Don Ernesto no esperó a que Alejandro lo invitara a pasar.
Entró con la tranquilidad de quien conocía aquella casa incluso antes de que existiera.
Su traje gris impecable contrastaba con el silencio que acababa de instalarse en la entrada.
Dos asistentes permanecían junto a la camioneta negra.
Uno de ellos llevaba un portafolio de cuero.
El otro sostenía una carpeta gruesa con sellos notariales.
Alejandro recuperó la voz.
—Don Ernesto… qué sorpresa. Si nos hubiera avisado…
Ernesto ni siquiera lo miró.
Sus ojos se detuvieron en mí.
Observó mis dos maletas, el cuarto de servicio abierto y luego mi rostro.
Su expresión cambió.
—Llegué demasiado tarde.
Negué suavemente con la cabeza.
—Todavía llegó a tiempo.
Marcela sonrió con una cortesía forzada.
—Creo que hay un malentendido. Solo estábamos buscando una residencia donde doña Elena estuviera mejor atendida.
Ernesto giró lentamente hacia ella.
—¿Residencia?
—Sí. Es por su bienestar.
El anciano soltó una risa breve.
No era una risa amable.
Era la risa de alguien que acababa de confirmar una sospecha.
—Curioso.
Sacó un sobre del portafolio.
—Porque hace apenas tres meses ustedes presentaron ante el consejo de administración un informe donde afirmaban que la señora Elena Ramírez seguía participando activamente como asesora estratégica de la empresa.
Alejandro palideció.
—Bueno… eso fue una formalidad.
—¿Una formalidad?
Ernesto abrió la carpeta.
—También fue una formalidad seguir utilizando su nombre para respaldar créditos bancarios.
Marcela dejó de sonreír.
Yo fruncí el ceño.
—¿Mi nombre?
Ernesto me miró con tristeza.
—Elena… hay muchas cosas que necesitas saber.
Alejandro dio un paso adelante.
—Podemos hablar esto en privado.
—No.
La voz de Ernesto fue firme.
—Ya hubo demasiados secretos.
Sacó varios documentos.
Los colocó sobre la mesa del comedor.
—Hace seis años, cuando Julián sintió que su enfermedad avanzaba, modificó el pacto de socios.
Sentí un vuelco en el pecho.
—Él nunca me habló de eso.
—Porque quería sorprenderte cuando decidieras retirarte.
Ernesto señaló la primera hoja.
—Julián dejó establecido que tú conservarías el cuarenta y nueve por ciento de Textiles Ramírez Beltrán.
Miré incrédula el documento.
—Pero Alejandro siempre dijo que solo invertí cuatro millones…
—Mentía.
El silencio fue absoluto.
Ernesto continuó.
—Tus cuatro millones nunca fueron una inversión nueva.
Eran la cantidad que Alejandro te pidió después de convencerte de vender tu casa.
Pero tu participación en la empresa existía desde mucho antes.
Desde el día en que Julián constituyó la sociedad.
Mis piernas comenzaron a temblar.
—Entonces…
—Entonces nunca fuiste una invitada en esa empresa.
Fuiste su principal accionista junto conmigo.
Volví la vista hacia Alejandro.
Su rostro había perdido todo color.
—¿Lo sabías?
No respondió.
—¡Te hice una pregunta!
Marcela intentó intervenir.
—Doña Elena, las cosas son más complejas…
—¡Cállate!
Fue la primera vez en años que levanté la voz.
Los nietos aparecieron en la escalera, asustados.
Mateo me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Abuelita… te vas?
Lo abracé con fuerza.
—Sí, mi amor.
—¿Porque papá ya no te quiere?
Nadie respondió.
La pregunta quedó suspendida en el aire.
Ernesto respiró hondo.
—Hay otra razón por la que vine personalmente.
Todos lo miramos.
—Esta mañana, antes de salir hacia aquí, convoqué una reunión extraordinaria del consejo.
Alejandro abrió mucho los ojos.
—¿Qué hizo?
Ernesto sostuvo su mirada.
—Suspendí temporalmente todas tus facultades como director general.
El rostro de mi hijo se descompuso.
—¡No puede hacer eso!

—Sí puedo.
Hizo una breve pausa.
—Y cuando la auditoría termine, descubrirás que perder el cargo será el menor de tus problemas.