El video terminó.
Nadie respiraba.
Los policías permanecían inmóviles.
El doctor Evans seguía junto a mi cuerpo, con una mano apoyada sobre la mesa de operaciones, incapaz de apartar la vista del monitor cuya línea seguía completamente plana.
Rachel fue la primera en romper el silencio.
—Ahora entiendes por qué Olivia insistió tanto en grabar esa declaración.
Julian apretó los puños.
—Eso no demuestra nada.
Rachel dejó otra carpeta sobre la mesa.
—Entonces veamos esto.
Uno de los abogados la abrió.
Dentro había un documento notarial con el sello del Tribunal Superior.
—A las nueve y doce de esta mañana, Olivia Reed modificó su testamento y todos sus poderes patrimoniales.
Julian frunció el ceño.
—Soy su esposo. Todo me corresponde por ley.
Rachel negó lentamente.
—Lo era… mientras ella decidiera seguir siéndolo.
Le entregó el documento al policía.
—Léalo.
El agente comenzó a hacerlo en voz alta.
—”En caso de que mi esposo, Julian Grant, interfiera directa o indirectamente en mi tratamiento médico, retire mi consentimiento para cualquier representación legal, patrimonial o médica ejercida por él.”
Julian dio un paso atrás.
—Eso…
El policía continuó.
—”Asimismo, cualquier participación accionaria vinculada a mi nombre pasará automáticamente al fideicomiso Reed Foundation hasta que concluya la investigación correspondiente.”
El color desapareció del rostro de Julian.
—No…
Rachel sonrió con una serenidad que resultaba aterradora.
—Sí.
Isabella seguía llorando sobre la otra camilla.
Miró a Julian con desesperación.
—Dijiste que todo estaba resuelto.
Él no respondió.
Por primera vez desde que entró al quirófano, parecía un hombre completamente perdido.
Rachel caminó hasta el contenedor donde descansaba el corazón.
Lo observó unos segundos.
Después miró al doctor Evans.
—¿Todavía es viable?
El cirujano tragó saliva.
—Tenemos pocos minutos.
—¿Existe alguna posibilidad de reanimarla?
El médico cerró los ojos.
—Mientras el soporte mecánico siga funcionando… aún debemos intentarlo.
Rachel habló sin vacilar.
—Entonces háganlo.
Julian reaccionó de inmediato.
—¡Ese corazón pertenece ahora a Isabella!
Los dos policías se colocaron delante de él.
—Señor Grant, no dé un paso más.
—¡Soy el esposo!
Uno de los abogados respondió antes que nadie.
—Desde hace veinte minutos usted también es el principal sospechoso de provocar la muerte de la única persona cuya autorización necesitaba para cerrar su contrato.
El silencio volvió a llenar el quirófano.
Rachel abrió una última carpeta.
Era mucho más delgada que las anteriores.
—Julian.
Él levantó lentamente la vista.
—¿Sabes cuánto dinero aportó realmente Olivia a tu empresa?
No respondió.
Rachel dejó varios estados financieros sobre una mesa auxiliar.
—El setenta y tres por ciento del capital inicial.
Otra hoja.
—El ochenta y un por ciento de las garantías exigidas por los bancos.
Otra más.
—Y la totalidad de las patentes utilizadas en el contrato de cien mil millones.
Julian comenzó a negar con la cabeza.
—Eso es imposible.
Rachel respiró profundamente.
—No construiste un imperio.
Te casaste con él.
Isabella observaba los documentos con los ojos completamente abiertos.
—Julian…
Su voz apenas era un susurro.
—¿Me dijiste que ella solo era una esposa decorativa?
Él permaneció en silencio.
—¿También mentiste sobre eso?
Nadie respondió.
Porque todos conocían ya la respuesta.
En ese momento, una enfermera entró corriendo.
—¡Doctor Evans!
El cirujano giró inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
La mujer sostenía una tableta.
—Acaban de llegar los resultados completos de la auditoría genética solicitada por la señora Reed hace dos semanas.
Rachel frunció el ceño.
—¿Auditoría genética?
La enfermera asintió.
—Ella pidió verificar toda la documentación médica relacionada con la compatibilidad del corazón.
El doctor tomó la tableta.
Leyó apenas unas líneas.
Su expresión cambió por completo.
—No…
Rachel dio un paso adelante.
—¿Qué sucede?
El doctor levantó lentamente la vista.
Miró primero a Julian.
Después a Isabella.
Y finalmente al corazón que seguía esperando dentro del contenedor.
—Este órgano…
Hizo una pausa.
—Nunca fue compatible con Isabella.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Qué?
El médico respiró profundamente.
—Los análisis originales fueron alterados.
Alguien falsificó los resultados para hacer creer que ambas pacientes compartían la misma compatibilidad.
Rachel cerró lentamente los ojos.
—¿Quién firmó esos informes?
El doctor amplió la última página del expediente.

Debajo del sello del laboratorio aparecía una única firma digital.
No pertenecía a ningún médico.
Pertenecía al director ejecutivo del Grupo Grant Healthcare.
El propio Julian Grant.