PARTE 2: LA LLAMADA

El silencio se volvió insoportable.

Verónica abrió la boca varias veces antes de encontrar una respuesta.

—Todo el restaurante sabe que esa mujer es madre soltera.

Sebastián no apartó la mirada de ella.

—Eso no fue lo que pregunté.

Renata seguía dormida sobre su pecho, completamente ajena a la tensión que llenaba el sótano.

—Pregunté cómo supiste que ya habías avisado al padre.

Verónica tragó saliva.

Los dos guardias comenzaron a mirarse entre sí.

Yo seguía inmóvil.

No entendía qué estaba ocurriendo.

Sebastián se levantó lentamente del sillón, sosteniendo a mi hija con una seguridad que me sorprendió. Caminó hasta mí y me la entregó con cuidado.

—Revísala.

La abracé con desesperación.

No tenía un rasguño.

Solo bostezó, abrió un momento los ojos y volvió a esconder la cara en mi cuello.

Sentí que las piernas dejaban de sostenerme.

—Gracias…

Fue lo único que pude decir.

Sebastián volvió a mirar a Verónica.

—Ahora contesta.

Ella intentó sonreír.

—Solo hice lo correcto. Pensé que el padre debía saber que su hija estaba en peligro.

—¿Quién te dio su número?

No respondió.

Sebastián tomó el teléfono que descansaba sobre su escritorio.

—Luis.

Uno de los guardias dio un paso al frente.

—Sí, señor.

—Trae al jefe de seguridad. Quiero las grabaciones desde las cuatro de la tarde. Todas.

Verónica perdió el color.

—No hace falta llegar a tanto…

—Hace exactamente falta llegar a tanto.

Su voz seguía siendo tranquila.

Precisamente por eso daba miedo.

Quince minutos después, las imágenes comenzaron a aparecer en el monitor del despacho.

Primero se veía el almacén de mantelería.

Yo acomodando a Renata.

Luego saliendo para atender una mesa.

Cinco minutos más tarde apareció otra persona.

Verónica.

Miró varias veces hacia ambos lados del pasillo.

Entró al almacén.

Tomó a mi hija en brazos.

Y salió caminando tranquilamente.

Sentí que el aire desaparecía.

—No…

Las lágrimas comenzaron a caerme antes incluso de terminar la palabra.

—Ella… ella la sacó…

Nadie habló.

Las cámaras mostraban cómo Verónica caminaba hasta el inicio de las escaleras privadas.

Después dejaba a Renata sentada sobre la alfombra del primer escalón.

Mi hija gateó lentamente hacia abajo.

Sola.

Si Sebastián no hubiera abierto la puerta en ese momento…

No quise terminar ese pensamiento.

Verónica empezó a retroceder.

—Yo… yo solo quería darle un susto.

—¿Un susto? —preguntó Sebastián.

Su voz era apenas un susurro.

Mucho más peligrosa que un grito.

—Podría haberse caído por esas escaleras.

Verónica bajó la cabeza.

—No pensé…

—Exacto.

Sebastián la interrumpió.

—No pensaste.

En ese instante sonó mi teléfono.

La pantalla mostraba un nombre que llevaba dos años intentando olvidar.

Arturo.

El padre de Renata.

Contesté con manos temblorosas.

—¿Bueno?

—Ya sé dónde estás.

Su voz sonaba extrañamente segura.

—Vengo por mi hija.

Sentí un escalofrío.

—¿Cómo sabes dónde estoy?

Hubo un breve silencio.

Después respondió sin darse cuenta del error que acababa de cometer.

—Verónica me llamó hace media hora.

Miré inmediatamente a la gerente.

Ella cerró los ojos.

Demasiado tarde.

Sebastián había escuchado toda la conversación.

Extendió la mano.

—Pon el altavoz.

Obedecí.

Arturo continuó hablando.

—El abogado dice que si encontramos pruebas de que escondes a la niña en un restaurante, el juez me dará la custodia completa.

Todo el sótano quedó en silencio.

Mi corazón dejó de latir por un instante.

Custodia.

Aquella palabra explicaba demasiadas cosas.

Las llamadas insistentes de Arturo durante la última semana.

Los mensajes de mi madre diciéndome que “una criatura necesita estabilidad”.

Las preguntas de mi hermana sobre mis horarios de trabajo.

Todo encajaba.

Sebastián habló por primera vez.

—¿Quién preparó esa estrategia?

Arturo guardó silencio.

—¿Quién eres tú?

—El dueño del restaurante donde alguien acaba de cometer un delito utilizando a una bebé de ocho meses.

Del otro lado de la línea no volvió a escucharse una sola palabra.

La llamada terminó.

Sebastián dejó lentamente el teléfono sobre la mesa.

Después miró al jefe de seguridad.

—Nadie sale del edificio.

Finalmente volvió sus ojos hacia mí.

—Señorita Salgado…

Respiró hondo antes de continuar.

—Creo que el verdadero problema ya no es conservar su empleo.

Hizo una pausa.

—Es impedir que las personas que acaban de usar a su hija como carnada logren quitársela para siempre.

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