PARTE 2: EL HOMBRE QUE YA LO HABÍA PERDIDO TODO

Gabriel dejó el teléfono sobre el escritorio.

Durante varios minutos permaneció inmóvil.

Nunca antes alguien le había dicho que Emily no quería castigarlo.

Solo quería borrar su existencia.

Aquella idea le resultó mucho más insoportable que cualquier amenaza.

—¿Dónde está? —preguntó con la voz quebrada.

La abogada Caroline Trent respondió sin la menor emoción.

—Eso no forma parte de la negociación.

—Necesito verla.

—No.

—Cinco minutos.

—No.

—Un minuto.

—Tampoco.

Gabriel cerró los ojos.

—¿Qué quiere Emily?

La respuesta llegó inmediatamente.

—El divorcio.

—¿Y después?

—Olvidar que alguna vez existió un hombre llamado Gabriel Cross.

La llamada terminó.

Por primera vez en quince años, Gabriel no supo qué hacer.

Aquella misma tarde entró al dormitorio principal.

La habitación seguía impecable.

Emily siempre ordenaba todo antes de dormir.

Abrió lentamente el armario.

La mitad izquierda estaba vacía.

No quedaba un solo vestido.

Ni un abrigo.

Ni un par de zapatos.

Solo encontró una caja de cartón perfectamente cerrada.

Encima había una etiqueta escrita con la letra de Emily.

“Tus cosas.”

La abrió.

Dentro estaban todos los regalos que él le había dado durante el matrimonio.

El collar de aniversario.

Los pendientes de diamantes.

El reloj.

Incluso el primer anillo que compró cuando todavía no tenía dinero.

Debajo había otra nota.

“No quiero llevarme nada que me recuerde esta vida.”

Gabriel sintió un nudo en la garganta.

Entonces descubrió un cuaderno azul.

Lo abrió.

Era la agenda médica de su madre.

Cada página estaba escrita por Emily.

Medicamentos.

Presión arterial.

Resultados de análisis.

Horarios.

Consultas.

Llamadas con especialistas.

Había registros de casi seis años.

La última página llevaba la fecha de la muerte de su madre.

8:15 a. m.

“La saturación sigue bajando.”

9:02 a. m.

“Volví a llamar a Gabriel. No responde.”

9:17 a. m.

“Intenté localizar a Natalie Quinn. Teléfono apagado.”

9:48 a. m.

“La señora Emily Cross pregunta por su hijo.”

10:11 a. m.

“Le tomé la mano y le dije que Gabriel la quería. No sé si me creyó.”

10:26 a. m.

“La señora Emily Cross falleció.”

Las siguientes palabras estaban borrosas por las lágrimas que habían caído sobre el papel.

“Perdóneme… no pude traer a su hijo.”

Gabriel dejó escapar un sonido ahogado.

Se llevó ambas manos al rostro.

Nunca había llorado delante de nadie.

Aquella tarde lloró completamente solo.

Mientras tanto, en el edificio administrativo de Cross Global, el consejo de administración celebraba una reunión extraordinaria.

El director financiero tomó la palabra.

—Las acciones cayeron dieciséis por ciento desde que comenzaron los rumores.

Otro consejero levantó varios periódicos.

Todos llevaban el mismo titular.

CEO EN RESORT MIENTRAS SU MADRE MORÍA.

LA ESPOSA ORGANIZÓ EL FUNERAL SOLA.

¿CRISIS EN CROSS GLOBAL?

Un accionista habló con dureza.

—La reputación de la empresa está colapsando.

Otro añadió:

—Y la señorita Natalie Quinn sigue apareciendo en todas las fotografías.

En ese instante llamaron a la puerta.

Natalie entró con los ojos enrojecidos.

—Gabriel…

Él ni siquiera levantó la cabeza.

—¿Qué quieres?

—Solo vine a saber cómo estabas.

—Vete.

Ella dio un paso más.

—No puedes culparme por todo.

Gabriel levantó lentamente la vista.

Había algo completamente distinto en sus ojos.

Ya no quedaba afecto.

Solo cansancio.

—¿Recuerdas quién insistió en apagar nuestros teléfonos?

Natalie dejó de respirar.

—Fue para descansar…

—¿Y quién reservó un resort que estaba a cuatro horas del hospital donde agonizaba mi madre?

Ella abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

—¿Y quién borró tres llamadas perdidas del registro de mi celular mientras yo dormía?

Natalie retrocedió un paso.

El color desapareció de su rostro.

Gabriel comprendió algo en ese mismo instante.

Durante todo ese viaje, alguien había procurado que él no recibiera ninguna llamada.

Su teléfono vibró.

Era el jefe de seguridad informática.

—Señor Cross…

—Acabamos de recuperar las copias de seguridad de su móvil.

Gabriel sintió un escalofrío.

—¿Y?

—Hay registros de llamadas eliminadas manualmente.

—¿Cuántas?

—Doce de su esposa.

Cinco del hospital.

Tres de su padre.

Y…

El técnico hizo una pausa.

—Las eliminaciones fueron realizadas utilizando la huella digital registrada de la señorita Natalie Quinn.

Gabriel levantó lentamente la mirada.

Natalie estaba completamente inmóvil.

Por primera vez desde que la conocía, parecía realmente asustada.

Y él comprendió que el viaje de tres días no había destruido solo su matrimonio.

Alguien lo había utilizado para mantenerlo deliberadamente lejos mientras su madre moría.

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