PARTE 2: LA PRESIDENTA

El silencio cayó sobre la entrada de la mansión.

Ni la música de la posada logró ocultar aquellas tres palabras.

—Señora presidenta.

Rodrigo soltó una carcajada.

—¿Qué clase de teatro es este?

Nadie respondió.

El hombre que acababa de llegar vestía un traje oscuro impecable. Tendría unos sesenta años y era conocido por cualquiera que hubiera asistido a una junta de Grupo Arriaga Luxe en los últimos veinte años.

Mauricio Serrano.

Presidente del consejo administrativo.

Rodrigo lo había visto decenas de veces.

Siempre desde el otro extremo de la mesa.

Siempre creyendo que aquel hombre trabajaba para su familia.

Mauricio caminó directamente hacia Elena, ignorando por completo a Rodrigo y a Ofelia.

Le entregó la carpeta de piel negra.

—La suspensión de todas las facultades quedó registrada hace siete minutos. Las instituciones bancarias ya confirmaron el bloqueo de las cuentas corporativas autorizadas por los apoderados secundarios.

Elena sostuvo a uno de los gemelos con un brazo y abrió la carpeta con el otro.

Revisó las primeras hojas.

Firmó una autorización.

Después levantó la vista.

—¿Los servidores?

—Protegidos.

—¿Las filiales internacionales?

—También.

—¿Y las oficinas centrales?

Mauricio hizo una leve inclinación de cabeza.

—El acceso del señor Rodrigo Arriaga quedó cancelado hace exactamente tres minutos.

Rodrigo dejó de sonreír.

—¿Qué tontería está diciendo?

Sacó el teléfono del saco.

Intentó abrir la aplicación corporativa.

“Acceso denegado.”

Volvió a intentarlo.

La misma pantalla.

Su expresión cambió por primera vez.

—Debe ser un error.

Marcó a su asistente.

No respondió.

Llamó al director financiero.

El buzón.

Después al departamento de sistemas.

La llamada fue rechazada.

Ofelia observaba la escena sin comprender.

—Rodrigo… ¿qué pasa?

Él no contestó.

Volvió a marcar.

Esta vez al jefe de recursos humanos.

Contestó casi de inmediato.

—Señor Rodrigo…

—¿Qué demonios pasa con mi usuario?

Del otro lado hubo un silencio incómodo.

—Recibimos una instrucción firmada por la presidenta del grupo. Desde las once con cincuenta y ocho de esta noche usted dejó de pertenecer a la empresa.

Rodrigo sintió que el teléfono pesaba varios kilos.

—¿Qué presidenta?

La respuesta llegó sin vacilar.

—La licenciada Elena Valdés.

La llamada terminó.

Rodrigo levantó lentamente la vista hacia su esposa.

Por primera vez desde que la conocía… la estaba mirando de verdad.

—Eso… eso no puede ser.

Ofelia soltó una risa nerviosa.

—Claro que no puede ser. Mauricio, explíquele a esta mujer que esto ya llegó demasiado lejos.

Mauricio giró apenas el rostro.

—Con mucho gusto.

Sacó una copia certificada de la escritura constitutiva de Valdés Global Holdings.

La abrió justo donde aparecía el nombre de la fundadora.

ELENA SOFÍA VALDÉS MORALES.

Luego mostró otro documento.

El contrato mediante el cual Grupo Arriaga Luxe había sido adquirido cinco años atrás.

Comprador.

Valdés Global Holdings.

Vendedor.

La familia Arriaga.

Ofelia empezó a negar con la cabeza.

—No…

Mauricio continuó.

—La negociación fue confidencial por petición expresa de la licenciada Valdés. Los antiguos propietarios conservaron cargos administrativos para facilitar la transición.

Miró directamente a Rodrigo.

—Usted nunca fue dueño de la empresa.

Solo un empleado.

Las piernas de Rodrigo parecieron ceder.

Recordó todas las ocasiones en que presumió ser “el heredero del grupo”.

Todas las entrevistas.

Las fotografías.

Los discursos.

Todo había sido una ilusión sostenida por un contrato laboral.

Nada más.

Uno de los invitados, un empresario que llevaba años intentando conseguir una cita con la misteriosa fundadora de Valdés Global, observó a Elena con incredulidad.

—¿Usted… es la señora Valdés?

Ella asintió con serenidad.

—Sí.

El hombre dio un paso al frente.

—Intenté reunirme con usted durante casi cuatro años.

Rodrigo sintió que la sangre abandonaba su rostro.

Él mismo había rechazado varias solicitudes dirigidas a aquella fundadora “que nunca aparecía”.

Pensaba que era una inversionista retirada.

Jamás imaginó que dormía a su lado.

Ofelia comenzó a respirar con dificultad.

—¿Por qué… por qué nunca dijiste quién eras?

Elena acomodó con cuidado la cobija de uno de sus hijos.

Después respondió sin elevar la voz.

—Porque quería saber si alguna vez podían quererme sin necesitar mi dinero.

Nadie encontró palabras.

Las risas de la posada habían desaparecido.

Solo quedaba el sonido del viento entrando por la puerta abierta.

Entonces Mauricio entregó una segunda carpeta.

—Hay un asunto más, presidenta.

Ella la abrió.

Leyó apenas dos páginas.

Su expresión no cambió.

—Procedan.

Rodrigo frunció el ceño.

—¿Procedan con qué?

Mauricio respiró hondo.

—Hace dos semanas recibimos evidencia de desvío de recursos, facturas simuladas y uso indebido de vehículos corporativos autorizados con su firma.

Rodrigo retrocedió un paso.

—Eso es absurdo.

—La auditoría terminó hace cuarenta minutos.

Mauricio cerró la carpeta.

—Y toda la información ya fue entregada a la Fiscalía Especializada en Delitos Patrimoniales.

En ese preciso instante, las luces azules y rojas de varias patrullas iluminaron la fachada de la mansión.

Los invitados giraron hacia la entrada.

Tres agentes y dos representantes ministeriales comenzaron a subir lentamente las escaleras.

El primero de ellos sacó un documento oficial y preguntó en voz alta:

—¿El señor Rodrigo Arriaga se encuentra presente?

El silencio que siguió fue tan absoluto que incluso los dos gemelos dejaron de llorar.

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