El avión ya había atravesado las nubes cuando Nathaniel volvió a tomar el expediente número treinta y uno.
No fue por intuición.
Fue porque su asistente llamó a la puerta.
—Señor Cross, hay una página sin clasificar entre los contratos de la fusión.
Él extendió la mano sin levantar la vista.
—Déjela ahí.
La mujer colocó el documento sobre el escritorio.
Antes de salir, dudó unos segundos.
—¿Está seguro de que quiere firmar un divorcio sin revisarlo?
Nathaniel levantó la cabeza por primera vez en toda la noche.
—¿Qué dijo?
Tomó la hoja.
Reconoció inmediatamente su firma roja al pie del documento.
Después leyó las primeras líneas.
Su expresión cambió apenas una fracción.
Era tan poco que cualquiera habría pensado que seguía indiferente.
Pero los dedos con los que sostenía el papel comenzaron a tensarse.
Volvió a leer el nombre.
Elena Bennett.
Su esposa.
El divorcio.
Levantó la vista hacia la puerta.
—¿Cuándo llegó esto aquí?
—No lo sé, señor. Estaba mezclado con los expedientes.
Nathaniel permaneció inmóvil.
Luego descubrió una pequeña marca blanquecina junto a la esquina inferior.
Una huella diminuta.
Como si unos dedos manchados de leche hubieran tocado el papel.
Algo se estremeció en su memoria.
Aquella mañana había visto un biberón sobre la mesa del dormitorio.
No preguntó de quién era.
Jamás preguntaba nada relacionado con la casa.
Se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
Subió las escaleras de dos en dos.
Empujó la puerta del dormitorio principal.
Silencio.
Las cunas estaban vacías.
Los cajones abiertos.
El armario de Elena tenía las puertas entreabiertas.
No quedaba un solo vestido.
Solo permanecía colgado su viejo abrigo gris.
Nathaniel respiró con fuerza.
—¿Elena?
Nadie respondió.
Entró al cuarto de los niños.
Las mantas seguían dobladas.
Los juguetes estaban alineados exactamente igual que por la mañana.
Pero faltaban los dos osos de peluche con los que dormían los gemelos.
Entonces comprendió que aquello no era un impulso.
Era una despedida cuidadosamente preparada.
Presionó el botón del intercomunicador.
—¿Dónde está la señora Bennett?
La voz del jefe de seguridad respondió confundida.
—Pensamos que seguía en la residencia, señor.
—Revisen todas las cámaras.
—Ahora mismo.
Cinco minutos después, los responsables de seguridad comenzaron a correr por toda la mansión.
Uno revisaba las salidas.
Otro llamaba a los conductores.
Un tercero verificaba el sistema de vigilancia.
Nathaniel permanecía inmóvil en el dormitorio.
Por primera vez observó el lugar con atención.
Había fotografías.
Él no aparecía en ninguna.
Solo Elena abrazando a Noah.
Elena sosteniendo a Lucas.
Elena sonriendo mientras los dos bebés aprendían a caminar.
Tomó una de las fotografías.
En el reverso había una fecha.
Él ni siquiera recordaba dónde estaba ese día.
La puerta volvió a abrirse.
—Señor…
Era el jefe de seguridad.
Su rostro estaba completamente pálido.
—Las cámaras del callejón muestran actividad normal.
Nathaniel lo miró fijamente.
—¿Entonces?
—Nuestros especialistas detectaron que las grabaciones fueron reemplazadas hace varios días.
El silencio se volvió insoportable.
—¿Qué más?
El hombre tragó saliva.
—No encontramos a la señora Bennett.
—¿Y los niños?
—Tampoco.
Nathaniel cerró lentamente los ojos.
Durante tres años había dirigido empresas valoradas en miles de millones.
Había anticipado ataques financieros.
Había vencido adquisiciones hostiles.
Jamás imaginó que la única persona que nunca analizaba con atención planearía una salida perfecta delante de sus propios ojos.
En ese instante sonó otro teléfono.
Era el director del aeropuerto privado perteneciente al Grupo Bennett.
Nathaniel contestó de inmediato.
—Habla.
Al otro lado hubo un breve silencio.
Después una voz serena pronunció una frase que le heló la sangre.
—Señor Cross, lamento informarle que llegó demasiado tarde para detener el vuelo.
Nathaniel sintió que el corazón le golpeaba el pecho.
—¿Qué vuelo?
—El avión privado que despegó hace exactamente una hora con destino a Silver Bay.
Su mano comenzó a temblar.
—¿Quién autorizó esa salida?
La respuesta llegó sin una sola vacilación.
—La heredera legítima del Grupo Bennett.
Nathaniel frunció el ceño.
—¿De qué heredera está hablando?
El hombre guardó unos segundos de silencio.
Como si creyera imposible que él no lo supiera.
Finalmente respondió.
—De su esposa, señor.

—La señorita Elena Bennett… presidenta designada del Grupo Bennett y única heredera de una de las mayores fortunas inmobiliarias del país.
El despacho entero quedó en silencio.
Nathaniel bajó lentamente la mirada hacia el acuerdo de divorcio.
Por primera vez desde que conocía a Elena, comprendió que jamás había sabido realmente quién era la mujer con la que acababa de firmar el final de su matrimonio.