A la mañana siguiente seguí preparando el desayuno como si nada hubiera cambiado.
Huevos.
Gachas de arroz.
Leche para los gemelos.
Café para Daniel.
Mi suegra entró a la cocina y sonrió satisfecha al verme junto a la estufa.
—Así me gusta.
—Una esposa inteligente sabe aceptar la realidad.
Le serví una taza de té.
—Tiene razón.
Ella pareció aún más complacida.
No imaginaba que cada minuto que pasaba dentro de aquella casa jugaba a mi favor.
Esa tarde, Paula llegó disfrazada de agente inmobiliaria.
Traía un portapapeles, una cinta métrica y una carpeta llena de planos.
Daniel estaba trabajando.
Laura abrió la puerta.
—¿Qué desea?
—Buenos días.
—Vengo a valorar la propiedad.
Laura frunció el ceño.
—¿Qué propiedad?
—Esta vivienda.
—El propietario solicitó una tasación hace unas semanas.
Laura sonrió con superioridad.
—Se equivocó de casa.
—Aquí vivimos nosotros.
Paula fingió revisar unos documentos.
—¿Señora Laura?
—Sí.
—Curioso.
—Porque según el Registro de la Propiedad, usted no figura como residente ni como propietaria.
Laura perdió parte de la sonrisa.
—Mi esposo llegará más tarde.
—Puede hablar con él.
Paula tomó discretamente varias fotografías del interior.
Del dormitorio principal.
De la ropa de Laura ocupando mi armario.
De la habitación infantil instalada dentro de la vivienda.
Todo quedó registrado.
Cuando Daniel regresó por la noche, encontró a Paula esperándolo en la sala.
—¿Quién es ella?
Me levanté con tranquilidad.
—Mi abogada.
El silencio cayó inmediatamente.
Mi suegra dejó caer la taza sobre el plato.
Laura abrazó instintivamente a uno de los gemelos.
Daniel intentó mantener la calma.
—¿Para qué necesitas una abogada?
Paula abrió una carpeta.
—Represento a la señora Sofía.
—A partir de hoy, cualquier asunto relacionado con este matrimonio deberá tratarse conmigo.
Daniel soltó una risa incómoda.
—No hace falta llegar tan lejos.
—Podemos hablar entre nosotros.
Paula negó con serenidad.
—No.
—Porque usted lleva más de un año utilizando dinero perteneciente al patrimonio conyugal para mantener una relación extramatrimonial.
El rostro de Daniel cambió.
—¿Qué…?
Ella colocó varios estados de cuenta sobre la mesa.
—Treinta y ocho mil yuanes en joyería.
—Ciento veinte mil en un centro posparto.
—Cuarenta y seis transferencias relacionadas con la señora Laura.
—Un total de trescientos ochenta mil yuanes.
Mi suegra comenzó a ponerse nerviosa.
—Eso…
—Eso son gastos familiares.
Paula la miró directamente.
—¿Familiares?
—La señora Laura no es la esposa legal del señor Daniel.
—Sus hijos tampoco forman parte del patrimonio matrimonial de mi clienta.
Nadie respondió.
Daniel intentó acercarse a mí.
—Sofía.
—Yo pensaba devolverte ese dinero.
Lo observé con absoluta calma.
—¿Cuándo?
No contestó.
Porque ambos sabíamos la respuesta.
Nunca.
Paula abrió otra carpeta.
—Además…
—Tenemos los comprobantes del anticipo de la vivienda.
—Seiscientos mil yuanes aportados exclusivamente por la señora Sofía.
—Doscientos ochenta mil destinados a la remodelación.
—Todos documentados.
Mi suegra empezó a perder el control.
—¡Eso fue hace años!
—¡Ya es agua pasada!
Paula sonrió.
—Legalmente no.
—Sigue siendo dinero perfectamente acreditado.
Laura habló por primera vez.
—Pero Daniel siempre dijo que esta casa era suya.
La miré.
—También me dijo que me era fiel.
—Y ya viste cuánto valía su palabra.
Laura bajó la cabeza.
Daniel respiró profundamente.
—Sofía.
—Acepto el divorcio.
—Pero no hace falta destruirnos.
Negué lentamente.
—No fui yo quien destruyó esta familia.
—Lo hiciste el día que trajiste a otra mujer a vivir a la casa que yo pagué.
Paula guardó los documentos.
—Señor Daniel.
—Tiene cuarenta y ocho horas para abandonar voluntariamente la vivienda junto con cualquier persona que no sea propietaria legal.
Mi suegra se levantó de golpe.
—¡Eso no puede hacerlo!
—¡Aquí viven mis nietos!
Paula sacó una copia del certificado registral.
La colocó delante de todos.
Solo aparecía un nombre.
Sofía Bennett.
Única propietaria.
Laura comenzó a llorar.
Daniel permanecía completamente inmóvil.

Por primera vez comprendía que durante todo aquel mes no había estado viendo a una esposa resignada.
Había estado observando a una mujer reuniendo pacientemente todas las pruebas necesarias para quedarse con la casa, recuperar su dinero y terminar un matrimonio que él creyó que podía humillar sin consecuencias.
Y aquello…
Solo era el primer juicio que estaba a punto de perder.