PARTE 2: EL ACUERDO OLVIDADO

Durante casi un minuto fui incapaz de pronunciar una sola palabra.

El nombre de Alexander Sterling seguía resonando en mi cabeza.

El hombre más poderoso de la industria joyera.

El empresario que aparecía en todas las revistas financieras.

El heredero que jamás concedía entrevistas personales.

Y, según el abogado sentado frente a mí…

mi prometido.

Thomas Bennett deslizó otra carpeta sobre la mesa.

—Aquí está el acuerdo original.

Abrí el documento con cuidado.

El papel tenía más de veinte años.

Las firmas pertenecían a dos hombres que ya habían muerto.

Mi abuelo, William Rivers.

Y el fundador de Sterling Gems, Edward Sterling.

En la última página había una cláusula escrita a mano.

“Si la heredera de la familia Rivers apareciera con vida antes de cumplir treinta años, el compromiso recuperaría automáticamente su validez.”

Tragué saliva.

—¿Y si me niego?

Thomas sonrió con serenidad.

—Nadie puede obligarla a casarse.

Respiré aliviada.

—Pero…

Levantó un dedo.

—El señor Alexander Sterling solicitó hace tres meses que, si usted era encontrada, la primera reunión dependiera exclusivamente de su decisión.

Fruncí el ceño.

—¿Él sabía que seguían buscándome?

—Nunca dejó de financiar la investigación.

Aquella respuesta me dejó inmóvil.

Un hombre que jamás había visto llevaba años pagando para encontrarme.

Antes de que pudiera hacer otra pregunta, mi celular comenzó a vibrar otra vez.

Adrian.

Llamada número treinta y ocho.

La rechacé.

Cinco segundos después llegó otro mensaje.

“Maya, basta. El cliente de hoy es importante.”

Luego otro.

“Vanessa no significa nada.”

Y otro más.

“Si vuelves ahora, olvidaré todo este drama.”

No pude evitar sonreír.

Thomas observó la pantalla.

—¿Problemas personales?

Negué despacio.

—Problemas que acaban de dejar de ser importantes.

En ese momento sonó el timbre.

Pensé que sería algún empleado del edificio.

Pero cuando abrí la puerta encontré a un repartidor sosteniendo un enorme ramo de rosas blancas.

—¿Señorita Maya Rivers?

Asentí.

Él me entregó las flores.

En medio había una pequeña tarjeta.

“Veinte mil dólares más al mes. No seas infantil.”

No decía “te extraño”.

No decía “perdón”.

Solo una cifra.

Exactamente igual que durante los últimos tres años.

Respiré hondo.

Tomé la tarjeta.

La rompí delante del repartidor.

—Puede llevarse las flores.

Él pareció sorprendido.

—¿Está segura?

—Completamente.

Cuando cerré la puerta, Thomas ya había guardado todos los documentos.

—El automóvil está listo.

—¿Automóvil?

—El señor Sterling pidió que, si usted aceptaba conocer la historia completa de su familia, fuera trasladada a la residencia Rivers.

Lo miré confundida.

—¿Todavía existe?

—Nunca fue vendida.

Solo permaneció cerrada esperando a su propietaria.

Una hora después, el vehículo atravesó un enorme portón de hierro forjado.

Al fondo apareció una mansión de piedra blanca rodeada por jardines interminables.

Sentí un nudo en la garganta.

Era extraño.

Nunca había estado allí.

Y, sin embargo…

Todo me resultaba familiar.

Una mujer de cabello gris abrió lentamente la puerta principal.

Al verme, comenzó a llorar.

—Señorita Maya…

Su voz temblaba.

—Llevo veintitrés años esperando este momento.

Antes de que pudiera responder, escuché otro automóvil detenerse detrás de nosotros.

Thomas miró discretamente por la ventana.

Su expresión cambió.

—No esperaba que llegara tan pronto.

Me giré.

Un Rolls-Royce negro acababa de detenerse frente a la escalinata.

Un hombre alto descendió del asiento trasero.

Traje oscuro.

Mirada fría.

Pasos tranquilos.

No necesitaba presentación.

Toda la industria conocía ese rostro.

Alexander Sterling.

Levantó los ojos y nuestras miradas se encontraron por primera vez.

No sonrió.

No hizo ningún gesto teatral.

Solo caminó hasta detenerse frente a mí.

Sacó del bolsillo interior de su saco una pequeña caja de terciopelo azul.

La abrió lentamente.

Dentro había un anillo antiguo con el escudo de la familia Rivers.

Después pronunció una frase que me dejó completamente inmóvil.

—Bienvenida a casa, Maya.

Hizo una breve pausa sin apartar la vista de mis ojos.

—He tardado veintitrés años en encontrarte.

Pero justo antes de que pudiera responderle, el teléfono de Thomas comenzó a sonar con insistencia.

Contestó.

Escuchó apenas unos segundos.

Su rostro perdió todo el color.

—¿Qué ocurrió?

Del otro lado respondieron algo que hizo que incluso Alexander frunciera el ceño.

Thomas bajó lentamente el teléfono.

Miró primero a Alexander.

Luego a mí.

—Señor…

Su voz apenas salió.

—El señor Adrian Hale acaba de convocar una rueda de prensa.

Hizo una pausa.

—Está anunciando públicamente que la señorita Maya Rivers es su prometida… y asegura que alguien intenta estafarla para quitarle su herencia.

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