeria sintió que el pecho le ardía.

—Es mi hermano.

Él soltó una risa corta.

—Era.

La habitación quedó en silencio.

—Lucas ya no puede hacerte compañía.

Así que deja de perder el tiempo.

Valeria cerró lentamente los ojos.

Aquella voz.

Aquella indiferencia.

Durante años había confundido esa frialdad con la personalidad de un hombre ocupado.

Ahora comprendía que simplemente era crueldad.

Abrió nuevamente los ojos.

—Quiero saber cómo murió.

Ethan se encogió de hombros.

—Los presos se pelean.

Se enferman.

Se suicidan.

¿Importa realmente?

Valeria lo observó fijamente.

—Sí.

Él tomó su abrigo.

—Olvida a los muertos.

Dentro de un mes me divorciaré de Natalie.

Entonces podremos casarnos como siempre estuvo previsto.

Aquellas palabras la hicieron sonreír.

No de felicidad.

De incredulidad.

Todavía creía que existía un “nosotros”.

Ethan caminó hacia la puerta.

Antes de salir, habló sin siquiera mirarla.

—No vuelvas a mencionar a Lucas delante de mí.

Nunca soporté a ese delincuente.

Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a llenar la habitación.

Cinco minutos después entró una enfermera.

—Señora Blackwood.

Valeria levantó la cabeza.

Todavía le sorprendía escuchar aquel apellido.

La mujer sonrió con respeto.

—Su esposo llamó hace unos minutos.

Preguntó cómo seguía.

Y pidió que le avisáramos apenas despertara.

Valeria tomó el teléfono que la enfermera le entregaba.

Solo había un mensaje.

“Esperaré hasta que decidas llorar sobre mi hombro y no sobre tus recuerdos.”

No decía “sé fuerte”.

No decía “todo estará bien”.

Solo le recordaba que ya no estaba sola.

Respiró profundamente.

Después marcó un número.

No pasaron ni diez segundos antes de escuchar aquella voz grave.

—¿Valeria?

Durante unos segundos no pudo hablar.

Adrian guardó silencio.

Esperó.

Como siempre hacía.

—Lucas murió.

Al otro lado de la línea no hubo preguntas.

Solo una respiración profunda.

—¿Dónde estás?

—Hospital Central.

—Voy hacia allá.

Colgó.

Exactamente treinta y cinco minutos después, tres camionetas negras se detuvieron frente al hospital.

Varios hombres descendieron primero.

Revisaron entradas.

Pasillos.

Ascensores.

Solo entonces apareció Adrian.

Vestía uniforme militar.

No llevaba insignias llamativas.

No las necesitaba.

Todo el personal del hospital comenzó a apartarse automáticamente a su paso.

Entró en la habitación.

No dijo una sola palabra.

Simplemente abrió los brazos.

Valeria caminó hasta él.

Y por primera vez desde la muerte de sus padres…

Lloró.

No fueron lágrimas discretas.

Fue un dolor contenido durante años.

Adrian no intentó callarla.

No le pidió que fuera fuerte.

Solo permaneció allí mientras ella descargaba todo el peso que llevaba sobre los hombros.

Cuando finalmente pudo respirar otra vez, levantó la vista.

—Llegué tarde para salvarlo.

Adrian negó lentamente.

—No.

Sacó una carpeta negra.

La dejó sobre la cama.

—Llegamos a tiempo para descubrir la verdad.

Valeria abrió el expediente.

La primera hoja era el certificado de defunción de Lucas.

Frunció el ceño.

—Dice paro cardíaco.

Adrian pasó otra página.

—Ahora mira esto.

Era el informe preliminar del médico forense independiente.

Las pupilas de Valeria comenzaron a dilatarse.

—¿Esto qué significa?

Adrian respondió con calma.

—Que Lucas no murió por causas naturales.

Ella sintió que el aire desaparecía.

—¿Qué…?

Él señaló una fotografía.

Había marcas oscuras alrededor de ambas muñecas.

Las mismas que no aparecían en el informe oficial de la prisión.

—Fue inmovilizado antes de morir.

Valeria llevó una mano a la boca.

Adrian continuó.

—Y hay otra irregularidad.

Sacó una última fotografía.

Era una cámara de seguridad.

Mostraba el pasillo de la prisión durante la madrugada.

La celda de Lucas.

Un hombre entrando.

Otro saliendo veinte minutos después.

Valeria acercó la imagen a sus ojos.

Aunque el rostro estaba parcialmente cubierto…

Reconoció perfectamente aquel reloj de oro.

Lo había regalado ella misma años atrás.

Era el reloj favorito de Ethan Whitmore.

Las manos comenzaron a temblarle.

—No…

Adrian apoyó suavemente una mano sobre la suya.

—Aún no podemos afirmar que él estuviera allí.

Pero alguien utilizó exactamente el mismo modelo de edición limitada.

Valeria cerró lentamente la carpeta.

Las lágrimas desaparecieron.

En su lugar apareció algo mucho más peligroso.

Una calma absoluta.

En ese mismo instante, uno de los hombres de Adrian llamó a la puerta.

—Señor.

Adrian levantó la vista.

—¿Sí?

—Acabamos de recibir una llamada desde la prisión.

El agente tragó saliva.

—El director quiere hablar urgentemente con la señora Blackwood.

—¿Por qué?

El hombre respiró hondo.

—Porque hace diez minutos apareció un interno que asegura haber visto quién entró realmente en la celda de Lucas esa noche.

Y dice que está dispuesto a declarar…

Solo si Valeria promete mantenerlo con vida antes de que alguien vuelva a intentar silenciarlo.

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