PARTE 2: LA LLAVE DE LORELEI

Manuel no apartó la mirada de las cicatrices.

No eran antiguas heridas de un accidente.

Eran marcas repetidas.

Calculadas.

Demasiado simétricas para ser casualidad.

Respiró despacio antes de hablar.

—¿Cuántos años llevas viviendo así?

Rosalie bajó la cabeza.

—Doce.

La respuesta cayó entre los dos como una piedra.

Doce años.

Exactamente desde la muerte de Lorelei.

Manuel tomó con cuidado una manta y la colocó sobre los hombros de su esposa.

No por pudor.

Sino porque ella seguía temblando.

—Nadie hizo nada.

Rosalie soltó una sonrisa amarga.

—Todos hicieron algo.

Él frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Los médicos firmaban informes diciendo que era por mi seguridad.

Los abogados redactaban autorizaciones.

Los empleados cerraban las puertas cuando mi padre lo ordenaba.

Respiró con dificultad.

—Nadie necesitó golpearme todos los días.

Bastó con mirar hacia otro lado.

El silencio se volvió insoportable.

Manuel se incorporó lentamente.

—Enséñame la llave.

Rosalie llevó una mano al interior del vestido.

Con cuidado descosió el pequeño bolsillo oculto que había preparado la noche anterior.

La llave cayó sobre la palma de su mano.

Era antigua.

De hierro ennegrecido.

Y tenía grabadas dos iniciales.

L.D.

—Lorelei Durham.

Manuel la observó unos segundos.

—¿Sabes qué abre?

Ella negó.

—Solo sé que mi madre la escondió antes de morir.

Sacó un sobre amarillento que también había encontrado en el costurero.

Dentro había una única frase escrita con tinta azul.

“Cuando ya no puedas confiar en nadie… abre primero la habitación, no la caja.”

Manuel leyó la nota dos veces.

—¿La habitación?

Rosalie asintió.

—Mi madre tenía un despacho privado.

Mi padre lo selló el mismo día del funeral.

Nunca permitió que nadie volviera a entrar.

En ese instante llamaron a la puerta.

Los dos quedaron inmóviles.

—Señorita Durham.

Era la voz del médico personal de Emmett.

—Su padre insiste en revisarla.

Rosalie dio un paso atrás.

Su respiración volvió a acelerarse.

Manuel tomó su mano.

—No estás sola.

Después abrió apenas la puerta.

—Mi esposa está descansando.

El médico intentó mirar por encima de su hombro.

—Necesito comprobar las heridas.

—No.

—Es una orden del señor Durham.

Manuel sonrió con una tranquilidad que desconcertó al médico.

—Desde hace cuatro horas dejó de ser la señorita Durham.

Cerró un poco más la puerta.

—Ahora es la señora Nelson.

Y las decisiones médicas sobre ella las toma ella misma.

El hombre intentó insistir.

—No entiende con quién está hablando.

—Sí.

Respondió Manuel.

—Con alguien que ya no volverá a entrar en esta habitación.

Cerró la puerta.

Giró el seguro.

Rosalie lo miró sorprendida.

—Nadie le había dicho “no” a mi padre en años.

—Entonces alguien debía empezar.

Ella permaneció en silencio.

Por primera vez desde que comenzó aquella boda, parecía respirar con menos miedo.

Manuel tomó el teléfono.

Marcó un número que llevaba semanas evitando.

—¿Samuel?

Del otro lado respondió una voz grave.

—Hace mucho que no llamabas.

—Necesito ayuda.

—¿Problemas con Durham?

Manuel cerró los ojos un instante.

—Mucho peores.

Samuel Brooks no era un abogado cualquiera.

Había sido fiscal federal durante veinte años antes de abrir uno de los despachos más respetados de Minnesota.

—¿Dónde estás?

—En Pinecrest.

—No salgas de ahí.

Su voz cambió inmediatamente.

—Voy para allá.

—Necesito abrir una habitación sellada hace doce años.

Hubo un breve silencio.

Después Samuel preguntó:

—¿Encontraste la llave de Lorelei?

Manuel miró sorprendido a Rosalie.

Ella también había escuchado.

—¿Cómo sabes que existe?

Samuel respondió sin rodeos.

—Porque Lorelei vino a verme dos semanas antes de morir.

El corazón de Rosalie dejó de latir por un instante.

—¿Qué?

Samuel respiró profundamente.

—Me entregó una copia de su testamento.

Y me dijo que, si algún día su hija aparecía con una llave de hierro marcada con las iniciales L.D….

…significaría que Emmett finalmente había perdido el control de aquello que llevaba doce años intentando ocultar.

Rosalie sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Manuel la sujetó antes de que cayera.

Samuel continuó hablando.

—Escúchame con atención.

No abras esa habitación sin mí.

Porque, si Lorelei dejó allí lo que creo que dejó…

…tu matrimonio no será el único documento que cambiará esta noche.

También cambiará el dueño de toda la fortuna Durham.

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